España
El mito de la derecha tripartita… y creciente
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7 años agoon
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Redacción
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José Luis González Quirós (R) La política tiende a ser repetitiva y los insistentes intentos del supremacismo catalán para hacer que la Constitución salte por los aires acaban por aburrir, así que cierta monotonía se ha convertido en un carácter peculiar del debate público. Este fondo, tan escasamente llamativo, permite entender que los resultados de las elecciones andaluzas hayan tenido una repercusión extraordinaria y que, apoyándose en ellos, se edifiquen algunas interpretaciones acaso apresuradas.
Andalucía no es, en efecto, poca cosa, y lo que allí ha sucedido puede que marque el futuro político español, cosa que ya pasó con el famoso referéndum andaluz sobre el camino a seguir para constituir la autonomía en aquella región. Esa consulta se llevó por delante a la UCD, aunque no sea sensato olvidar que aquel partido tenía algunas otras afecciones nada menores.
En las elecciones andaluzas se han inspirado dos marcos interpretativos de apariencia distinta pero, en buena medida, coincidentes. Por una parte, se ha querido ver un declinar de la izquierda y, por otra, se anuncia el orto de una derecha creciente pese a su división en tres fuerzas distintas: Ciudadanos, PP y Vox. Como argumento movilizador para la izquierda que se ha quedado en casa, puede no ser malo del todo.
Vayamos a los datos que siempre son los grandes olvidados de las interpretaciones al vuelo. Si nos referimos a lo que viene pasando desde 2011, cuando Rajoy ganó las elecciones generales con una amplia mayoría, es verdad que la izquierda (sumando siempre sus dos versiones) ha descendido desde los dos millones de votos de las andaluzas de 2012 hasta casi un millón setecientos mil votos de las últimas. Si se tiene en cuenta que el PSOE lleva en el Gobierno andaluz casi cuarenta años, y que alguna ministra desavisada se dedicó a echar pestes de la caza y los toros (menos mal que no dijo nada del flamenco) tampoco parece un resultado catastrófico.
Hay que ser miope para describir lo ocurrido en Andalucía como una especie de vuelco que presagia cambios mayores
En lo que se refiere a los votos de lo que se quiere ver como una derecha ampliada por sus flancos, los tres partidos juntos han sacado menos de un cuarto de millón de votos más que el PP en las andaluzas de 2012 (cuando no existían ni Ciudadanos ni Vox, pero sí UPyD que obtuvo casi ciento treinta mil votos). Es verdad que esos resultados se han conseguido con una participación menor, es decir, que el porcentaje de estos votantes ha crecido, pero esa circunstancia se explica perfectamente por la menor movilización que ha perjudicado fuertemente a la izquierda.
También hay que apuntar que la suma de votos de ese peculiar tripartito, en plena efervescencia profética de las encuestas, no ha sido capaz de alcanzar la cifra que habían conseguido en el conjunto de las provincias andaluzas en las elecciones generales de 2016. En resumen, que ha habido una cierta novedad electoral, pero que hay que ser muy miope para describirlo como una especie de vuelco que presagia males, o bienes, mayores.
Eso es lo que dicen los números, pero esas mismas cifras revelan una situación desesperadamente mala para el PP, aunque se pueda ver premiado con una presidencia que se le escapó de las manos en 2012, cuando llegó a tener bastante más del doble de votos de los que ha cosechado ahora. Y eso que entonces no supo conservar los casi dos millones de votos que le habían apoyado en las generales inmediatamente anteriores. Los datos, pues, no son apabullantes salvo como diagnóstico de los males del PP.
Visto desde una perspectiva puramente política los resultados de las andaluzas debieran suponer para el PP algo más que un revulsivo, porque indican hasta qué punto ha sido abrasiva para el partido la presidencia de Rajoy y sus variopintas peripecias. Pretender salir adelante reivindicando la herencia de Rajoy sería como volver a encomendarle al ingeniero Morandi la reconstrucción del puente que recientemente se ha hundido en Génova. Me refiero a la capital italiana y no a la calle madrileña, evidentemente. Esa es exactamente la dinámica que está por debajo de la aparición de una supuesta derecha tripartita: o el PP consigue recuperarse y reconstruir un mensaje capaz de aspirar a la mayoría, o los apoyos que le asistan en su aparente éxito andaluz lo acabarán devorando.
El panorama que se divisa ahora mismo no indica necesariamente el éxito de esa supuesta derecha tripartita y el hundimiento de las izquierdas. Es más bien un panorama desestructurado que no se sabe cómo puede acabar tomando forma. Si Casado no acierta a sacar a su partido del angustioso zulo en el que le han metido los errores de estos años, nos podemos encontrar con un modelo parecido al de 1977, el que se agotó en 1982 con la aplastante mayoría de Felipe González: un centro amplio, una derecha residual, pero, por razones muy diversas, -que van desde las puramente políticas hasta las de estricta técnica electoral-, resulta bastante inverosímil tanto que esa posibilidad se realice con tres partidos, como que el PP pueda liderarla.
Los electores tendrán la palabra, pero cabe esperar que los buenos políticos sean capaces de hacer algo más que tratar de adaptarse a una tendencia que se ha producido a causa de errores absolutamente nítidos. Para empezar, habría que recordar que, vistas las graves amenazas a la Constitución, esas que han obligado a nuestro Rey a tomar la palabra, seguramente pueda ser más importante, por ejemplo, asegurar la estabilidad del sistema democrático, y la continuidad histórica de la Nación, con un pacto a tres entre el PSOE, Ciudadanos y un PP recuperado. Más que buscar, por encima de todo, un supuesto triunfo de las derechas que, de producirse, podría suponer la liquidación de lo que ha representado el PP desde 1996.
Los números no dan para que una derecha supuestamente radical pueda cantar victoria. Pero es que, además, la desaparición del PP triturado por sus adláteres probablemente supondría la aniquilación de las posibilidades electorales de cualquier opción de centro derecha, pues ni Ciudadanos está especialmente habilitado para jugar ese papel, ni Vox parece tener el menor interés en representarlo.
Mientras el universo de posibles votantes de soluciones más liberales que estatistas esté donde está, es evidente que su división en tres opciones puede favorecer dos dinámicas de signo contrario: un aumento de la participación, pero una pérdida de escaños, porque el sistema electoral prima en escaños al primero y al segundo y perjudica progresivamente al tercero, al cuarto y al quinto. Ese efecto no se ha notado demasiado en Andalucía porque la distribución de escaños por provincias es bastante homogénea, pero será determinante cuando, en las legislativas, se computen las dos docenas de provincias que tienen cinco o menos diputados.
El PP ya no está en condiciones de reclamar el voto útil, un expediente que nunca es demasiado eficaz, además de ser un signo de impotencia, de forma que ese partido se tiene que enfrentar con decisión a una alternativa inescapable: o se refunda a consecuencia de una autocrítica sincera y radical, o perecerá como alternativa de gobierno. Porque una amplia mayoría de sus electores preferirán votar a formaciones menos gastadas y que no hayan tenido ocasión de decepcionar a sus partidarios en ninguna materia grave.
Con muy escasos matices, la mayoría de los votos de Ciudadanos provienen de electores que votaron las mayorías políticas del PP, cosa que es todavía más clara en el caso de Vox. Ambos partidos han llegado a existir por defecto, a causa de la decepción que las políticas de Rajoy han causado en sus electores.
Los españoles no pueden tomarse en serio la idea de que el mismo partido que ha consentido una deriva extraordinariamente grave del secesionismo catalán, y que es el principal responsable de una aplicación fallida del artículo 155, pueda arreglarlo ahora con vagas promesas de que vuelve el PP de siempre o de que va a aplicar la ley con rigor.
Se necesita una voz política mucho más persuasiva y mucho más creíble, capaz de recuperar voto en el País Vasco y en Cataluña, regiones en que virtualmente ha desaparecido. Hay muy poco tiempo para ensayarla pero, sin una auténtica reconversión del PP, ese partido se quedará sin papel en el azaroso baile político que se avecina.
Caben dudas de que el PP vaya a ser capaz de reinventarse, de recuperar un papel político fuerte y original, y de que se atreva a hacerlo renunciando a cualquier seguidismo que, en su caso, además, habría de ser esquizofrénico, pero hay dos cosas indudables. Si lo intenta en serio no le faltarán apoyos porque puede partir de una base electoral todavía muy importante y, si no lo hace, lo pagará muy caro, lo pagaremos todos porque nuestra democracia corre riesgos serios de avocar a un sistema fallido. Tardaremos muy poco en verlo, pero los que confían en que esa eventualidad pudiere dar paso a un triunfo colosal de la derecha más bravía puede que no sepan muy bien de qué país están hablando.
* José Luis González Quirós es profesor de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.
España
¿Porqué no le importa a NADIE que el Cardenal Cobo tenga «novio» y además sea público y notorio? ¿Hasta dónde deben llegar las heces en la Iglesia?
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10 horas agoon
24/01/2026By
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AD. La afirmación de Federico Jiménez Losantos —“Cobo tiene novio”— emitida en su programa del 20 de noviembre y reproducida por varios medios digitales, entre ellos Infovaticana y Alerta Digital, constituye uno de los episodios más llamativos del ecosistema mediático y eclesial español de los últimos años. No por la frase en sí, sino por lo que ha ocurrido después: nada.
Ni desmentidos oficiales, ni comunicados episcopales, ni querellas, ni editoriales indignados. La prensa generalista ha pasado de puntillas, la Conferencia Episcopal ha guardado silencio y el propio cardenal de Madrid no ha movido ficha.
El hecho de que un locutor con cientos de miles de oyentes pueda afirmar en antena que el arzobispo de la capital “tiene novio” sin provocar reacción institucional es, como señalan los propios artículos que recogen la noticia, un síntoma de la época.
Se trata del tabú invertido: del escándalo al desinterés. En otro tiempo, una acusación de homosexualidad contra un cardenal-arzobispo habría generado un terremoto mediático. Hoy, en cambio, la orientación sexual —real o atribuida— de un prelado no constituye un escándalo para la prensa generalista, que opera bajo un marco cultural donde la homosexualidad no es noticia en sí misma.
Los artículos que recogen la frase subrayan precisamente este punto: la reacción mediática ha sido “prácticamente cero”.
Ciertamente la prensa mainstream evita temas que puedan percibirse como ataques a minorías. Los medios generalistas temen que amplificar la frase pueda interpretarse como un ataque homófobo, una campaña contra un miembro de una minoría religiosa o una maniobra política de la derecha mediática.
El resultado es un silencio preventivo: mejor no tocar un asunto que puede generar acusaciones cruzadas de homofobia, anticlericalismo o manipulación ideológica.
La prensa progresista también protege a Cobo por afinidad ideológica. El cardenal es percibido como uno de los prelados más alineados con la agenda socio-política del actual pontificado. Para buena parte de la prensa progresista, Cobo es un interlocutor útil en temas como inmigración, justicia social o el diálogo político sobre el Valle de los Caídos y las indemnizaciones a las víctimas por supuestos abusos clericales ni demostrados ni juzgados, casi todos prescritos judicialmente.
Por ello, amplificar una acusación lanzada desde un medio conservador podría interpretarse como “hacerle el juego” a un adversario ideológico.
Por su parte, la prensa conservadora evita incendiar un conflicto que no controla.
Aunque algunos medios conservadores han recogido la frase, lo han hecho con prudencia. Saben que de momento no hay pruebas materiales: videos o fotos.
También que el asunto puede volverse contra ellos, y que un conflicto abierto con el arzobispo de Madrid podría tener consecuencias imprevisibles. Por eso se limitan a informar de la frase, pero sin convertirla en campaña.
¿Por qué entonces el cardenal Cobo no se ha querellado? Pues por la estrategia del silencio: evitar dar entidad a la acusación.
Desde el punto de vista comunicativo, una querella multiplicaría la visibilidad de la frase. Hoy, el asunto vive en un ecosistema limitado: webs religiosas, blogs y medios alternativos. Si Cobo presentara una demanda, el caso saltaría, como el caso de Julio Iglesias, a telediarios, tertulias, columnas de opinión y redes sociales.
El silencio es, por tanto, una forma de contención estratégica.
Por otro lado, una querella exige demostrar daño. Para que prospere, Cobo tendría que demostrar que la afirmación es falsa, que causa un perjuicio real, y que existe intención de difamar.
En el contexto cultural actual, donde la orientación sexual no se considera deshonrosa, demostrar “daño” es jurídicamente complejo y la Iglesia siempre procura evitar los pleitos públicos
La tradición eclesial —especialmente en España— es evitar los tribunales civiles salvo en casos extremos. Una querella abriría la puerta a interrogatorios, revisión de agendas, exposición mediática, y especulaciones interminables. La Iglesia prefiere no judicializar asuntos que puedan erosionar su imagen institucional.
También está el factor Vaticano: Cobo es cardenal creado por el papa Francisco. Una querella podría interpretarse como un gesto de debilidad, una reacción desproporcionada o un intento de censurar a un periodista. El Vaticano suele recomendar prudencia extrema en estos casos.
En el entorno eclesial se interpreta la frase de Jiménez Losantos como un ataque político, no como una acusación moral. Por tanto, la respuesta no es jurídica, sino estratégica: no entrar al trapo.
Se trata pues de un silencio que dice más que un escándalo.
El episodio revela una transformación profunda en la relación entre Iglesia, medios y opinión pública. Que un locutor pueda afirmar que el cardenal de Madrid “tiene novio” y que no ocurra absolutamente nada —ni desmentidos, ni querellas, ni editoriales— es un síntoma de: la pérdida de centralidad moral de la Iglesia, la normalización social de la homosexualidad, la polarización mediática, y la estrategia institucional del silencio.
La prensa no ha amplificado el asunto porque no encaja en sus marcos ideológicos y el cardenal no ha reaccionado porque hacerlo sería multiplicar el problema.
Y la Iglesia, atrapada entre la prudencia y el desconcierto, opta por dejar que el tiempo entierre la frase. Pero el silencio, en este caso, no es neutral: es un espejo que refleja la fragilidad actual de la autoridad eclesial y la complejidad del ecosistema mediático español.
Sin embargo, al final, lo incómodo no se entierra. Lo incómodo se acumula. Y cuando finalmente estalla, nadie recuerda ya quién decidió callar primero. Y de eso lo obispos saben un rato.

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