Internacional
INFORME COMPLETO: La Unión Europea comienza el proceso de su DISOLUCIÓN. Por Thierry Meyssan
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4 años agoon
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El Tratado que Francia e Italia acaban de firmar en Roma y el proyecto de la coalición gubernamental del próximo canciller de Alemania, Olaf Scholz, son incompatibles con la historia de la Unión Europea. París y Berlín acaban de dar pasos concretos que sólo pueden dar inicio a la inevitable disolución de la Unión Europea.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill imaginó un sistema que permitiría a los anglosajones garantizar que Europa occidental no cayera en manos de la Unión Soviética para que ellos pudieran mantenerla bajo su propio control. Se trataba de crear un mercado común europeo con los países arruinados por la guerra que aceptaran el Plan Marshall ((«Historia secreta de la Unión Europea», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 16 de enero de 2005.)).
En aquella época, Estados Unidos y Reino Unido avanzaban de manera coordinada. En pocos años sentaron las bases de nuestro mundo: la OTAN es una alianza militar cuyo control ejercen Washington y Londres mientras que lo que acabaría convirtiéndose en la Unión Europea es la organización civil donde los anglosajones alinean a sus aliados. Claro, los miembros de la primera no son necesariamente miembros de la segunda, pero no es menos cierto que las dos tienen sus sedes respectivas en Bruselas y que ambas son de hecho las dos caras de la misma moneda. Los servicios comunes de ambas estructuras están discretamente instalados en Luxemburgo.
Luego de la crisis entre Washington y Londres, en el momento de la expedición de Suez, el Reino Unido –que estaba perdiendo su imperio– decidió incorporarse a aquello que todavía no era la Unión Europea. En 1958, Harold Macmillan fracasó en esa misión pero Edward Heath finalmente lo logró en 1973. Sin embargo, la correlación de fuerzas siguió evolucionando y el Reino Unido abandonó la Unión Europea a finales de 2020, volviéndose nuevamente hacia su antiguo imperio, bajo la noción de la «Global Britain».
Todos los documentos de la Unión Europea se traducen a cada una de las lenguas oficiales de sus países miembros, más el inglés, que se convirtió en la lengua oficial de la UE a pesar de que ninguno de sus miembros actuales lo tiene como idioma oficial. Y no es porque el Reino Unido haya sido miembro de la Unión Europea sino porque esta última se halla bajo la “protección” de la OTAN, lo cual se estipula en el artículo 42, párrafo 7 del Tratado de Lisboa, impuesto a los pueblos europeos sin consulta en lugar del Tratado Constitucional que los electores habían rechazado ((«Si un Estado miembro es objeto de una agresión armada en su territorio, los demás Estados miembros le deberán ayuda y asistencia con todos los medios a su alcance, de conformidad con el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas. Ello se entiende sin perjuicio del carácter específico de la política de seguridad y defensa de determinados Estados miembros.)).
Alemania, país que hasta 1990 vivió bajo la ocupación de las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, se adaptó a no seguir siendo una potencia militar. Todavía hoy los órganos de inteligencia alemanes –reorganizados por Estados Unidos con la contribución del antiguo personal nazi– siguen estando al servicio de los antiguos ocupantes occidentales mientras que el Pentágono mantiene en suelo alemán importantes bases militares, bajo un estatus de supuesta extraterritorialidad.
Francia, por el contrario, sueña con ser militarmente independiente. Fue por eso que Charles de Gaulle, después haber sido el líder de la Francia Libre durante la Segunda Guerra Mundial, sacó a Francia del mando integrado de la OTAN en 1965. Pero, otro presidente, Nicolas Sarkozy, la reincorporó al bloque militar en 2009. Hoy en día, las operaciones de las fuerzas armadas francesas en el exterior se desarrollan bajo la supervisión de generales estadounidenses.
Alemania y Francia asumieron por años el liderazgo de la entidad que hoy conocemos como la Unión Europea. El presidente francés Francois Mitterrand y el canciller alemán Helmut Kohl concibieron la transformación de la Comunidad Económica Europea en una entidad supranacional –la Unión Europea– capaz de rivalizar con la URSS y China pero que seguiría siendo vasallo de Estados Unidos. Esta estructura, a la cual se incorporaron –por exigencia de Estados Unidos– los ex miembros del Pacto de Varsovia, a la vez que pasaban a ser miembros de la OTAN, se convirtió en una gigantesca burocracia.
A pesar de las apariencias, el Consejo de jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea no es un súper gobierno sino una caja de resonancia de las decisiones de la OTAN. Esas decisiones se toman en el Consejo del Atlántico Norte, controlado por Estados Unidos y Reino Unido, se transmiten a la Comisión Europea y al Parlamento Europeo y son en definitiva ratificadas por el Consejo Europeo.
Es importante saber que la OTAN tiende a meterse en todo: desde los ingredientes del chocolate (la ración del soldado incluye una barra de chocolate) hasta la construcción de los puentes europeos (ahora los puentes que se construyen en Europa tienen que ser utilizables para el tránsito de los tanques de la OTAN), pasando por las vacunas anticovid (hay que velar por la salud de los civiles para que los militares estén sanos) y las transferencias bancarias (para vigilar las transacciones “enemigas”).
Las fuerzas armadas de Reino Unido y Francia eran los dos únicos ejércitos con un peso real en la Unión Europea. Así que iniciaron un proceso de acercamiento con la firma de los Tratados de Lancaster House, en 2010. Pero vino el Brexit y el ejército francés volvió a quedarse solo, como pudo verse con la reciente anulación de la compra de submarinos franceses pactada con Australia, anulación que favoreció al Reino Unido.
La única opción que le quedaba a Francia era acercarse a las fuerzas armadas de Italia, a pesar de que estas son dos veces más pequeñas que las fuerzas armadas francesas. Eso es lo que acaba de decidirse con la firma del Tratado del Quirinal, el 26 de noviembre de 2021. Esta maniobra se vio facilitada por la afinidad evidente entre el presidente francés Emmanuel Macron –quien fue banquero con Rothschild– y el primer ministro italiano Mario Draghi –ex banquero en Goldman Sachs– y su liderazgo común en la respuesta política ante la epidemia de coronavirus. De paso también vale la pena observar la increíble jerga políticamente correcta que caracteriza la redacción de este documento, muy lejana de las tradiciones latinas (( «Traité du Quirinal», Réseau Voltaire, 26 de noviembre de 2021.)).
Mientras tanto, en Alemania, la canciller Angela Merkel deja ese cargo en manos de Olaf Scholz, a quien no le interesan las cuestiones militares ni los déficits presupuestarios de Francia y de Italia. El acuerdo de coalición de su gobierno ((Mehr Fortschritt wagen. Bündnis für Freiheit, Gerechtigkeit und Nachhaltigkeit, Sozialdemokratischen Partei Deutschlands (SPD), Bündnis 90 / Die Grünen und den Freien Demokraten (FDP), 2021.)) simplemente alinea la política exterior alemana tras la política exterior de los anglosajones, o sea la de Washington y Londres.
Hasta ahora, los gobiernos alemanes encabezados por Angela Merkel luchaban contra el antisemitismo. El gobierno de Scholz va mucho más lejos y se compromete a respaldar «todas las iniciativas que promuevan la vía judía y promuevan su diversidad». Ya no se trata de proteger a una minoría sino de «promoverla».
En cuanto a Israel, país que Estados Unidos y Reino Unido crearon siguiendo una lógica imperial ((«¿Quién es el enemigo?», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 4 de agosto de 2014.)), el acuerdo de la coalición alemana de gobierno estipula también que «la seguridad de Israel es un interés nacional» de Alemania y promete bloquear «los intentos antisemitas de condenar a Israel, incluso en la ONU». Precisa además que Alemania seguirá apoyando la solución de los dos Estados ante el conflicto israelo-palestino –lo cual es una manera de decir que se opondrá al principio de «una persona, un voto»– y expresa regocijo ante la «normalización» de las relaciones entre Israel y los países árabes. El gobierno Scholz entierra así la política tradicional del SPD, olvidando que Sigmar Gabriel, siendo ministro alemán de Exteriores (de 2013 a 2018) calificaba el régimen israelí de «apartheid».
Olaf Scholz es un abogado preocupado sobre todo por hacer funcionar la industria de su país en base a un compromiso entre obreros y patronos. Nunca estuvo demasiado presente al tratarse de temas internacionales y ha designado como ministro de Exteriores a la jurista verde Annalena Baerbock. Esta última no sólo es partidaria de liquidar el uso de los combustibles fósiles sino que trabaja como agente de influencia de la OTAN, así que clama a toda voz que Ucrania debe convertirse en miembro de la OTAN y de la Unión Europea, milita contra Rusia y por ende rechaza el gasoducto Nord Stream 2 mientras que promueve la construcción en Europa de terminales especializadas para recibir por barco gas importado desde Estados Unidos, a pesar del costo exorbitante de tales instalaciones. Además, califica a China de «rival sistémico» y apoya a todos los separatistas que puedan afectar en algo a ese país –el separatismo taiwanés y también a los separatistas tibetanos y uigures.
Así que es previsible un lento alejamiento de las políticas de Alemania y de Francia y hasta el probable resurgimiento del conflicto que enfrentó a esos dos países y que dio lugar a 3 guerras entre 1870 y 1945.
Contrariamente a lo que afirma la propaganda, como señalé al principio, la Unión Europea no fue creada para garantizar la paz en Europa occidental sino para mantener a las poblaciones de esa parte de Europa en el bando de los anglosajones durante la guerra fría. Así que el conflicto franco-alemán nunca llegó a resolverse.
Lejos de instaurar la paz, la Unión Europea sólo escondió el problema franco-alemán bajo una especie de manta sin tratar de resolverlo. Peor aún, durante las recientes guerras en la antigua Yugoslavia, Francia y Alemania llegaron a enfrentarse militarmente: Alemania apoyaba a Croacia mientras que Francia respaldaba a Serbia. Berlín y París se concertaban dentro de las fronteras de la Unión Europea pero se hacían la guerra fuera de ellas y los especialistas en operaciones especiales saben que hubo muertos de ambas partes.
Las políticas exteriores eficaces son aquellas que traducen la identidad de sus naciones. El Reino Unido y Alemania siguen hoy su camino, como naciones orgullosas de ser lo que son.
Eso no sucede con Francia, hoy en plena crisis de identidad. El presidente francés Emmanuel Macron aseguraba al principio de su mandato que «no hay una cultura francesa». Luego, bajo la presión de los franceses, Macron cambió de discurso… pero su pensamiento sigue siendo el mismo.
Francia cuenta con medios, pero ya no sabe qué es ni adónde va. Sigue persiguiendo la quimera de una Unión Europea independiente, que rivalizaría con Estados Unidos, mientras que los otros 26 miembros de la UE quieren otra cosa. Pero Alemania comete un grave error al apostar por el «paraguas nuclear» estadounidense en momentos en que Estados Unidos ha entrado en un proceso de descomposición.
Es evidente que acabamos de entrar en la fase de disolución de la Unión Europea, una estructura tan anquilosada que será una suerte para cada uno de sus miembros tener la oportunidad de recuperar su plena independencia. Pero será también, y sobre todo, un desafío que puede rápidamente tomar un cariz dramático. Estados Unidos está desmoronándose sobre sí mismo, así que la Unión Europea se verá pronto sin amo a quien obedecer. Los países que forman parte de esa entidad tendrán que posicionarse cada uno ante los otros. Es tremendamente urgente que los europeos comiencen a entenderse entre sí, ya no como simples socios comerciales sino como compañeros en todo. No hacerlo los llevará inevitablemente a la catástrofe, a la guerra generalizada.
Ya se ha podido comprobar que todos los miembros de la Unión Europea –con excepción de los ingleses, que en definitiva ya la abandonaron– tienen en común ciertos elementos culturales. Esos elementos son también parte de la cultura de Rusia, más cercana de la cultura europea que la del Reino Unido.
Ahora se hace posible reconstruir Europa, pero no como una burocracia centralizada sino como una red de Estados, abriéndola a quienes se vieron artificialmente marginados por los anglosajones deseosos de garantizar su propia dominación sobre el continente durante toda la guerra fría. De eso hablaba Charles de Gaulle cuando, oponiéndose a Winston Churchill, se declaraba partidario de una «Europa de Brest a Vladivostok».

Internacional
Ucrania: La guerra que China prefiere que NO termine
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3 semanas agoon
31/01/2026By
AGENCIAS
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Hay una realidad incómoda que Occidente sigue evitando: no habrá salida a la guerra de Ucrania mientras China permanezca fuera del foco. Ignorar a Pekín no es un descuido diplomático; es un error estratégico de primer orden.
China no es un actor marginal ni un espectador neutral. Tiene intereses directos en el conflicto y los defiende con disciplina y sin escrúpulos. Habla con Putin, sostiene a Rusia y le proporciona el oxígeno económico y tecnológico necesario para que la guerra continúe.
Pero Pekín no quiere que Moscú gane, ni tampoco que pierda. Quiere que la guerra se alargue lo suficiente como para debilitar a Occidente, sin provocar un colapso ruso que altere el equilibrio que hoy le favorece. No busca una victoria decisiva, sino un desgaste prolongado que juegue a su favor.
Esa es la clave de la estrategia china: aprovechar la invasión rusa para ampliar su influencia global, erosionar el liderazgo estadounidense y remodelar el orden internacional, todo ello sin asumir el coste político ni militar de una guerra que otros libran por ella.
1. Mantener una Rusia dependiente, pero no demasiado fuerte
Los análisis coinciden: Pekín no quiere que Rusia se derrumbe, pero tampoco que salga reforzada de la guerra.
El resultado ideal para China es una “paz híbrida”: Rusia conserva parte del territorio ocupado, pero sin una victoria clara. Una Rusia derrotada podría implosionar; una Rusia victoriosa sería más autónoma, más peligrosa y menos manejable para China.
El cálculo es frío y cínico: mantener en el Kremlin un régimen antioccidental útil, pero económica, tecnológica y diplomáticamente subordinado a Pekín. Rusia como socio menor, no como igual.
2. Usar Ucrania para desgastar a Estados Unidos y Europa
Para China, la guerra es también una herramienta estratégica contra Occidente.
Pekín ve el conflicto como una forma eficaz de atar recursos militares, políticos y económicos de Estados Unidos y de la Unión Europea, debilitando su capacidad de actuación en otros escenarios clave.
Un Occidente dividido, una OTAN bajo presión y un acuerdo final favorable a Moscú serían una victoria estratégica para China: menos influencia estadounidense y un avance hacia un orden internacional cada vez más favorable a Pekín.
Cuanto más tiempo dure la guerra, más margen tendrá China para expandirse en el Indo‑Pacífico y consolidar su influencia en el llamado Sur Global.
3. Redibujar el orden mundial y diluir el poder de Estados Unidos
La retórica china insiste en un mundo “multipolar”, con la ONU como eje formal, pero con Estados Unidos claramente debilitado.
Xi Jinping repite ante líderes europeos su apoyo a un sistema internacional “centrado en la ONU” y a una globalización “multipolar”. En la práctica, esto significa reducir el peso de Washington y erosionar la arquitectura política y de seguridad construida por Occidente tras la Segunda Guerra Mundial.
Al promover planes de paz y llamados al alto el fuego —que evitan cuidadosamente exigir la retirada rusa—, Pekín se presenta como mediador global, especialmente ante los países no alineados, mientras protege los intereses de Moscú.
Ucrania se convierte así en un escaparate diplomático: China busca ocupar el espacio que antes dominaba Occidente.
4. Expandir su control económico sobre Rusia, Europa y la Ucrania del futuro
La economía es el corazón del plan chino.
Con Rusia, Pekín se ha convertido en su salvavidas. El comercio bilateral roza los 230.000 millones de dólares anuales; casi un tercio del comercio exterior ruso se realiza ya en yuanes, una moneda utilizada para esquivar sanciones.
China suministra componentes críticos de doble uso —microelectrónica, maquinaria industrial, piezas para drones— que permiten a Moscú sostener su maquinaria de guerra pese al aislamiento internacional.
Con Europa, Pekín actúa con cautela, pero con una amenaza implícita: sabe que puede infligir un daño económico muy serio a la Unión Europea. Por eso evita una ruptura frontal con Bruselas mientras se niega a presionar de verdad al Kremlin. Cada vez más líderes europeos reconocen que China es el eslabón débil —y no asumido— de la estrategia occidental sobre Ucrania.
Con Ucrania, China ya piensa en el día después. Se prepara para entrar en la reconstrucción, ganar contratos, influencia y presencia económica en una Ucrania soberana, pero lastrada por un conflicto congelado y por territorios aún disputados.
5. Apoyar a Rusia lo justo para alargar la guerra… sin cargar con la culpa
China juega a dos bandas.
En público, se declara neutral. Habla de diálogo y de paz. En privado, alimenta la capacidad militar rusa.
No exige la retirada de las tropas rusas. No condena la invasión. Xi promete a los europeos apoyar “todos los esfuerzos por la paz”, pero no altera en nada su posición real.
En el plano militar y tecnológico, Pekín ha compartido inteligencia satelital y ha multiplicado los envíos de componentes para drones, hoy esenciales para las operaciones rusas. Desde el verano de 2025, estas exportaciones se han disparado.
China avanza con cuidado: fortalece a Rusia lo suficiente para que la guerra continúe, pero evita un apoyo tan explícito que provoque represalias directas de Occidente.
El error occidental: excluir a China de la ecuación
Ninguna sanción importante ni ninguna propuesta seria de solución incluye de verdad a China.
Ese vacío es un error estratégico.
Pekín debe entender que su ambigüedad tendrá un coste:
- Un Occidente más cohesionado.
- Pérdida de socios comerciales.
- Exclusión de la reconstrucción de Ucrania.
- Quedar atrapada en una relación onerosa con una Rusia debilitada y dependiente.
- Y, finalmente, perder el acceso al petróleo ruso barato que hoy tanto le conviene.
Sin China, no hay solución.
Pero sin presionar a China, la guerra seguirá beneficiando al agresor.

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