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MEMORIA HISTÓRICA NO MANIPULADA

La última intervención del Apóstol Santiago en favor de España. Por el Teniente Coronel Francisco Bendala Ayuso

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Son muchas las veces que a lo largo de nuestra historia se cuenta que el Apóstol Santiago, uno de los “hijos del trueno”, intervino en favor de España, especialmente de sus armas cuando se encontraban en momentos críticos luchando por nuestra Patria.

Descartada su aparición en la batalla de Clavijo porque hoy se considera que dicha batalla nunca existió. Sí son ciertas, por la solvencia de quienes nos las han referido, la que relata Bernal Díaz del Castillo asegurando que Santiago auxilió a los españoles cuando la emboscada que los aztecas tendieron a Pedro de Alvarado y a los pocos que le acompañaban en el Templo Mayor de Tenochtitlán en 1520 de la que escaparon increíblemente a punta de espada y por la intervención del Apóstol, así como también la que relata Francisco López de Gomara afirmando que durante la batalla celebrada el 25 de Julio de 1531 contra los chichimecas, y llevando los españoles la peor parte con diferencia, las tornas se volvieron a su favor de repente gracias a la intervención del Apóstol; en ambos relatos Santiago se presentó a caballo bajo una gran cruz luminosa en el cielo.

También hay que dar por cierta la que cuenta Pedro Mariño de Lobera quien asegura en su crónica que cuando los españoles, al mando de Pedro de Valdivia, intentaban conquistar Chile, y tenían la batalla prácticamente perdida, repentinamente observaron cómo los indígenas abandonaban la lucha logrando por ello nuestras armas la victoria, tras de lo cual, extrañados los nuestros por lo ocurrido, interrogaron a algunos enemigos, quienes les aseguraron que su huida se debió a que “vieron venir por el aire un cristiano en un caballo blanco con la espada en la mano desenvainada, amenazando al bando índico, y haciendo tan grande estrago en él, tanto que se quedaron todos pasmados y despavoridos; dejando caer las armas de las manos no fueron señores de sí, ni tuvieron sentido para otra cosa más de dar a huir desatinados sin ver por dónde (…)”; en coherencia con lo descrito por los propios indios, fue por lo que los españoles dieron por hecho que se trataba de Santiago, ahora “mataindios”, bautizando en su honor el lugar con el nombre de Santiago de Chile; hoy capital de aquel país.

Lo dicho es, en general, de sobra conocido, pero pocos saben de la última intervención de Santiago Apóstol en favor de nuestras armas y de España, la cual debemos considerar irrefutable también porque quien lo acreditó en su día fue, nada más y nada menos, que el mismísimo Caudillo.

Recordemos primero que el 21 de Julio de 1937, el Generalísimo, inmerso desde el día 6 de dicho mes en la durísima batalla de Brunete, tuvo tiempo para firmar el decreto por el que declaraba patrón de España a Santiago Apóstol. ¡Franco siempre extraordinario y sorprendente, pues qué General en circunstancias tan dramáticas se acordaría y dedicaría un minuto de su ocupado tiempo para asunto aparentemente tan baladí!

Pues bien, terminada la batalla con la victoria nacional, contaba el Caudillo a sus más allegados: “Fue el día de Santiago cuando la batalla de Brunete hizo crisis”; lo que en argot militar significa que la balanza se decantó definitivamente del lado nacional y que la veleta de la suerte y de la victoria giró por fin a favor de las armas nacionales. De esa forma, Franco reconocía públicamente, muestra además de agradecimiento, que para él tal hecho se debió sin duda a la intervención del apóstol en agradecimiento a su gesto de hacía cuatro días; una especie de yo ayer por ti, pues tú hoy por mí.

Y es que efectivamente fue el 25 de Julio de 1937, cuando la batalla contaba ya con 24 largos y tremendos días de fieros combates, cuando la presión nacional, que aunque venía siendo muy intensa nada determinante lograba, consiguió por fin romper sin paliativos la dura resistencia frentepopulista 

“…la aviación facciosa bombardea y ametralla nuestras posiciones… Se logra, al fin, detener la desbandada de las fuerzas del flanco derecho del Ejército de Maniobra (frentepopulista) y vuelven las unidades a ocupar posiciones más a retaguardia de las perdidas… De madrugada (25 de Julio) se inicia un bombardeo de aviación enorme seguido del ataque de la infantería, que hace que fuerzas de la LXVIII Brigada (frentepopulista) se replieguen desordenadamente, dándose orden a los tanques para que salgan y acudan a detenerlos… Se ha perdido el enlace con la III y LXVIII Brigadas. Parece que la ermita se acaba de abandonar. Nuestras fuerzas siguen retrocediendo a la desbandada…” (Diario de Operaciones del XVIII Cuerpo de Ejército frentepopulista).

Además, sobre las 16,00 h. de ese mismo 25 de Julio, las tropas nacionales que ocupaban algunas casas de Brunete, pero que venían sufriendo desde su cementerio continuos ataques por el fuego y asaltos, arremetieron contra él, sin estar previsto, logrando tomarlo: 

“…aprovechando la vacilación del enemigo,… en el momento en que se acababa de rechazar un ataque y sin esperar a la preparación, un Sargento europeo (Juan Bejarano del Barco) del 6º Tabor de Regulares de Melilla se lanza con su sección sobre las trincheras enemigas y arrastra tras él al Tabor y al Batallón de las Navas, consiguiendo hacer retroceder al enemigo, que persigue y que en su retirada es alcanzado por el bombardeo de nuestra aviación y fuego de Artillería, que convierten su retirada en verdadera huida, persiguiéndole con el fuego de armas automáticas y artillería en fuego rápido, desmoralizando  al adversario hasta tal extremo de que ni los carros que lanza desde detrás a contenerlos ni las fuerzas de Caballería que tratan de reunirlos a sablazos son capaces de detener la fuga de este rebaño de hombres que son ahora las Brigadas enemigas…” (Diario de Operaciones del Cuerpo de Ejército nacional)

Lo ocurrido, es decir, la destrucción de las abundantes reservas que los frentepopulistas habían ocultado en el bosque al norte de Brunete, aparece también corroborado por los siguientes testimonios: 

“…en aquel mismo momento aparece en el horizonte la correcta formación de la Legión Cóndor, que se dirige a bombardear el mismo objetivo (el cementerio recién e imprevistamente ocupado)… Angustiosas llamadas telefónicas ponen en comunicación los puestos de mando y apremiantes mensajes de radio cruzan el espacio para advertir a nuestra aviación… Sin duda, desde el aire descubren el avance de nuestras tropas y los aviones van a descargar sus bombas sobre los olivares del norte de Brunete. Apenas se ha disipado el humo de las explosiones cuando entre los menguados olivos se ven salir verdaderos enjambres de hombres que en muchedumbre imponente y en desenfrenada huida, se esparcen por el llano. El enemigo había concentrado en estos olivares todas las reservas disponibles para intentar la última acción sobre Brunete… no bastando a contenerle ni el fuego de sus propios carros que salen a su encuentro ni las patrullas de caballería que acuden y galopan en torno de los dispersos grupos como perros de pastor que acucian al ganado…” (López Muñiz);  

“… la acción de la aviación enemiga ha sido tan dura y eficaz que la tropa sufría en las primeras horas de la tarde una crisis de moral; las unidades… dejaban el frente completamente desguarnecido, replegándose, algunas de ellas en franco desorden. Nos hallábamos ante el riesgo de perder todo lo conquistado y de que quedase abierta una amplia brecha en nuestro frente a retaguardia de todo el dispositivo de la sierra…” (Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor Central frentepopulista)

Al día siguiente, 26 de Julio, la batalla de Brunete terminaba de forma abrupta, pues los frentepopulistas ya ni podían más, ni tenían con qué, y Franco, que sabía que la victoria era suya y total, ordenaba salir de allí sin más tardanza a las primeras unidades para el Norte a pesar de la oposición de sus Generales, principalmente de Varela, que aún dudaban y temían una reacción del enemigo, pero Franco no, pues sabía que la intervención de Santiago era segura, firme y definitiva, por lo que no había peligro alguno en debilitar ese frente para reforzar el del Norte cuya liberación sabía determinante para encauzar definitivamente la guerra hacia la victoria final de la cual nunca dudó.

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MEMORIA HISTÓRICA NO MANIPULADA

Legitimidad del Alzamiento Nacional de 1936. Por Laureano Benítez Grande-Caballero

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Una de las grandes mentiras que conforman la leyenda negra sobre el franquismo es afirmar que el Alzamiento de 1936 fue un golpe de Estado contra un gobierno legítimo y democrático representado por la República. La realidad es muy distinta, ya que la historia republicana es una continua sucesión de ilegitimidades, totalitarismos y golpes de Estado, cuyo horizonte final era la instauración en España de una dictadura comunista igual a la soviética.

La ilegitimidad de la II Republica

El 17 agosto 1930, la Alianza Republicana promovió el llamado «Pacto de San Sebastián», en la cual se acordó una estrategia para derribar la Monarquía y proclamar la Segunda República, mediante una huelga general revolucionaria en toda España, acompañada de pronunciamientos militares, el 15 de diciembre.

Elecciones de abril de 1931: fraude electoral

Los dirigentes de este golpe de Estado formaron el primer gobierno republicano, después de ejecutar un alevoso pucherazo en las elecciones del 14 de abril de 1931que habían ganado por abrumadora mayoría los monárquicos: en las capitales de provincia los republicanos consiguieron 1.037 concejales, frente a los 552 monárquicos; en cuanto a los concejales elegidos el día 5 abril en primera vuelta, los republicanos obtuvieron 2.592 concejales, por 18.616 de los monárquicos; en el resto de las provincias, hubo 5.321 concejalías republicanas, por 10.997 monárquicas. Fueron los mismos monárquicos quienes entregaron traidoramente el poder a los republicanos.

Elecciones de noviembre de 1933 y revolución de Asturias de 1934

Otro intento de golpe lo perpetraron con las elecciones de noviembre de 1933que ganaron claramente las derechas. Sin embargo, las izquierdas impugnaron los comicios, presionando a Alcalá-Zamora para que impidiese la apertura de esas Cortes. No lo consiguieron, pero lo que sí lograron fue que, bajo la amenaza de desencadenar una insurrección general, en el gobierno que se constituyó no hubiera ningún ministro que perteneciera a la CEDA, a pesar de que la confederación de las derechas había sido la clara triunfadora de los comicios. Puro golpismo.

Cuando el 4 octubre 1934 Alcalá-Zamora ―a pesar de las amenazas de las izquierdas― metió en el gobierno a tres ministros de la CEDA, al día siguiente se desencadenó en España un auténtico golpe de estado revolucionario, cuyo objetivo era acabar con la legalidad democrática.

El paladín de este golpismo rojo fue Largo Caballero, émulo de Lenin, quien afirmaba claramente el objetivo buscado por las izquierdas: «Si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble: colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada»… «Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista». «Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos»; «La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución».

Elecciones de febrero de 1936fraude electoral

La apoteosis golpista llegó con las elecciones de febrero de 1936, donde alcanzaron el poder los mismos que habían organizado o colaborado con el golpe a la República en octubre del 34. Al terrorismo practicado por izquierdas durante la campaña electoral,  con advertencias de que jamás aceptarían un triunfo de la derecha, se unió la agitación callejera antes del recuento de los votos, el cual constituyó un colosal fraude, como han demostrado las exhaustivas investigaciones de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa en su libro «1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular», totalmente objetivas y científicas. Aunque sus resultados nunca se publicaron, la CEDA obtuvo 134 escaños, que superaron incluso los 115 obtenidos en 1933. Frente a esto, el PSOE sólo lograba 55, 4 menos que las anteriores elecciones, y el PCE solamente dos. A pesar de haber obtenido las derechas medio millón de votos más, las izquierdas consiguieron 114 escaños más que ellas.

Instaurada ilegítimamente a través de un pucherazo electoral en el año 1931, nacida bastarda y en la más flagrante ilegalidad, la segunda República tampoco legitimó su régimen con una práctica política cotidiana con arreglo a valores democráticos, ya que sus gobiernos de izquierda ejecutaron una serie de medidas que limitaban gravemente las libertades ciudadanas.

La constitución de la República –elaborada por la izquierda– se aprobó el 9 diciembre 1931 por las Cortes Constituyentes, sin someterla a referéndum.

Bajo la égida de las izquierdas, se impuso la censura previa a muchas actividades ciudadanas, hasta el punto de que la libertad de prensa fue una quimera, especialmente para las publicaciones derechistas, ya que la Ley de Defensa de la República de 1931 convirtió en delito ciertos ejercicios de la libertad de expresión y de información, por ejemplo «La apología del régimen monárquico o de las personas en que se pretenda vincular su representación, y el uso de emblemas, insignias o distintivos alusivos a uno u otras», y «Toda acción o expresión que redunde en menosprecio de las Instituciones u organismos del Estado». El objetivo de estas disposiciones legales era prohibir la crítica al gobierno o al régimen.

En cuanto a los desórdenes públicos, el fenómeno más característico de la etapa republicana, supusieron un colapso de la ley y el orden, amenazados por enormes y continuas turbulencias callejeras que produjeron gravísimas alteraciones del orden público: algaradas, altercados, asesinatos, insurrecciones, atentados, huelgas, quema de iglesias y conventos, etc.

Como decía Largo Caballero, “la revolución exige actos que repugnan, pero que después justifica la historia”. Y Araquistáin escribía a su hija: “La victoria es indudable, aunque todavía pasará algún tiempo en barrer del país a todos los sediciosos. La limpia va a ser tremenda. Lo está siendo ya. No va a quedar un fascista ni para un remedio”.

Y como también dijo La Pasionaria, «más vale ejecutar a 100 inocentes a que absolver a un solo culpable» (Discurso en Valencia, 1938).

El resultado final de todas estas actividades que sembraron España de caos, violencia y terror, fue que la segunda República también se hizo antidemocrática e ilegítima por su desgobierno, por su sectarismo, por su continuo golpismo, y por su incapacidad para mantener la autoridad ante las bandas y hordas revolucionarias que se enseñorearon de las calles con total impunidad.

En la práctica, las garantías constitucionales estuvieron suspendidas más de la mitad del tiempo que duró la República.

La violencia política durante el periodo republicano anterior a la guerra civil dejó un saldo de 2225 víctimas, mientras que en la Transición se reduce a 1005.

En cuanto al número de jornadas laborales perdidas por las huelgas, hasta el nacimiento de la República el año más conflictivo fue 1920, con 18,1 millones. Sin embargo, excepto en 1935, el resto de los años republicanos se superó ampliamente la cifra de los 500 millones de jornadas perdidas, alcanzándose en 1933 el récord de 1.127.015.

Ésta es, explicada con brevedad, la verdad de la historia de la ilegítima y antidemocrática Segunda República, que degeneró en un Frente Popular que pretendía implantar en España una dictadura marxista. Contra ella se alzó el pueblo español acaudillado por Franco.

Concluyendo, hay una diferencia esencial entre el alzamiento izquierdista del 34 y el derechista del 36. El primero atacó a un Gobierno plenamente legítimo tanto por haber ganado en las urnas por amplia mayoría como por haber respetado la Constitución, defendiéndola contra los insurrectos. En cambio, el alzamiento del 36 fue contra un Gobierno salido de una elecciones tan anormales que ni siquiera se publicó el resultado de las votaciones, un Gobierno que arrasó la ley desde el poder junto con un movimiento revolucionario en las calles y campos. Fue la caída de la democracia con el Frente Popular lo que ocasionó la guerra.

Estamos, pues, como he señalado en otro lugar, ante una falsificación radical, evidente a poco que se reflexione. “Consiste en la pretensión de que el Frente Popular representaba la democracia en España. Un somero repaso de los partidos de ese Frente permite entender la imposibilidad material del aserto: el grupo decisivo lo componían los stalinistas del PCE y los marxistas revolucionarios del PSOE, a veces más radicales aún que los comunistas; luego venían los anarquistas, los republicanos golpistas de Azaña y de la Esquerra, y los racistas del PNV. Todos ellos bajo la protección de Stalin.


Laureano Benítez Grande-Caballero, escritor e historiador.

 

 

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MEMORIA HISTÓRICA NO MANIPULADA

Las «Trece Rosas»: asesinas terroristas de moral relajada y torturadoras profesionales

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Las Trece Rosas

Las 13 Rosas es el nombre con el que se conoce a 13 jóvenes fusiladas el 5 de agosto de 1939 tras ser condenadas por un tribunal por participar en atentados terroristas. Pertenecían, en su mayoría, a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) la rama juvenil del comunismo en España que aspiraba a implantar en nuestro país un régimen como el de la URSS, país desde el que se financiaban y al que había escapado, tras la Guerra Civil, su máximo dirigente: Santiago Carrillo.

Las JSU, a las que pertenecían la mayoría de las 13 rosas, habían tenido una destacada participación en la represión republicana en Madrid durante la Guerra Civil. No en vano, esta organización política controlaba y dirigía directamente cinco checas donde se torturó y asesinó a cientos de personas.

Está perfectamente documentado en los papeles del PCE que bajo control de su organización juvenil se encontraban las checas de Mendizabal 24, la de la calle Rimundo Lulio, la de Santa Isabel 46, la del Convento de las Pastoras de Chamartín y la de la calle Granda 4. Además, participaron en la acción represiva de varias otras cárceles de partidos políticos y tuvieron un papel destacado en las sacas cometidas para asesinar a miles de presos sin mediar juicio alguno.

Quienes las presentan como garantes de la democracia suelen olvidar, entre otros, este detalle: a ellas se les juzgó, pero ellas participaron en una organización que asesinó sin juicio a miles de personas y que, en el momento de ser detenidas, se había convertido en un grupo terrorista dirigido por José Pena, Severino Rodríguez y Federico Bascuñana.

Las 13 rosas fueron condenadas a muerte, pero no estaba prevista su ejecución hasta que el 29 de julio de 1939 un comando de las JSU asesinó al comandante Isaac Gabaldón, a su hija Pilar de 16 años –hubiera cumplido 17 unos días después- y al chofer que conducía el vehículo, Luis Díaz Madrigal. La acción terrorista decidió a la autoridad judicial a la ejecución de las sentencias de muerte que se encontraban paralizadas. Entre las casi 70 sentencias se encontraban las de las 13 rosas.

Varias de ellas eran destacadas dirigentes y activistas del grupo terrorista en el que se habían convertido las JSU:

Ana López Gallego era la responsable de la rama femenina de las JSU. Recibía órdenes directamente de Manuel González Gutiérrez y había tenido una destacada participación en la organización del atentado frustrado que pretendían realizar durante el Desfile de la Victoria y que tenía como objetivo el asesinato de “la mayor cantidad de público asistente”, como declaró ante el juzgado la propia terrorista. Su cometido era el trasporte del explosivo, para ello se valía de jóvenes militantes de entre 15 y 17 años que por su edad, no levantaban sospechas.

Joaquina López Laffite fue la secretaria general del Comité Provincial de las JSU. Su casa se usaba para celebrar las reuniones de dicho comité y en ella se planificaron varios de los atentados que prepararon desde la organización juvenil comunista. Había organizado una red, en la que participaban varias de las 13 rosas, que preparaba a jóvenes comunistas para que intimaran con falangistas a los que sacaban información para señalar las víctimas de sus atentados.

Carmen Barrero Aguado era miembro del Comité Nacional de la organización y una de las personas de mayor responsabilidad en la toma de decisiones junto a Pena, Rodríguez y Bascuñana.

Pilar Bueno Ibañez era la mano derecha de López Laffite en el Comité Provincial y el enlace de ésta con Barrero.

Dionisia Manzanero Salas era la responsable de mantener el contacto entre las diversas ramas del grupo terrorista y rendir cuentas ante Bascuñana, dirigente encargado de los comandos terroristas que perpetraban los atentados.

Ante estos datos sorprende que políticos, partidos y personalidades de diversos ámbitos sigan brindando homenajes a quienes se convirtieron en terroristas tras resultar derrotados en una guerra.

No solamente los actuales dirigentes de las Juventudes Comunistas, desde Podemos a representantes de Ciudadanos no tienen ningún empacho en mostrar su admiración por estas 13 mujeres condenadas a muerte, pero que callan sin ningún rubor ante los miles de asesinatos cometidos por ellas y sus asociados durante la Guerra Civil.

La capacidad de la izquierda para construir leyendas es realmente admirable. El caso de las llamadas “trece rosas” es un perfecto ejemplo. Empezando por la circunstancia de que a esas mujeres fusiladas en 1939 se las considere socialistas cuando, en realidad, eran comunistas. Pero para entender adecuadamente el capítulo, en el que nada es rosa, conviene ponerlo en su contexto.

Cuando acabó la guerra civil, el Partido Socialista Obrero Español estaba literalmente triturado, dividido en al menos cuatro facciones. Hay que recordar que el último acto de la contienda es una batalla intestina en el bando del Frente Popular: a un lado, el Consejo de Defensa de Madrid, liderado por el socialista Besteiro con el coronel Casado y el anarquista Cipriano Mera; al otro, el gobierno del también socialista Negrín, entregado al Partido Comunista y cuyos principales líderes ya habían huido del país.

Aquella batalla no fue cosa menor: hubo cerca de 2.000 muertos. Sobre esta ruptura se añadió inmediatamente otra en el exilio: los socialistas de Indalecio Prieto, por un lado, contra los de Negrín, que a estas alturas ya había sido expulsado del PSOE. Prieto y Negrín no peleaban por razones ideológicas, sino por controlar el tesoro expoliado y expatriado por los jerarcas republicanos para sufragar su exilio. El PSOE nunca se recuperará de estos desgarros, y por eso su trayectoria bajo el franquismo fue tan poco relevante. Pero aun antes había habido otra ruptura, esta de mayores consecuencias: la de las Juventudes Socialistas, que fueron el instrumento de Moscú para fagocitar al PSOE.

Recordemos sumariamente los hechos: desde abril de 1936, con el protagonismo de Santiago Carrillo y por instrucción directa de Moscú, las organizaciones juveniles del partido socialista y del partido comunista se fusionan en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Cuando estalla la guerra, los militantes de las JSU ingresan en masa en las llamadas Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas, la organización paramilitar del Partido Comunista, a la que tan pronto veremos en el frente como en la represión ejecutada en la retaguardia. Finalmente, en noviembre de 1936 y bajo la dirección personal de Santiago Carrillo, las JSU rompen con el PSOE y se pasan al Partido Comunista. Las JSU, por tanto, eran una organización dependiente del PCE, enteramente subordinado a su vez a la Komintern y al Partido Comunista de la Unión Soviética, cuyo líder, por si alguien lo ha olvidado, era Stalin. Todas estas cosas son bien sabidas y los propios protagonistas las han contado reiteradas veces. Es asombroso que aún sea preciso recordarlas.

Cuando acabó la guerra civil, en abril de 1939, los principales cuadros del Partido Comunista ya estaban en el extranjero. Primero en Francia, pero París proscribió a los comunistas después del pacto de Stalin con Hitler (agosto de 1939), así que casi todos acabaron en Moscú. Cerca de un millar de personas se instalaron en la capital soviética. Meses antes, en junio, Santiago Carrillo había publicado su célebre carta contra su propio padre, el socialista Wenceslao, de la facción de Besteiro, acusándole de traición.

Los socialistas –decía entre otras cosas Santiago Carrillo- habían dejado en la cárcel a millares de comunistas para que las tropas de Franco los encontraran allí al entrar en Madrid. Eso era verdad. La carta tenía por objeto exculpar al PCE –y sobre todo al propio Santiago- de responsabilidad en la derrota y romper cualquier lazo entre el PCE y el PSOE.

Consiguió su objetivo, aunque a Carrillo le costaría recuperar su posición en la cúpula de un PCE cuyo buró político se reunía en Moscú en un ambiente de tempestad. No era para menos: José Díaz, el ya muy quebrantado secretario general, acusaba de traición a las JSU, es decir, a Carrillo.

El episodio de las “trece rosas” tiene que inscribirse en este contexto. En el verano de 1939, lo que ha quedado del PCE en España es menos que nada: los que no han huido, han sido ejecutados por los socialistas en el golpe de Besteiro y Casado –véase el caso de Barceló- o están presos y esperando juicio o paredón.

El primer intento de reconstrucción del partido en torno a Matilde Landa es frustrado de inmediato por la policía (Matilde fue condenada a muerte, pero una intervención del filósofo García Morente, ya sacerdote, la salvó del paredón). Acto seguido toma su testigo Cazorla, viejo camarada de Carrillo en los días de Paracuellos, pero con la misma rapidez es delatado desde el interior. Son episodios que he documentado abundantemente en “El libro negro de carrillo” (Libros Libres, Madrid, 2010).

En Madrid permanecen, sin embargo, núcleos menores de las JSU, que sienten la necesidad de multiplicar las acciones para eludir esa acusación de traición que la cúpula del Partido formula contra ellos. Ahora bien, esos sectores que aún quedan en la capital son los más vinculados a la represión roja en retaguardia, dirigidos por líderes de tercer o cuarto nivel y prácticamente sin comunicación con la cúpula de la organización, que está en el extranjero. Son tales líderes los que, supuestamente, tramaron el asesinato de Isaac Gabaldón a finales de julio de 1939.

El comandante Isaac Gabaldón, guardia civil, estaba adscrito al Servicio de Información Militar de Gutiérrez Mellado y era encargado del Archivo de Logias, Masonería y Comunismo, es decir, un puesto clave de la represión de posguerra. Fue asesinado en la carretera de Talavera junto a su hija (Pilar, 16 años) y su chófer.

El asesinato fue imputado a los comunistas, o sea, a las JSU. Hubo una redada que desmanteló los últimos restos del partido comunista en Madrid y llevó al tribunal, primero, y al paredón después, a 56 personas, entre ellas las jóvenes que luego la propaganda comunista bautizará como las “trece rosas”.

El mismo día del asesinato, según refiere Piñar Pinedo citando una resolución judicial del 20 de octubre de 1939, apareció en la prisión de Porlier nada menos que Gutiérrez Mellado para excarcelar a uno de los detenidos, el militante comunista Sinesio “el Pionero”, que resultó ser un confidente del SIM. Sólo él se salvó. Y enseguida desapareció para siempre. Todo el episodio del asesinato de Gabaldón y la investigación posterior está lleno de misterios y contradicciones. No es, en todo caso, el objeto de este artículo.

Los 56 detenidos en aquella operación fueron acusados de terrorismo, tanto por el asesinato de Gabaldón como por otras tentativas. Objetivamente, terrorismo era. Después, la mitología de la izquierda española ha convertido a las víctimas, y en particular a las “trece rosas”, en leyenda. La placa que conmemora su muerte dice que “dieron su vida por la libertad y la democracia”. No: dieron su vida –o, más bien, se la quitaron- por la dictadura del proletariado y por la revolución bolchevique, que era en lo que realmente creían.

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MEMORIA HISTÓRICA NO MANIPULADA

SOBRE LA FIGURA DE JOSÉ ANTONIO: El poema a José Antonio de Concha Espina

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«Ídolo de la saludable juventud de España, copia ingente de valentía, patriotismo y desinterés, condenado sin culpa ni causa, por un simulacro de tribunal, lo más vil de esa plebe que por vicio y calumnia suele llamarse “pueblo”», escribe en su libro Retaguardia.

 

El poema a José Antonio de Concha Espina

Ya se ha cumplido el 86 aniversario de la fundación de Falange Española. Fue el 29 de octubre de 1933 cuando en el Teatro de la Comedia de Madrid José Antonio Primo de Rivera comenzaba su discurso con estas palabras:

«Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo…».

Serían las primeras de aquel hombre, asesinado ahora hace 83 años, que poco a poco, con su verbo claro y sereno de justicia social, unidad de España,… iría guiando a muchos españoles que, desde el primer momento, creyeron en él.

Una sería Concha Espina considerada de las mejores escritoras españolas del pasado siglo.

Nació en Santander el 15 de abril de 1869, y en esta ciudad pasó sus primeros años con sus hermanos y padres que la educaron siempre con mucho esmero. Era una niña seria y sus inclinaciones literarias se despertaron muy pronto. Escribe versos a los 12 años, dedicados a la Virgen, firmando con el seudónimo de Ana Coe SnichpAparecen publicados en el periódico santanderino El Atlántico.

Sin embargo, el ambiente burgués en que vivía no era muy propicio para la literatura. En su familia no había antecedentes de escritores, ni tan siquiera en su casa había una biblioteca, salvo algunos libros con temas religiosos. La única persona que alentaba sus aptitudes literarias era su madre, mujer de gran talento natural, pero que muere cuando más la necesitaba su hija que contaba con solo 22 años de edad.

Fiel a las ideas que tuvo siempre, dedica un poema a José Antonio «ídolo de la saludable juventud de España, copia ingente de valentía, patriotismo y desinterés, condenado sin culpa ni causa, por un simulacro de tribunal, lo más vil de esa plebe que por vicio y calumnia suele llamarse “pueblo”», escribe en su libro Retaguardia.

El poema, tan poco conocido, lleva por título, Como un mártir primitivo:

Cayó en la arena inflamado
como un mártir primitivo,
de azul camisa bordada
y es un muerto siempre vivo
con la mano levantada.

Gallardete de señales
abierta la extendió al viento
de los sueños imperiales
que de una flor daba ciento
en la mies de los rosales.

Semilla de precursores,
en José Antonio madura
la estirpe de los mejores,
dardo prendido en la altura,
ramo de yugo y flores.

Así el héroe su cosecha
en España centuplica;
su pregón es una endecha
y una campana repica
al vuelo de cada flecha.

El 14 de abril de 1931 se proclama en España la Segunda República, la que algunos parece ser, añoran ahora. Concha Espina se entusiasma con ella; pero no tardará en mostrarse reticente frente a los acontecimientos, que le cuesta admitir frente a la mayoría de aquellos políticos de los que se siente alejada intelectual y espiritualmente. Defiende dos ideales que parecen haber guiado toda su vida: la religión católica y la hispanidad.

Durante ese periodo tan nefasto para España, sigue escribiendo, por ejemplo La flor de ayer, cuando ya tenía perdida toda su fe en la República. En estos años, Gabriela Maurer, esposa de su hijo Luis, trae al mundo un niño que fue bautizado con el nombre de José Antonio, «ahijado de José Antonio».

Cuando comienza la guerra, sus hijos Luis y Víctor se incorporan a las filas nacionales. Ella se encuentra en Mazcuerras donde, un mes después, recibe la noticia de la muerte del alcalde republicano de Cabezón de la Sal, Ramón de la Serna, su marido, de quien llevaba separada desde 1934. Terminada la guerra, su hijo Luis recupera, de la casa de su madre en Madrid, la imagen de la Virgen de la Inmaculada a la que la escritora tenía mucha devoción. La encontró en una carbonera con las manos cortadas.

El disgusto que llevó fue grande, pero una llamada telefónica del general Millán Astray la dejó más calmada, sobre todo cuando al otro día recibe esta carta del mutilado general:

Insigne y gloriosa Concha Espina:

Muchas gracias mi tan querida como admirada escritora, por haberte acordado de mí al encontrar a tu Virgen del siglo XVI. Mutilada de Guerra por Dios y por la Patria en la liberación de España. Bien has encaminado tus pasos, pues es a mí a quien cabe el honor de ser el encargado de velar por nuestros gloriosos Caballeros Mutilados de Guerra. Y ya son Caballeros Mutilados en esta guerra las tallas del Santísimo Cristo de la Parroquia del Sagrario de Málaga y el de la Parroquia de Maravillas de esta Capital. Y ahora uniremos a esas imágenes cercenadas por las hachas y los tiros de los rojos ateos, la Inmaculada del siglo XVI por la que tú sientes tanta ternura y veneración, y ante la que, en el nombre de todos los Mutilados, te suplico con todo mi cariño que nos representes y seas tú la que condecores con ese Distintivo que la ofrendamos, y la des el culto y los honores que le corresponden a esa imagen, en su nueva y gloriosa categoría de «Mutilada de Guerra por la Patria».

Con el cariño y admiración que todos los españoles sentimos por nuestra Concha Espina, te besa las manos, tuyo.

Millán Astray

Poco antes de morir, el 19 de mayo de 1955, le preguntaron: «¿Cuál es a su juicio, el sentido de la vida?». Ella contestó: «Cumplir la voluntad de Dios, con humildad y paciencia, puesto que tenemos fe en su otra vida interminable».

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MEMORIA HISTÓRICA NO MANIPULADA

Cuando el «Crucero Canarias» destruyó a la flota del Gobierno Vasco (1937) Por Rafael María Molina

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Crucero Canarias
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El 5 de marzo de 1937, ya en plena guerra civil española, tuvo lugar una singular batalla naval en la costa de Vizcaya en la que el buque insignia de la Flota nacional, el crucero Canarias destruyó a la flota del Gobierno vasco, (del PNV) compuesta por buques pesqueros grandes armados, a la altura del Cabo Machichaco. El 4 de marzo el Canarias, se hace a la mar desde su base de El Ferrol con una importante misión asignada por el Almirante Cervera, jefe del Estado Mayor de la Armada nacional, desde Salamanca.

El Canarias, al frente de un grupo de combate formado además por el acorazado “España”, el crucero auxiliar “Ciudad de Valencia”, el destructor “Velasco” y las flotas de patrulleros despegadas respectivamente en Pasajes de San Juan (Guipúzcoa, provincia que había sido conquistada por los “requetés” carlistas navarros durante el verano pasado) y Ribadeo (Galicia). La flota iba dirigida por el almirante Francisco Moreno Férnandez, Almirante jefe de Flota nacional, (excelente marino que tuvo mucho que ver con la exitosa campaña naval de la Escuadra nacional durante la Guerra), a bordo del “Canarias”, buque mandado por el capitán de fragata, Salvador Moreno (hermano del Almirante).

La misión del grupo de combate era doble : de un lado capturar al “Mar Cantábrico” un gran carguero repleto de armamento comprado por el Gobierno de la Republica en el extranjero y que había partido desde México presumiblemente con destino a Bilbao ( misión a la que el Mando nacional atribuía gran importancia) y por otro lado acabar con la flota de grandes bacaladeros armados dependiente del Gobierno vasco que suponía un peligro potencial para el trafico mercante nacional en el Cantábrico.

El 5 de marzo a mediodía el “Canarias” intercepta al bacaladero “Gipuzkoa” armado con cañones de 101 mm a 20 millas al Norte de Bilbao. El Canarias aumentó su velocidad a 30 nudos para evitar que el bacaladero se refugiara en los campos minados próximos a la costa y se inicia un duelo artillero. A pesar del pequeño tamaño del bacaladero comparado con el crucero nacional ,sus cañones de 101 mm suponen una amenaza ya que si alcanzaran la santabárbara o depósito de municiones del crucero podrían hacerlo volar. Baterías de costa republicanas disparan también sobre el Canarias. Sin embargo el ”Gipuzkoa” es alcanzado por varios proyectiles de 203 mm del Canarias y el bacaladero empieza a arder, hasta varar en una playa próxima, envuelto en llamas.

En este combate tiene el “Canarias” su primera víctima mortal de la Guerra, el joven guardamarina José María Cheruguini Lagarde que murió desangrado tras ser alcanzado por un proyectil enemigo. Su muerte fue heroica, dando muestras de serenidad, resignación cristiana y patriotismo. Fue condecorado a título póstumo con la “Cruz Laureada de San Fernando”.

Alrededor de las 15 horas el Canarias intercepta a otros 3 bacaladeros del Gobierno vasco que escoltaban a un carguero llamado “Galdames”. Uno de los pesqueros armados huye rápidamente y se produce un intenso duelo artillero entre 2 de los bacaladeros y el Canarias que tras diversas maniobras logra encontrar los ángulos de tiro óptimos e incendia a uno de los bacaladeros llamado “Naparra” que se hunde. El otro bacaladero escapa hacia Bilbao aunque envuelto también en llamas. El carguero “Galdames” es capturado por el Canarias. En estos combates mueren decenas de tripulantes de los barcos vascos y otros son capturados. El Canarias capturará también unos días más tarde al “Mar Cántabrico” apoderándose para el bando nacional del armamento que llevaba. Así pues, la misión del grupo de combate quedó totalmente cumplida.

El bando nacional también organizó su propia flota auxiliar de casi 20 bacaladeros armados en el Cantábrico. Fueron los llamados”bous” que tripulados por marineros pescadores voluntarios actuaron sobretodo desde Ribadeo en Galicia y Pasajes en Gupúzcoa. Tuvieron más éxito que sus contrapartes republicanos y lograron apresar varios mercantes enemigos, vigilaban la costa e incluso hundieron un submarino republicano. Esta flotilla de “bous” estuvo mandada por el teniente de navío Felix Ozámiz. Llegaron a usar armas rudimentarias pero eficaces como por ejemplo cohetes de feria de gran potencia.

Francisco Moreno Fernández.

En general la campaña naval de la Guerra Civil española es la faceta más desconocida por el gran público de cuanto aconteció en el Conflicto pero fue absolutamente decisiva pues de ella dependía el aprovisionamiento de armas de ambos bandos que se hacía casi siempre en grandes cargueros. La Marina nacional tuvo un amplio éxito en ello pues apresó casi 100 cargueros extranjeros con armas o combustible para la República (actuando audazmente atacando buques extranjeros, a veces en zonas muy alejadas de la costas españolas, como el mar del Norte o el Mediterráneo Oriental). Pese a ser inferior al principio, dominó el mar y llegó a establecer un sólido bloqueo de las costas republicanas. En cambio la marina republicana tuvo una deficiente actuación y no pudo capturar ni un solo carguero con destino a sus enemigos. Ello tuvo una gran influencia, como es obvio en el resultado de la Guerra.

Tampoco en lo referido en los combates navales entre ambas flotas estuvo afortunada la republicana (en todo ello influyó sin duda las matanzas de oficiales navales llevadas a cabo por las milicias revolucionarias en los primeros días de la Guerra).Como excepción, la marina de la República solo consiguió un éxito importante durante la Guerra, el hundimiento del acorazado nacional “Baleares” en 1938. La Armada nacional sustituyó al Baleares con la botadura de un nuevo crucero, el “Navarra”.

 

RAFAEL MARÍA MOLINA. HISTORIADOR.

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