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Opinión

Musulmanes buenos y musulmanes malos

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En estas líneas voy a tratar de aclarar cual es mi posición (sin pretender agotar la cuestión) frente a algunos temas de nuestro tiempo que concitan la atención y ocupan las inquietudes de quienes no somos del todo indiferentes a la marcha del mundo en el que nos toca vivir.

Una de las más candentes y acuciantes cuestiones que nos interpela es la irrupción del islam en nuestras vidas, la vida de nuestras naciones occidentales y la vida de innumerables personas que han visto modificados tanto su entorno físico como su misma existencia por la presencia de una población de reciente importación y creciente envergadura demográfica de origen norteafricano, medioriental o de otras regiones del planeta de religión y cultura islámicas. Los problemas ligados a esta inmigración musulmana son de sobra conocidos y los tratamos a diario, por lo que obviaré insistir en ello.

Me opongo a la islamización de Occidente en general y de España en particular. Las razones son muchas, justificadas y fundamentadas, y suficientemente explicadas y expuestas en años de tratamiento del tema. No voy a extenderme aquí y ahora sobre esto. Para resumir largos debates y prolijas exposiciones sobre la cuestión diré que el islam es un cuerpo extraño en Occidente y su penetración y permanencia en el pasado en nuestras naciones europeas fue la crónica de un conflicto permanente, la fuente inagotable de un enfrentamiento multisecular.

En España y en otras comarcas europeas el islam trajo un reguero de sangre, una noche de oscuridad, siglos de opresión y atraso, un retroceso en todos los aspectos de la vida de los pueblos sometidos a su imperio. Resumiendo: el islam no es integrable en la civilización occidental, ni es soluble en la democracia, ni es compatible con la cultura de los derechos humanos, ni cabe en una sociedad abierta y tolerante, etc.

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La cosmovisión islámica choca irremediablemente con el espíritu europeo, con los fundamentos de nuestra civilización. La historia está ahí para demostrar que esto no es una teoría, ni una ilusión, ni una fantasía, ni una construcción meramente intelectual. Hay un enfrentamiento (latente o abierto, según las épocas) entre ambos mundos que nunca ha cesado. En ciertos momentos esa rivalidad entra en una fase de baja intensidad, se atenúa, pero sólo está dormida, dispuesta a cobrar vida en cualquier momento. El mundo islámico se aletarga, recobra vida, se expande, vuelve a adormecerse, despierta de nuevo…

Hoy vivimos un nuevo capitulo de ese antagonismo histórico con la inmigración musulmana, una invasión de nuevo cuño, no guerrera (pero sí cargada de agresividad y hostilidad: cada vez más frecuentes episodios de violencia terrorista y hechos diarios de delincuencia común), tolerada e incluso justificada y fomentada por sectores de la propia sociedad de acogida, los mismos gobiernos europeos para empezar, y grupos de presión nacionales e internacionales.

El rechazo alarmado que sentimos ante esta invasión que está conmocionando las sociedades europeas y el convencimiento de la necesaria toma de consciencia de la naturaleza de este fenómeno que pone en peligro nuestra supervivencia como cultura y civilización no nos hacen perder de vista que el tema requiere ser tratado no con la irracionalidad de las vísceras, sino con las herramientas de la razón.

Por lo tanto, me opongo al islam como cuerpo extraño en mi país, como amenaza y como peligro para la existencia de mi cultura y civilización, al islam como fundamento ideológico de una invasión en marcha que pretende arrebatarme mi lugar al sol y mi derecho a vivir según mis propios valores, normas, leyes y reglamentos en la tierra de mis antepasados. Nos oponemos actualmente al islam conquistador y expansionista, no como consecuencia de un ejercicio intelectual en el vacío, sino como una actitud de legítima defensa ante una agresión real. De igual manera nos opondríamos al budismo o al confucianismo si estuviéramos ante una agresiva y violenta ofensiva de esas religiones, culturas o cosmovisiones contra nuestro país, contra nuestro pueblo y contra nuestra cultura.

Dicho esto, el islam no me interesa demasiado como tal. Dejamos la cuestión a los aficionados y estudiosos de las culturas y las religiones. Es decir, que no siento ni un excesivo interés ni una exagerada hostilidad ante un hecho cultural y religioso ajeno, siempre que este hecho no suponga una amenaza o una agresión para nosotros. Es un principio intelectualmente irrebatible y moralmente irreprochable el que nadie está obligado a soportar ni a admitir nada que lo dañe o lo ponga en peligro. Y el islam no está aquí para nuestro bien: a los hechos me remito.

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Entre el islam y el islamismo no hay diferencia de naturaleza, sino de grado. El islamismo está presente en el islam como el pollito lo está en el huevo, o como el alcoholismo está presente como posibilidad en el alcohol. No hay un islam “moderado” y otro islam “radical”. Lo que sí hay son musulmanes que sólo aplican parcialmente el islam y otros que lo aplican al pie de la letra en sus más intolerantes e intransigentes interpretaciones.

Ahora quiero dejar claro que si me opongo al expansionismo islámico en detrimento de mi cultura en mi propio país, no tengo por qué hacer extensivo esa oposición y antipatía a todos y cada uno de los musulmanes del mundo. Aquí tratamos de fenómenos de envergadura, no de individuos sueltos y dispersos. Cada persona es un mundo y creo sinceramente que en este ámbito el hábito no hace al monje, es decir que la religión, la cultura u otras circunstancias de similar tenor, no hacen buenas ni malas a las personas. Las cosas no son así de simples. Si podemos juzgar a los hombres y las mujeres es a través de sus actos, de sus hechos, de sus actitudes. Las personas se definen por sus comportamientos, no por sus palabras.

No condeno ni combato a los musulmanes por el mero hecho de serlo. Ni a los musulmanes, ni a los budistas, los hinduistas, los ortodoxos, los animistas u otros. Condeno y combato el islamismo como ideología de conquista y dominación. Condeno y combato el yihadismo, ideología aberrante en sus principios y monstruosa en su aplicación. Condeno y combato al fanatismo, provenga de donde provenga. Y éste proviene hoy desde eso que llamamos islamismo. Y si hacemos la crítica del islam y llamamos a la resistencia y a la lucha contra el islamismo, no por ello atacamos a los musulmanes sin distinción al margen de sus actos e intenciones. Combatimos la esclavitud, no a los esclavos, combatimos a la enfermedad, no a los enfermos, combatimos a la ceguera, no a los ciegos. Nos oponemos al islamismo violento y a los que tratan de propagar esa brutal forma de vida basada en creencias malsanas y enseñanzas criminales y pervertidas. Y también hacemos una crítica fundamentada y argumentada del islam, como otros pueden hacerlo del cristianismo, del marxismo o del ateísmo… Los musulmanes, como los judíos, los ateos, los católicos o cualquier otro grupo cultural o religioso son en principio personas dignas de respeto, aprecio y admiración o no, dependiendo de sus méritos y actos personales. Esta es mi posición al respecto.

Pero si el islam supone actualmente una amenaza real y concreta para nuestra existencia, ¿podemos decir otro tanto de 1500 millones de personas de confesión musulmana? Trataremos como enemigos sólo a aquellos que se declaren y actúen como tales. Son suficientes como para echarse encima a todos los demás. Además, no sólo tenemos enemigos en ese mundo, sino amigos, socios y aliados reales y potenciales. Volveré enseguida sobre esta cuestión.

Y aquí tengo que hacer un inciso de importancia: si tenemos enemigos declarados entre los musulmanes, no menos cierto es que esos no son los únicos. Entre nuestros mayores enemigos se encuentran muchos que no provienen de las filas musulmanas, sino que realizan su labor de renegados y traidores desde nuestras propias filas: el elemento occidental no será mayoritario en la tropa de enfrente pero tampoco son unos pocos descarriados que se han pasado al enemigo, por el contrario, son cada día más y constituyen una masa de importante envergadura.

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Podemos resumirlo así: el bando de nuestros enemigos está compuesto no sólo por musulmanes, así como el bando de nuestros amigos no está compuesto exclusivamente por no musulmanes. Éste es en realidad el tema que quiero tratar, aunque sea brevemente, en esta ocasión.

Hemos escuchado algunas veces hablar de “musulmanes buenos” y de “musulmanes malos”. Es un lenguaje simplista, pero que expresa de alguna manera un aspecto importante de esta cuestión. Primero tenemos que definir que significa aquí “bueno” y “malo”, y qué significa esa catalogación en esta ocasión.

Pero quizás incluso antes de eso, tengo que hacer una puntualización. También oímos con frecuencia hablar de musulmanes “radicales” y musulmanes “moderados”. Aquí, estas son categorías políticas que consideramos falsas y engañosas. En el discurso oficial los llamados moderados son demasiadas veces en realidad radicales a la espera de los cambios en la marcha de los acontecimientos, extremistas disimulados que proclaman su “moderación” mientras tanto no sea conveniente cambiar de actitud. Esa supuesta moderación en el campo islámico es frecuentemente un disfraz, un tiempo de espera, un paréntesis, una forma clásica y banal de taqiyya, nada más. Por otra parte, ¿quiénes son para los gobiernos occidentales los regímenes musulmanes “moderados”, los que representan a ese nivel a esos “musulmanes moderados”, representantes de ese mítico “islam moderado” (siempre en contraposición y conflicto con el “islam radical”)? ¿Turquía, Arabia Saudita, Qatar, Marruecos, Pakistán…? Esos son los dirigentes “musulmanes moderados” al gusto de los dirigentes y diseñadores del Nuevo Orden Mundial. Podemos deducir entonces que entienden por islam “moderado”.

La denominación “musulmanes moderados” no nos sirve, pues de sobra sabemos que es un eufemismo piadoso que encubre diversas formas de engaño, simulación y mentira. Esos famosos “musulmanes moderados”, al gusto de los grandes medios de comunicación al servicio de sus patrones, son en realidad, muchas veces, tan radicales como los que van sin disfraces, y están a la espera de que los acontecimientos se decanten para un lado u otro. Y según esa inclinación de la relación de fuerza y poder, esos “moderados” siguen con la máscara o la tiran al suelo. Esa “moderación” es en realidad un cálculo político de amplios sectores de la población musulmana, sobre todo la instalada en Occidente. ¿Cuáles son los referentes al nivel internacional de esos famosos “moderados”. ¿Erdogan, Mohamed VI, Mohamed bin Salmán, los líderes de Pakistán, los “talibanes moderados” (¡sí, sí, al parecer existen!)?

Para nuestros gobiernos, los regímenes musulmanes “malos” son y han sido los de Saddam Hussein, Gadafi, ahora Al-Assad y algunos más… Gobiernos poco democráticos, autoritarios sin duda (no más y a menudo menos que los citados anteriormente, que estos si cuentan con el benéplácito de Occidente), brutales a veces, pero que no eran hostiles a Occidente, no servían al islamismo ni respaldaban el terrorismo y que contribuían a su manera al equilibrio y estabilidad de la zona. Y tampoco se sometían a los Amos del Mundo: he aquí su pecado mayor, su gran crimen inexpiable, la explicación de muchas cosas. Por lo tanto descartaremos esas engañosas denominaciones de “islam moderado” o “musulmanes moderados” que no son otra cosa que el ropaje de la mentira, la hipocresía y la falsificación. Queda claro que ese lenguaje no sirve a la verdad, no describe nada verdadero ni sincero, es cuanto menos sospechoso y poco fiable. No son ni siquiera los propios interesados los que se denominan así, sino sus protectores occidentales que les atribuyen a “sus” musulmanes (su mano de obra local) cualidades y méritos que no existen más que en su imaginación o en el discurso de su cínica propaganda.

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Preferimos hablar de musulmanes “buenos y malos”, pues esa terminología tiene el mérito, en su sencillez, de definirlos a través de una actitud moral. Es una calificación sin duda arbitraria, pero corresponde a nuestros intereses y simpatías, y emana de la verificable actitud de los propios interesados.

Hablaremos, pues, de “musulmanes buenos”, porque hay que llamarlos de alguna manera y porque es un vocabulario carente de connotaciones políticas en una cuestión que queremos llevar al terreno de la estricta realidad que dictan los acontecimientos en curso. La bondad (la calidad de bueno) en los seres humanos nos remite a una virtud que no admite medias tintas ni sirve de tapadera hipócrita a discursos evasivos y manipulaciones descaradas. Preferimos, pues, esa terminología porque bueno y malo son cualidades morales que siempre son más sinceras que los posicionamientos políticos, oportunistas por naturaleza.

Entro de lleno en el centro de la cuestión con una una verdad de Perogrullo, con una evidencia innegable: hay musulmanes buenos. ¿Quiénes son? Tomemos el caso sirio para ejemplificar lo afirmado.

En Siria, la gente sencilla, patriota, noble y valiente, es decir los hombres y mujeres musulmanes en su mayoría de esa nación martirizada por la codicia occidental que ha armado a los degolladores del ISIS y de cien grupos terroristas más, es la que ha dado un ejemplo imborrable de dignidad y coraje al mundo resistiendo a la barbarie, a costa de la sangre de su mejor juventud derramada en cien campos de batalla. Son mayormente musulmanes, junto con los seguidores de las demás confesiones de Siria, los que han dado los mayores defensores de la Humanidad en estos años de plomo y ceniza, en ocho años de carnicería y devastación promovida por gobiernos occidentales “democráticos” de países nominalmente cristianos que se han ensañado con un país y un pueblo que no les había hecho nada. Si la expresión “musulmanes buenos” ha tenido alguna vez un sentido es aquí, en esta ocasión, no la única sin duda, pero la resistencia siria, llevada a cabo por esos buenos musulmanes reviste, sin caer en exageraciones literarias ni lirismos fuera de lugar, la dimensión de una epopeya que la historia reconocerá y pondrá en su sitio. Así como pondrá en su sitio a los muy cristianos (católicos y otros) que han asistido impasibles a la atroz degollina en Siria y en otros países mientras sus gobiernos respaldaban a los peones locales de sus intrigas políticas de alto vuelo. ¿Qué patriota europeo, qué persona decente, qué humano con el corazón bien puesto no siente la mayor admiración y reconocimiento por esos 200 000 combatientes sirios y sus aliados (repetimos una vez más: en su inmensa mayoría musulmanes) que han caído combatiendo contra la barbarie islamista, armada y financiada por nuestros gobiernos sin alma ni conciencia?.

¡Claro que hay musulmanes buenos! Los hemos visto subir al frente una y otra vez y caer a miles en medio del odio y la mentira arrojados sobre su sangre derramada. Una sangre que han vertido por su patria y su pueblo, qué duda cabe, pero también por todos nosotros, aunque lo ignoremos y nos neguemos a reconocerlo.

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Frente a la dimensión del sacrificio y la brutalidad de la agresión no dudamos en decir alto y claro que estos musulmanes no sólo son nuestros aliados, sino nuestros amigos y nuestros hermanos. Separados por la geografía, la historia, la cultura y otras circunstancias, es sin embargo con esta gente con la que queremos ir mano con mano para enfrentar un mismo enemigo sin escrúpulos, un mismo monstruo sin entrañas, un misma empresa inhumana.

Esta es la humanidad que reivindicamos, por encima de razas, culturas y religiones, la humanidad con la que nos sentimos identificados. Hombres y mujeres honorables que defienden su patria, su lugar al sol, su derecho a la vida y a seguir su propio camino sin interferencias ni injerencias extrañas ni extranjeras. Estos musulmanes están en la misma trinchera que nosotros, frente a los malos musulmanes, los malos cristianos y, en definitiva, contra los malos a secas. Su combate es también el nuestro, y sólo nos queda desear para cuando nos llegue el momento (que nos llegará, sin lugar a dudas), que tengamos, nosotros los “buenos cristianos” o “los buenos europeos”, la misma dignidad, el mismo espíritu y la misma determinación que ellos han tenido y siguen teniendo contra el enemigo común: la barbarie islamista, el salvajismo yihadista, los enemigos de la humanidad. Sólo deseo que, llegado el momento, seamos tan “buenos” como ellos lo han sido y lo siguen siendo.

Pero no se trata únicamente de afinidad espiritual o de simpatías personales siempre arbitrarias o caprichosas, sino de la necesaria solidaridad frente un enemigo común, de pragmatismo político, de sensatez en el tratamiento de la grave situación que nos toca vivir. Debemos formar un frente común con todos aquellos que están dispuestos a sumar fuerzas en esta guerra que la humanidad lleva a cabo en distintos campos de batalla contra el islamismo radical y sus tropas de choque, ya sea en los escenarios bélicos actualmente activos, ya sea en el corazón mismo de nuestras ciudades, en Europa o en otros continentes. La lucha de los patriotas sirios, de los buenos musulmanes de Oriente Medio, ¿no es acaso la misma, en otras condiciones y con otras armas, que la que llevamos en Europa los patriotas europeos contra ese mismo enemigo que adopta distintas estrategias y métodos de combate según los diferentes escenarios contra todo lo que no se doblega a su diabólico proyecto?

En esta guerra mundial que el islamismo ha desatado a nivel global, la primera y más abundante sangre derramada ha sido la de los musulmanes. Mientras tanto, nosotros… ¿Cómo describir la cobardía, la pusilanimidad, la ruindad, la desidia, la pereza, la incuria y la mezquindad de nuestras democracias occidentales y de nuestros propios pueblos (seamos sinceros, aunque duela) indiferentes y bostezantes frente al drama sangriento de nuestra época sin recurrir a los más gruesos epítetos para condenar tanta vileza y ruindad, tanto servilismo e indignidad?

Cuando veo a esas jóvenes mujeres del Kurdistán o a las mujeres del Ejército Árabe Sirio luchar contra los terroristas del ISIS y de las demás organizaciones terroristas siento asco por esos occidentales que desvían la mirada, que no ayudan en nada a esos pueblos que luchan contra esos monstruos. ¿Con quiénes nos hemos de sentir más cercanos e identificados, ¿con estos occidentales amorfos, indiferentes y muchas veces cómplices de la barbarie islamista o con esos musulmanes, hombres y mujeres de Siria y de otras naciones y pueblos vecinos, que caen a diario en su lucha contra los sanguinarios decapitadores protegidos y respaldados por poderosos Estados y grupos de presión internacionales, que no tienen nada de musulmanes? Sentimos admiración y respeto por unos y una profunda repugnancia por los otros. Así puestas las cosas, el aparente simplismo de la calificación de “buenos y malos musulmanes” cobra sentido y está plenamente justificado. Así vemos a esos musulmanes y así lo decimos sin complejos ni rodeos.

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¿Y qué decir de Bashar Al-Assad, atacado y difamado por los medios que respaldan la cruel e injusta guerra que le hace a ese país y a su pueblo el terrorismo esponsorizado por Occidente? Bashar Al-Assad sin duda no es un un ángel en ese caldero en ebullición que es Oriente Medio, pero ha defendido y protegido a la población cristiana (y las demás minorías) de los extremistas sanguinarios que sólo esperan abalanzarse sobre ellos y exterminarlos. ¿Qué hubiera sido de la dos veces milenaria presencia cristiana en Siria sin ese líder providencial, de su determinación, de su coraje y de su inteligencia?

No son los gobiernos occidentales los que defienden a los cristianos en Siria (o de Medio Oriente, en general) y menos que menos el tal Francisco, sino las fuerzas armadas de Siria, compuestas mayormente por musulmanes bajo el liderazgo del musulmán Bashar Al-Assad.

¿Cuál ha sido la suerte de los cristianos en Irak después de la caída de Saddam Hussein? El terror la muerte y el exilio. En Libia, una vez asesinado Gadafi empezaron a degollar cristianos como ovejas. En Egipto, los Hermanos Musulmanes y otros extremistas no esperaron un minuto después del derrocamiento de Mubarak para empezar la caza de los coptos.

Los medios occidentales se ceban en Bashar Al-Assad, su “régimen”, sus fuerzas armadas, sus aliados y apoyos internacionales, mientras ven con total indiferencia el sufrimiento y la degollina del pueblo sirio en general y en particular de los cristianos. Prefieren denigrar a Bashar Al-Assad para agradar a sus amos, ese auténtico (¡ese sí!) “eje del mal” que busca por todos los medios eliminar al presidente sirio para colocar a sus peones en su lugar. La Siria de Al-Assad no discrimina ni humilla a los cristianos como lo hacen la mayoría de los gobiernos de Europa. Bajo el “dictador” Al-Assad, los sirios celebran la Navidad en sus iglesias protegidas mientras nuestros muy democráticos y tolerantes amigos saudíes decapitan a los cristianos que se atrevan a mostrar un crucifijo en la calle. Tal vez esa circunstancia sea en realidad un motivo más del odio que despierta Bashar Al-Assad en los dirigentes europeos.

¿Quiénes son los que han ayudado al “régimen” sirio a luchar contra los terroristas islamistas, y a vencerlos? No han sido los europeos materialistas ni los americanos milenaristas, sino los chiitas de Irán y del Líbano, sunitas de muchos países del mundo árabe-musulmán (por no mencionar los soldados rusos, ortodoxos y musulmanes -o ateos, ¡qué más da!- presentes en el país). Aquí no nos importan consideraciones políticas, siempre sujetas a análisis y crítica, sino los hechos concretos. ¿Quiénes son los buenos y quiénes los malos en esta historia? ¿Quiénes combaten el mal y quiénes lo respaldan? ¿Es acaso un misterio la complicidad de Occidente con el islamismo? Para los líderes occidentales y sus medios a sueldo, desgraciadamente, los malos musulmanes son precisamente aquellos que combaten el yihadismo y protegen a las minorías cristianas y otras (recordemos cómo acabaron Sadam Hussein, Gadafi…) . Nosotros tenemos otra opinión. Y esa opinión está fundamentada en hechos que no admiten discusión. Es un hecho innegable que ningún terrorista que ha sembrado de sangre nuestras calles a salido de las filas de los seguidores de Gadafi, Sadam Hussein o Al-Assad, de sus regímenes nacionalistas laicos o socializantes, tolerantes con las minorías por regla general. Esos terroristas han salido de escuelas religiosas, políticas y filosóficas originadas en los regímenes aliados de Occidente: Arabia Saudita y otros países del Golfo Pérsico, además de otras monarquías y regímenes corruptos del mundo islámico.

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Del mundo musulmán provienen hoy gran parte de nuestros enemigos, pero también es cierto, y es justicia reconocerlo, e insensatez ignorarlo o menospreciarlo, que del mundo musulmán también salen nuestros mejores aliados en la lucha contra el fanatismo islámico y la ofensiva del yihadismo. ¿Acaso el caso sirio (y otros) no son la mejor prueba de ello?

Las ciudades sirias liberadas del terror islamista y otra vez puestas bajo el control gubernamental, ¿no son acaso más seguras hoy frente a las amenazas del yihadismo, que las ciudades de Europa plagadas de células terroristas y de “lobos solitarios” dispuestos a golpear en cualquier momento? ¿No son acaso las ciudades y el territorio bajo control gubernamental sirio zonas más seguras para los cristianos (y todos los demás) que muchas ciudades europeas que viven permanentemente bajo la espada de Damocles de un posible atentado islamista? ¿No se celebran la Navidad y otras festividades del calendario cristiano con mayor seguridad en la Siria liberada del terror islamista que en la Europa bajo constante amenaza terrorista? (mercadillos, iglesias y catedrales bajo permanente vigilancia policial y extremas medidas de seguridad para evitar atentados). ¿Quiénes son los mayores luchadores contra los fanáticos islamistas, los degolladores y cortadores de cabezas, sino los musulmanes (sunitas, chiitas o de otras sectas o ramas del islam) sirios, iraníes, kurdos, libaneses, mayormente musulmanes?

Está claro que para los gobiernos occidentales y su servicio doméstico, los malos son los sirios y sus aliados que combaten el islamismo y los buenos son los degolladores internacionales que arman y financian.

No hay para nosotros un islam bueno, por razones históricas, culturales, etc… Lo hemos dicho en muchas ocasiones y nada de lo expuesto aquí viene a contradecir esa posición, pero reconocemos que hay musulmanes buenos, que no todos los musulmanes son nuestros enemigos, ni mucho menos. Lo son aquellos que se declaran y actúan como tales, y ejercen esa enemistad de manera tan explícita y brutal que sería ceguera y locura seguir ignorándolo.

En cuanto a los musulmanes buenos, no hay otro medio de reconocerlos: son aquellos que se oponen y luchan contra la barbarie islamista, una barbarie fomentada, dirigida y financiada por otros que son en su mayoría no musulmanes.

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Ni nos declaramos antimusulmanes ni consideramos a los musulmanes en sí seres dotados de cualidades o vicios determinados exclusivamente por su filiación cultural o religiosa. Nos consideramos y proclamamos anti-islamistas. El antiislamismo es una reacción de legítima defensa de las sociedades democráticas o pluralistas. Los musulmanes no islamistas se ven diabolizados por los islamistas tanto como los musulmanes que tienen una actitud crítica hacia el islam y piden una revisión de los dogmas o promueven una libre interpretación de los textos de referencia. Los musulmanes hostiles al islamismo son los aliados naturales de los anti-islamistas no musulmanes. Los anti-islamistas son luchadores de la libertad, defensores de la laicidad, progreso, tolerancia, igualdad…. Es por ello que son los enemigos de los islamistas y sus aliados. En esta lucha, musulmanes y no musulmanes vamos codo con codo contra el islamismo.

Estos son los que considero musulmanes buenos: los que no se declaran ni actúan como nuestros enemigos, los que no invaden nuestro país ni buscan destruir nuestra cultura, los que no quieren imponernos la sharia ni taparme con el burka, los que no cuestionan nuestro modelo de sociedad, nuestra organización política, nuestras tradiciones, nuestro derecho a vivir en paz en nuestra tierra, nuestra seguridad, nuestro futuro y hasta nuestra propia existencia, los que no apoyan ni simpatizan con el islamismo, los que no respaldan al terrorismo, los que se oponen a los mismos bárbaros que tenemos que tenemos de enemigo común: los fanáticos yihadistas, sus cómplices autóctonos y sus patrocinadores internacionales.

Los buenos musulmanes se han organizado y unido contra el yihadismo, contra sus inicuos padrinos, sus sádicos peones, sus feroces métodos y sus malignos designios. Nos queda a nosotros tomar ejemplo y actuar de la misma manera, prepararnos para la lucha que ha de venir, y no equivocarnos de enemigo.

Esos musulmanes son nuestros aliados, nuestros amigos y nuestros hermanos. Es conveniente saberlo, es justo decirlo, es necesario valorarlo. Debemos colaborar mutuamente, estrechar lazos con ellos, unificar esfuerzos y estrategias. Estamos en la misma trinchera y hemos de estar unidos. Nuestro futuro y nuestra libertad están en juego. Nos va la vida en ello.

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Hipótesis sobre los resultados de las elecciones catalanas. Por Ernesto Milá

Ernesto Milá

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No está muy claro cuál va a ser la repercusión de las elecciones catalanas, ni siquiera los resultados. Se ignora, por el momento, el efecto que pueden tener medidas como la amnistía, los casos de corrupción y cómo reaccionará el electorado nacionalista. Ni siquiera en la derecha están claros los resultados. Todo empezará a verse más claro cuando se sepa el resultado de las elecciones vascas (que albergan menos incertidumbres) y cuando se deshinchen los globos mediáticos sobre el “Caso PSOE” y la respuesta socialista activando el ventilador de la corrupción (esto es, cuando se vayan conociendo los alcances jurídicos y penales de ambos casos). Al mismo tiempo, ni siquiera están claros algunos candidatos que se presentarán (empezando por Puigdemont), ni mucho menos son creíbles los sondeos publicados. Así pues, vamos a intentar contemplar distintas hipótesis.

ILLA: ¿SUBIRÁ O BAJARÁ? YA NADA DEPENDE DE ÉL NI DE SU CAMPAÑA

En nuestra opinión Illa es un candidato “tocado” por sus propios errores durante la pandemia (él mismo dijo que al ser nombrado “ministro de sanidad”, no tenía ni idea de sanidad y nadie esperaba que se produjera la llamada “pandemia”) que no afectan solamente al manejo alegre de fondos del ministerio que se perdieron en mascarillas inservibles, tests igualmente falsos y material caro, malo y que se destruyó sin exigir devoluciones. Lo peor no es esto: esto sería, en el peor de los casos, incapacidad para gestionar un ministerio (algo previsible en un tipo que carecía por completo de experiencia en gestión y cuyo modesto título de “licenciado en filosofía” no le ayudaba en nada). Lo peor es que durante la gestión de Illa murió gente. Entonces, cuando el miedo atenazaba a la sociedad española, estábamos poco dispuestos a creer que la mayoría de las muertes se debían a la “mala praxis médica” recomendada por la Organización Mundial de la Salud, pero, desde entonces, las voces que ya lo advirtieron en aquel momento, se han convertido en un clamor. Y no, no somos negacionistas: existió pandemia y existió el virus… pero el mayor crimen fue recomendar unos protocolos que, en lugar de erradicar el virus cuando aún se podía, tendían a “hundirlo” en los pulmones de donde ya era imposible erradicarlo. Esa es la tesis que cada día gana más fuerza y que, en su momento, pocos médicos se atrevieron a denunciar.

Aquella mala gestión, presentada por Sánchez como un “gran éxito”, fue suficiente para desplazar a Illa al frente del PSC catalán en donde sigue. Ahora queda saber, si en los dos meses y medio que quedan hasta las elecciones, surgirán nuevas informaciones, tanto sobre el descontrol que existía en el ministerio de sanidad durante su gestión, como el error de aplicar protocolos contraproducentes en el trato de la enfermedad. El futuro de Illa dependerá, en gran medida, de esto, pero, además se le junta otro problema.

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EL PRECIO DE LA AMNISTÍA QUE PAGARÁN LOS SOCIALISTAS

El electorado socialista que permanezca fiel al PSC deberá de aceptar la versión oficial pedrosanchista sobre la oportunidad de conceder la amnistía: que se trató de una medida para poner el contador a cero, limpiar los errores del pasado, perdonar delitos de todo tipo a cambio de garantizar la convivencia. Pero este razonamiento es débil por dos motivos: el primero de todos, que el contador no está a cero. En realidad, los independentistas, ahora, están más fuertes que antes: consideran que no hicieron nada ilegal y, han repetido, por activo y por pasiva, que volverían a hacerlo. Así pues, los propios independentistas se encargan de desmentir y desmontar el razonamiento de quien les ha indultado. El segundo motivo es que resulta demasiado evidente que Sánchez sigue en el poder gracias a los 7 votos de Junts y que los ha obtenido para alcanzar una escuálida mayoría, obteniendo a cambio, solamente, la seguridad de mantenerse unos meses más en el poder.

La maniobra ha sido urdida por Sánchez, pero su virrey en Cataluña es el que tendrá que dar la cara ante su electorado. La duda es si una cuarta parte de los votos que obtuvo el PSC en las elecciones generales, seguirá pensando que el PSC era el muro más seguro contra el independentismo, seguirá fiel a la sigla o se habrá convencido de que el PSC no solamente no es el “muro”, sino que es el ariete: esto es, el muñeco que, manejado por el independentismo, consigue abatir, mucho mejor que ellos mismos, las resistencias de la unidad del Estado. Porque esto es lo que viene produciéndose desde Pascual Maragall, el hombre, con el cerebro ya desbaratado por la enfermedad, que se obstinó en la reforma del Estatuto (cuando no existía demanda social alguna), pacto con ERC y dio origen al problema que actualmente sigue vivo (y no lo estaba a principios del milenio, salvo en minorías juveniles muy radicalizadas).

LO IMPORTANTE ES QUIEN SUPERARÁ A QUIEN: ERC A JUNTS O VICEVERSA

El espacio independentista es, literalmente, caótico: ni siquiera dentro de las dos grandes formaciones (ERC y Junts) se está de acuerdo en lo que se pretende y mucho menos en cómo conseguirlo. Una nebulosa se percibe en ambos partidos en sus propuestas. Agitan todavía el tema de la independencia, pero da la sensación de que lo único que les interesa es liquidar el asunto, consiguiendo un “referéndum de autodeterminación” (“no vinculante” para unos y “vinculante” para otros). A diferencia de en 2007, los más lúcidos, dan por sentado que ese referéndum daría un resultado negativo… pero, al menos, podrán ´decir a su electorado, “lo hemos intentado”. Pocos son -pocos de los que tienen neuronas y las utilizan- los que piensan que la independencia de Cataluña es posible en las actuales circunstancias. El fracaso del “procés”, les ha hecho meditar… aunque no tengan el valor de afirmarlo públicamente, porque, como se sabe, el fin de un partido nacionalista/independentista es la independencia y, si esta no se puede conseguir, ¿para qué existe la sigla?

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No vamos a presenciar un debate entre dos programas políticos realistas, sino entre un programa “posibilista” (el de ERC) que quiere seguir detentando las riendas de la gencat, y un programa “agresivo” (el de Junts) que quiere restituir en la presidencia a Puigdemont. Los dos se declaran “indepes” y quieren convencer a su electorado de que lo siguen siendo, pero, en realidad, los dos, lo que quieren es tener las más amplias parcelas de poder para alimentar a sus cuadros. Eso es todo. La duda de si se producirá el sorpasso de Junts a ERC o si ERC mantendrá la hegemonía en el jardín indepe, es lo único que está en juego. ¿Referéndum? Ambos partidos han llegado a la conclusión de que lo mejor es… “jugar y perder”.

 

LAS FUERZAS NO INDEPENDENTISTAS

Teniendo en cuenta que el PSC juega la carta del equívoco desde la misma fusión de las distintas ramas del socialismo catalán en la transición, y su postura “federalista” es tan inviable como la “independentista”, el electorado que todavía conserva cierto sentido de la realidad nacional e internacional, está ubicado fuera de los márgenes del ambiguo socialismo catalán. En efecto, nos estamos refiriendo al PP, a Vox y a los restos de Ciudadanos. El electorado no independentista y “españolista” o “estatalista”, desearía que estas formaciones se presentaran bajo una misma etiqueta. De hecho, la lógica política implica que así debiera ser y que el poder de atracción de un polo así concebido sería el tercer actor político en Cataluña (tras el bloque independentista y tras el PSC). ¿O hay que recordar que Ciutadans, fue el partido más votado en las elecciones regionales de 2017? Y su programa se reducía a un solo punto: “no al nacionalismo – no al independentismo”.

Por otra parte, la derecha no ha extraído conclusiones de su derrota en las elecciones generales de 2023 que se debió a presentarse dividida en dos opciones, lo que permitió que se perdieran “restos” en beneficio del PSOE y en aplicación de la Ley d’Hondt. Cada uno de los dos partidos cree que podrá quedar “por delante” del otro en Cataluña. Pero, lo que está demasiado claro, es que la división de las fuerzas “estatalistas” seguirá siendo el factor que las suma en la irrelevancia en la política regional.

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Si el PP queda por delante de Vox, su dirección podrá alardear de “éxito electoral” (lo más probable es que aumente el número de votos, lo que no está tan claro es de dónde procederán esos votos, si de Vox o de sectores decepcionados con el PSC) y reforzar el previsible avance que obtenga en las elecciones vascas, en donde las últimas encuestas dan una pérdida notable de votos al PSOE (en beneficio, por una parte, de Bildu y, por otra, del PP). Para Vox, quedar por delante del PP supondría mantenerse como una opción tentadora para los votantes de este último partido que cada vez más quieren posiciones más claras y menos contemporizadoras.

De todas formas, el gran error y lo que limitará las posibilidades y los resultados “estatalistas” es su persistencia en desconocer que solamente un “programa único” podría llevarlos a competir con los dos otros bloques de la política catalana.

LO QUE SERÍA DESEABLE PARA EL ESTADO

Cataluña es la única reserva importante de votos que le queda a Pedro Sánchez. Sean cuales sean sus resultados en el País Vasco, aquella comunidad no puede aportar numéricamente gran cosa al PSOE. Si Sánchez consigue detener la sangría de votos socialistas catalanes, corre el riesgo de estabilizar su situación (hoy extremadamente precaria). Pero, para eso, haría falta que Illa obtuviera un buen resultado y que esto le permitiera entrar en el gobierno de la gencat, junto a ERC (en caso de que este último, como es seguro, no obtuviera una mayoría suficiente para gobernar en solitario).

Desde el punto de vista del “interés nacional” y de la “gobernabilidad del Estado”, una derrota socialista en Cataluña o, al menos, un descenso significativo de votos (al que se uniría en apenas un mes, una derrota previsible y sin paliativos de toda la izquierda europea en las elecciones de la Unión Europea), es deseable, necesaria y supondría otro golpe de piqueta para la existencia de la sigla “PSOE”.

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Desde que se inició el “procés”, siempre hemos sostenido que la independencia de Cataluña era completamente imposible, además de inviable. Cada vez estamos más convencidos de esta afirmación. La situación catalana está tan degradada, especialmente en materia de orden público y seguridad ciudadana que, aunque la temática no ocupa el primer plano en los programas de los partidos, está ahí para quien verla: un tercio de la población catalana ha nacido fuera de España o son hijos de extranjeros; ya existen zonas en Cataluña en donde la policía ha sido expulsada y diariamente se repiten incidentes cuando la policía entra en barrios de Salou, de Tarrasa o incluso en zonas de la propia Ciudad Condal, las prisiones catalanas están descontroladas (el asesinato de una cocinera y las protestas de los funcionarios han exteriorizado la situación de control que ejercen los presos procedentes del Magreb), Barcelona ya es considerada como una de las ciudades más peligrosas del mundo… Y todo esto con la policía nacional y la Guardia Civil, literalmente expulsadas del territorio catalán y con una policía autonómica desbordada y sin posibilidades de combatir a la delincuencia. A esto se suman los problemas de desindustrialización, gentrificación, la concentración de la mitad de la población catalana en torno a la ciudad de Barcelona, con un campo abandonado a su suerte y un gobierno de la gencat, consciente de todos estos problemas, pero ansioso de comprar la paz étnico-social mediante subsidios y seguir creyendo que con un certificado de catalán, los casi dos millones de inmigrantes e hijos de inmigrantes ya están integrados.

Sin olvidar que Cataluña tiene la tasa de natalidad más baja de todo el Estado (y el Estado Español una de las más bajas de todo el mundo)… ¿Quién iba a decir que después de 45 años de “Generalitat de Catalunya” la propia identidad catalana estaría en trance de desaparecer? Por que ese es el problema real y de fondo al que se enfrenta la sociedad catalana. Por mucho que se empeñe la gencat en llamar al engendro creado “Cataluña multicultural”, lo cierto es que, si es “multicultural” no es “catalana”. Ni siquiera europea. Por eso, siempre hemos sostenido que una Cataluña independiente tendría muchas más posibilidades de integrarse en la Liga Árabe que en la UE… Lo dijimos y lo mantenemos.

 

Ernesto Milá.

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