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El centroderecha no aguanta tres partidos

Redacción

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Lorente Ferrer (R).- Vox ha movilizado al voto del PP más comprometido con Aznar. Es el voto que le dio la mayoría absoluta a Rajoy pero que en las generales de 2015 y 2016 ya no confió en el PP. No es necesariamente el más conservador. Prueba de ello es el CIS de julio de 2011, contrastado con el de diciembre de 2018, el primero realizado tras las municipales y autonómicas de 2011, el primero tras las elecciones autonómicas de Andalucía, y ambos con directores designados por gobiernos socialistas.

En 2011, los votantes del PP se autoubicaban en el punto 6,8 en la escala de 0 a 10 del eje izquierda-derecha. Siete años más tarde no ha habido mucha deriva: los actuales votantes del PP, entre los que no se encuentran los actuales electores de Vox, los que dejaron de votar al PP en 2015, se sitúan en el punto 6,9, incluso 1 décima más a la derecha que en 2011, año histórico para el PP porque Rajoy alcanzó la mayoría absoluta. Pero esta constante se ha mantenido en la percepción del partido: sus votantes de 2011 lo colocaban en el 7,4, mientras que los actuales lo ubican en el 7,5.

Los propios votantes del PP no ven variación ideológica en estos siete años. Por lo que no es riguroso llamar extremistas de derechas a los ex votantes del PP, que en 2011 votaban al PP y que en 2019 se han pasado a Vox, cuando la deserción de dos millones de fieles de Aznar en tiempos de Rajoy no ha alterado la composición ideológica del electorado del PP.

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Entonces, ¿qué sucedió entre 2011 y 2015? El pragmatismo de Rajoy le llevó a aplicar políticas desideologizadas, que a muchos votantes les dejó perplejos: subida de impuestos, mantenimiento de la leyes de Zapatero relativas a aborto y Memoria Histórica, principalmente, falta de contundencia ante el desafío catalán… El electorado no es cautivo, por lo que dos millones de votantes del PP, en el periodo 2011-2016 prefirieron pasarse a la abstención como voto de castigo, mientras otro millón y medio se pasaba a Cs.

Esta homogeneidad ideológica del votante actual del PP y Vox, y de parte de Cs, permite al PP albergar la esperanza de unificar la derecha, entre 10,5 y 11 millones de votantes, bajo las siglas de Génova. Si unimos 1,5 millones de votos actuales en Cs, el PP tiene un potencial de 12 a 12,5 millones. Por lo que su estrategia de aquí a las generales es unificar el centroderecha bajo el mando de Casado.

Pero a diferencia de los votantes, los dirigentes de Vox no son compatibles con el PP. Vox nació con unos postulados que el PP no podría asumir. Por eso obtuvo menos de 50.000 votos en las generales de 2015 y 2016. Nos encontramos ante un curioso fenómeno sociológico: un partido con dirigentes que lo han sido del ala más radical del PP, con unos votantes que no son más radicales que los actuales del PP. El PP no puede rivalizar con los dirigentes de Vox, pero sí hacer un llamamiento a los votantes de Abascal para que vuelvan, y ahí tiene un papel fundamental Aznar. El PP debe trasladar la responsabilidad histórica a la dirección de Vox si está interesado en el cambio en Andalucía, pero no puede aceptar imposiciones que aumenten el flujo de votantes a Cs.

Rivera giró a la derecha en febrero de 2017, aprovechando la erosión del PP de Rajoy. No le fue mal, pues llegó a ser la tercera fuerza nacional. Ahora se le abre una oportunidad de virar a la izquierda y dejar en el centroderecha a PP y Vox.

La errónea estrategia del PSOE, que implementó en sus pactos municipales de 2015 y autonómicos, con nacionalistas y podemitas, y el cuestionado por sus votantes con los socios de la moción, le abocan a un desastre electoral.

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Un centroderecha fragmentado en tres formaciones no se sustenta. Aunque las tres obtendrían representación, cientos de miles de votos, especialmente de Vox y Cs, no se convertirían en escaños.

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España

Losantos recibe en su programa a los curas de La Sacristía de la Vendée

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La entrevista de esta mañana de Federico Jiménez Losantos a Francisco José Delgado y al pater Góngora, sacerdotes referencia de La Sacristía de la Vendée, no sorprende a quien viene siguiendo la evolución del comunicador conservador más conocido de la radio española. Recibir en prime time a los curas de La Sacristía no ha sido un episodio aislado ni una simple concesión radiofónica a un nicho confesional. Se inserta, más bien, en un proceso intelectual que el veterano comunicador lleva meses desarrollando en antena: un recorrido histórico por la Revolución francesa y sus consecuencias, leído no como mito fundacional de la modernidad política, sino como trauma originario.

En ese relato, la Vendée aparece como algo más que una guerra civil olvidada: como el primer genocidio ideológico de la era contemporánea y como el laboratorio de un Estado que, en nombre de la razón y del progreso, inaugura una violencia totalizante contra la fe, la tradición y el orden social heredado. Para un oyente habitual de EsRadio, esta deriva no deja de resultar llamativa. Federico Jiménez Losantos no procede precisamente de un humus contrarrevolucionario: su biografía intelectual arranca en el trotskismo universitario y evoluciona hacia un liberalismo clásico profundamente marcado por el anticlericalismo ilustrado español.

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Y, sin embargo, algo se mueve

El interés de Federico por la Vendée, por los cristeros mexicanos o por la persecución religiosa en España en 1936 no parece ya meramente histórico. En esos episodios descubre un patrón: cuando el Estado moderno se emancipa de cualquier límite trascendente, la Iglesia aparece —paradójicamente— como el último contrapoder real. No un actor político en sentido estricto, sino una instancia que niega al poder su pretensión de totalidad.

Ahí se produce la grieta.

Sin abrazar explícitamente una cosmovisión teológica, Federico comienza a reconocer en la Iglesia —la Iglesia que resiste, la que es perseguida— algo que el liberalismo clásico intuyó pero nunca terminó de asumir: que la libertad necesita un suelo prepolítico, y que cuando ese suelo desaparece, el Estado tiende a ocuparlo todo. La Vendée no le interesa tanto como epopeya piadosa, sino como advertencia política.

En este contexto se entiende su progresiva atención a voces eclesiales que, hasta hace poco, habrían quedado fuera de su radar. Se ha declarado lector de Olivera Ravasi; escucha con interés el catecismo que el padre Zarraute elabora a partir de los textos de monseñor Athanasius Schneider; habla con naturalidad de la Misa tradicional y de una Iglesia que, lejos de diluirse en la modernidad, comienza a resurgir como reacción a ella.

No es (de momento) una conversión, ni parece buscar serlo. Es otra cosa: una aproximación intelectual desde la sospecha ilustrada hacia una tradición que, contra todo pronóstico, sigue produciendo sentido.

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El factor decisivo: los curas jóvenes tradicionales

Francisco José Delgado y el pater Góngora no encajan en el cliché del sacerdote nostálgico o resentido. Su presencia mediática —también en formatos como La Sacristía de la Vendée— combina una formación sólida, una retórica afilada y una sorprendente capacidad para moverse en el terreno cultural contemporáneo sin complejos ni necesidad de traducción permanente. No piden permiso ni disculpas. Hablan desde dentro de una tradición que no presentan como refugio identitario, sino como propuesta inteligible.

Ese carisma rompe barreras. No solo con oyentes católicos, sino con perfiles como el de Federico: intelectuales formados en la sospecha moderna que descubren, casi a su pesar, que el catolicismo que se les había presentado como residual o reaccionario posee una densidad histórica y filosófica que la modernidad líquida no ha logrado reemplazar.

El catolicismo tradicional ya no interpela solo a los convencidos o resurge como moda entre los más jóvenes. Está empezando a hacerlo sobre intelectuales que buscaban respuestas en la Ilustración y se encuentran con sus ruinas. Lo que nunca consiguieron en COPE con todo el aparato episcopal, parece que lo están empezando a conseguir un pequeño grupo de curas jóvenes.

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