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Nació pobre, negro y la izquierda le odia: Clarence Thomas, Juez del Tribunal Supremo de los USA, católico y provida

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CONSERVADOR, CATÓLICO Y ORIGINALISTA

En la historia reciente de los Estados Unidos hay dos hombres de color (negro), aunque de tonalidades diferentes, que se desprecian sin disimulo. Uno de ellos, un mulato educado por unos abuelos millonarios blancos, que a los diez años ya iba a al mejor colegio de Honolulu y que llegaría ser presidente de los Estados Unidos. El otro, un negro pobre de solemnidad educado por su abuelo analfabeto en una granja del sur profundo de Georgia, que a los diez años vio por primera vez un cuarto de baño y que se llama Clarence Thomas, juez vitalicio de la Corte Suprema. El que nació millonario es, claro, Brack Obama, un progre abortista protestante e hijo de un musulmán. El que nació pobre es un católico provida. Uno de ellos ya sólo es un expresidente. El otro tiene en sus manos una decisión esencial para comenzar a acabar con la cultura de la muerte en los Estados Unidos: triturar la sentencia de Roe contra Wade que ha permitido e incluso ha promovido 65 millones de abortos en los últimos 50 años.

De verdad que no nos equivocamos si escribimos que los demócratas y todo el lobby abortista darían lo que fuera porque a Thomas le diera un repente, un covid, un lo que fuera. Pero Thomas está fuerte, se cuida y sólo tiene 73 años de vida. Y qué vida.

Clarence Thomas nació descendiente de esclavos en Pin Point, un poblacho georgiano fundado por negros cimarrones. Su padre —aquí hay un punto de conexión con Obama— se marchó de casa cuando Thomas tenía sólo tres años. Cuando su madre tocó fondo y tuvo que mendigar —aquí se rompe la conexión con Obama—, decidió mandar a sus hijos a vivir a la granja de sus abuelos maternos cerca de Savannah. Su abuelo materno, Myers Anderson, fue un trabajador incansable («el hombre más grande que he conocido», asegura siempre Thomas, que le dedicó el título de su autobiografía «El hijo de mi abuelo»). El abuelo Myers no sólo le puso a trabajar a destajo en la granja («que el sol nunca te sorprenda en la cama, hijo»), sino que se encargó de que tuviera la educación que él no había podido tener.

Bush miró a Thomas a los ojos y sin apartar la mirada le dijo: «Jamás discutiré tus sentencias». Eran otros tiempos, claro

Thomas fue el único negro del instituto local, alumno de cuadro de honor y hasta sintió la llamada (breve) de la vocación sacerdotal. Cuando constató que la llamada comunicaba, los curas, que suelen apreciar la inteligencia sobre la vocación, lo mandaron al Colegio Universitario de la Santa Cruz en Massachussets, donde se graduó en Lengua Inglesa y desde donde dio el salto a la elitista Facultad de Derecho de la Universidad de Yale.

Cuando salió de Yale, Thomas pensó que se comería el mundo, pero las grandes firmas de abogados despreciaron su título porque pensaban que estaba enmarcado en discriminación positiva a favor de los negros. Así son los efectos reales de la discriminación positiva que ahora se abate como una sombra sobre las mujeres. Thomas se enfadó tanto con la pasividad de la Universidad de Yale y su política de benevolencia con los negros, que recortó un círculo de una cajetilla de tabaco y lo pegó encima del sello de la Universidad en su diploma. Y ahí sigue. Thomas jamás ha vuelto a pisar Yale.

Lo que sí pisó fue Missouri, donde trabajó tres años a destajo como ayudante del fiscal general, John Danfort, que luego fue elegido senador republicano de los Estados Unidos y que acabó llevándose a Thomas a Washington. Un par de años después, Thomas entró en la Administración Reagan como secretario ayudante de la Oficina de Derechos Civiles y luego como director de la Comisión de Igualdad de Oportunidades. Allí fue conocido por enfrentarse a todo líder negro que se le ponía delante con intención de quejarse de Reagan, lo que no pasó desapercibido para el presidente Bush (George H., el padre) que le nombró juez del Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia.

Thomas fue durísimo con los senadores a los que exigió que terminaran con este «linchamiento al negro»

Dos años (sólo) después, recibió una llamada del presidente para que acudiera a verle («si lo sé, no voy», recordaría después). Thomas se sentó frente a Bush y este le dijo que quería que sustituyera en la Tribunal Supremo al legendario juez negro Thurgood Marshall. Bush le preguntó si creía que estaba en condiciones de pasar («tú y los tuyos») por esa tortura refinada que se llama sistema de ratificación del Senado. Thomas dijo que estaba preparado. No sabía lo que decía. Para concluir la conversación, Bush miró a Clarence Thomas a los ojos y sin apartar la mirada le dijo: «Jamás discutiré tus sentencias». Eran otros tiempos, claro.

El proceso de ratificación fue un infierno que Thomas sobrellevó en parte gracias a su renovada fe católica. Los demócratas del Senado, los grupos feministas y los republicanos, ay, moderados de las grandes ciudades del Este se lanzaron al cuello de Thomas. Había que acabar con aquel tipo tan joven (43 años), tan negro, tan expobre y tan católico que suponía un voto estable conservador. En aquel ruido de puñales por la espalda, una voz se alzó con una acusación terrible: acoso sexual. Anita Hill, una ayudante (negra) de Thomas en sus tiempos en la Comisión de Igualdad, aseguraba que su exjefe mantuvo varias conversaciones con ella acerca de sus hazañas sexuales, de su afición a las películas porno, su admiración por el actor Long Dong Silver (Largo Badajo de Plata) y sus chistes seudoprocaces como preguntar en voz alta «quién ha puesto vello púbico en mi coca-cola».

Thomas es originalista e intepreta la Carta Magna no por lo que alguien dice que dice, sino por lo que los padres de la Constitución quisieron que dijera

El FBI consideró el testimonio de la señorita Hill inconsistente y la Comisión que despellejaba a Thomas hizo caso en principio a los federales y no la llamó a declarar. Sin embargo, alguien filtró las acusaciones y los grupos feministas amenazaron con cortar en juliana a los senadores. Al final, la Comisión se arrugó, Hill compareció y se ratificó en lo declarado, pero no pudo aclarar por qué siguió trabajando con él durante años, incluso proponiéndose a sí misma para seguir a Thomas a otros puestos («Esa misma pregunta me hago yo», balbuceó). En su intervención ante el Comité, Thomas fue durísimo con los senadores a los que exigió que terminaran con este «linchamiento al negro». Fue ratificado como juez de la Corte Suprema por solo cuatro votos de diferencia. Años después, aseguraría que todo aquello sólo tenía que ver con una cosa: con el aborto.

Tenía toda la razón. Treinta años después, ha quedado demostrado.

Y sí. Clarence Thomas es católico consecuente, no como Biden, y es provida, pero eso no es un argumento jurídico para él. En público es un juez del Tribunal Supremo que defiende una interpretación de la Constitución basada en el originalismo, que significa que la Carta Magna nunca —jamás— debe ser leída por lo que alguien dice que dice, sino por lo que los padres de la Constitución quisieron que dijera. Para eso, el juez debe conocer en profundidad el contexto histórico en el que se tomó la decisión de redactar tal o cual enmienda. Un ejemplo a vuelapluma sería pensar en un mandato constitucional que prohibiera ejecutar a una persona escalfándola. Un juez literalista sentenciaría que ajusticiar a una persona metiéndola en agua hirviendo es inconstitucional, pero no así el resto de los tipos de ejecución. Un juez originalista, como Thomas, sabría que el método preferido de linchamiento en aquella época era el de hervir a una persona hasta la muerte, por lo que prohibiría ajusticiar a una persona torturándola con cualquier sistema.

Cuando Clarence Thomas abre los ojos después de una larga meditación y se pone a hablar, el resto de los jueces del Supremo no se atreve a rechistar

Un juez originalista que deja hablar a los padres de la Constitución es siempre un peligro para un presidente… demócrata. Las penúltimas administraciones demócratas (Clinton y Obama) han defendido la interpretación de la Constitución al albur de los intereses -cambiantes- de Washington. Para un originalista, la Carta Magna da al Gobierno unos poderes limitadísimos, sólo suficientes para regular la marcha económica de la nación. El resto es una cuestión de la soberanía de cada Estado. El aborto, para un originalista como Thomas, no es una cuestión federal y por ahí van los tiros de la filtración interesada —por primera vez en la historia se filtra una deliberación del Supremo— de la esperadísima sentencia que ojalá destroce Roe contra Wade y devuelva la decisión sobre la legalidad del aborto a los Estados de la Unión.

¿Y el derecho a llevar armas? Menos. En una sentencia en 1993, Thomas destruyó con un voto particular y concurrente la posibilidad de que se acabara con el asunto del control de armas (el juez cree que la Constitución protege un derecho individual) ¿Y la discriminación positiva? Tampoco. Thomas, acuérdense de lo de Yale, es el peor enemigo de las juntas de admisión de la universidades porque opina que tres enmiendas añadidas tras la Guerra Civil anulan cualquier tipo de preferencia por razones raciales.

El lector alertado pensará que Thomas sólo es uno de nueve jueces. Pero no es así. Es el mejor. Obama, por cierto, disparó con bala en una de las primeras entrevistas que concedió tras ser elegido presidente cuando aseguró que la elección de Thomas «no había sido afortunada», porque «no tenía la formación adecuada». El juez se la devolvió haciéndose el dormido en las fotos de la toma de posesión del primer presidente mulato de la historia de los Estados Unidos. 

Su ascendiente es tremendo entre el resto de los jueces del Supremo por lo fundamentados de sus votos (concurrentes o discrepantes) y porque calla más de lo que habla. En un país con una vocación de protagonismo en la Judicatura sólo comparable a la ciertos despachos de la Audiencia Nacional española, Clarence Thomas es rara avis. Es un tipo silencioso que no suele hacer ni una sola pregunta en las vistas y que en sus comparecencias públicas (en cualquier universidad que no sea Yale) se dedica a urdir maneras de encajar a su abuelo en sus inspiradoras respuestas («siempre hay un mañana», «mi abuelo jamás se quejó», «mírenme a mí»).

Para Thomas, la felicidad absoluta consiste en conducir su autocaravana junto a su segunda mujer, la activista republicana Virginia (Ginni) Lamp

Todos sus enemigos, y tiene muchos, coinciden en que cuando Clarence Thomas abre los ojos después de una larga meditación y se pone a hablar, el resto de los jueces del Supremo no se atreve a rechistar. Ni siquiera lo hacía el fallecido y ya legendario Antonin Scalia, católico también, pero mucho más favorable a la presencia del Gobierno en la vida de los americanos. Scalia, se dice, se cuenta, jamás se atrevió a discutir con Thomas. Ambos reservaban sus combates para los votos particulares, donde se atizaban con la grandísima elegancia que Scalia no tenía con el resto de los jueces. Algunos creen que Scalia le tenía miedo, sin saber que era una cuestión de educación. Thomas siempre exige buenos modales a cualquiera que desee debatir con él, y está probado que sentencia sin importar su pensamiento privado sobre una u otra cuestión.

Porque para Thomas, lo esencial de su pensamiento es que la Constitución dice que el Gobierno no tiene derecho alguno a meterse en la vida de los ciudadanos. Punto.

Thomas confiesa que la felicidad absoluta consiste en conducir su autocaravana por las carreteras de los Estados Unidos junto a su segunda mujer, Virginia (Ginni) Lamp, activista republicana, una mujer blanca de buena familia de Nebraska. Para el juez, Ginni lo es todo. Una persona con la que comparte gustos, aficiones y pensamiento… Quizá demasiado, como lo prueba el hecho de que, en 2011, 74 senadores demócratas escribieron una carta al juez Thomas a principios de siglo animándole a dimitir al estar «su honor en entredicho» por estar casado con una de las principales abogadas de aquel movimiento conocido como Tea Party, precursor de la llegada de Donald Trump a la Presidencia. Ginni es, además, exmiembro de la formidable Fundación Heritage, el grupo más importante de pensamiento conservador que sirvió con lealtad a Bush e intentó ordenar el caos en la Administración Trump. Y además es la creadora del lobby Liberty, especialista en esfuerzos de presión política y de recaudación de fondos electorales. La posición de Ginni Thomas, de soltera Lamp, sobre la limpieza de las elecciones que llevaron a Biden a la Presidencia, es manifiesta: no fueron limpias.

En principio algún crítico podría pensar que hay un conflicto de intereses entre el juez por su cercanía de colchón a las posiciones activistas conservadoras, pero la trayectoria del juez, el hijo de su honrado abuelo, es impecable también en esto.

Thomas se ha recusado a sí mismo 32 veces desde que llegó a la Corte Suprema. Si no lo hace ahora, es porque en su pensamiento no hay conflicto de intereses y su honor no está en entredicho. Y punto de nuevo.

 

Jose Antonio Fuster

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Mentiras de Sánchez y su nefasta política de vivienda. Por Jesús Salamanca Alonso

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«El Plan que presentó Sánchez para la vivienda en 2025 es un Plan vacío y sin perspectivas como dicen bancos y promotores. El proyecto «España crece» es catastrófico.

Cada vez que el mentiroso y mafioso, Pedro Sánchez, propone algo sobre vivienda me echo a temblar. En cada convocatoria electoral se le llenaba la boca de fango y mentía, como en él es habitual. En las dos últimas convocatorias electorales ha llegado a prometer 280.000 viviendas públicas y ha construido 47. ¿Se puede ser más indecente? Algo parecido hizo con el volcán de La Palma con la DANA, las ayudas por los incendios del pasado verano y con el choque de los trenes. ¿Y cuántas ayudas ha otorgado? Y eso que casi todas proceden de la Unión Europea. Corrupción, comisiones, mordidas y más corrupción.

De boquilla miles y miles de euros, pero en realidad más de la mitad de los afectados de La Palma siguen en barracones; las ayudas para la DANA, mientras la comunidad valenciana ha repartido todas las ayudas, las del Estado apenas han llegado al12% de los afectados; las ayudas de los incendios, mejor no hablar, pero las de la Junta de Castilla y León sí han llegado; las ayudas a las víctimas del accidente de Adamuz no sólo no se han distribuido, sino que ni siquiera saben si las tendrán: de hecho, aunque el Parlamento las ha votado a favor, ha habido una diputada socialista que ha votado “NO” a que reciban ayudas las víctimas de Adamuz. Con el sanchismo cualquier cuestión negativa puede suceder.

Se supone que eso lo tendrán en cuenta en Huelva y le darán su merecido, sea en voto negativo o sea de palabra. Es evidente que la indecencia se ha instalado en el sanchismo. ¿NO es verdad, María Jesús Montero? Y tú riéndote como si el fallecimiento de casi 50 personas fuera una broma. ¿Me dejas llamarte cateta? Tal vez me quedaría más satisfecho calificándote como cateta integral o imbécil circular. De la misma manera que en la España honrada, trabajadora y dolorida se conoce al felón de Moncloa como galgo de Paiporta, gracias a doña Isabel, y al ministro Puente como el avestruz de Adamuz, mentiras e interpretaciones incluidas, además del robo de material de las vías para eludir responsabilidades.

Y después de mentirnos y ocultarnos la transparencia en cada desgracia ocurrida en España, llegan las elecciones y hablan de vivienda como si hubieran construido miles y miles de ellas. No se conforma el presidente con mentir en su nombre y en nombre de sus familiares imputados, sino que – además—consiente que doña Isabel Rodríguez coloque en un alto cargo a su marido, hasta ese momento digno panadero. Me recuerda al personaje que fue nombrado ministra de Igualdad por su marido e hizo más daño que un nublado en agosto, y todo por su falta de preparación, formación y equilibrio. Hoy conocida como «sueltavioladores», calificativo que le acompañará por los siglos de los siglos y se perpetuará en su familia. Eso, sí, el enchufe no tuvo la dignidad del panadero de doña Isabel.

Como se cree el dueño del cotarro, anuncia medidas sin contárselas a sus socios de desgobierno y no se da cuenta el muy embustero que, llegado el momento, puedan decirle que NO aceptan esas medidas. Por eso, en las comunidades autónomas, es imprescindible que VOX entre en los gobiernos para asegurar el cumplimiento de las políticas no sanchistas y de la eliminación de las subvenciones a los sindicatos sectarios. Ha tenido que acentuarse la crisis de la vivienda para que don Falso se diera cuenta de que sus políticas de vivienda son nefastas. Y como cambia de opinión igual que el que cambia de camisa, pues a enmendar toca. Ya sabemos que nunca cumple, siempre miente y echa la culpa a los demás. Hay que ser buitre ciego para actuar así. En ERC se han reído hasta la extenuación por las medidas adoptadas por el galgo de Paiporta. Esa medida del 100% de rebaja en todos los alquileres es una medida reciclada y copiada. ¿Recuerdan cuando prometió una rebaja, hace años, para los arrendadores? ¿Y…? Pues, eso, nada de lo prometido. Merece ser corrido a gorrazos o a mantazos.

La crisis habitacional se ha agravado y el traspiés electoral le lleva a buscar alguna trampa, aunque sea ilegal. Esa le ha tocado a la Ley de Vivienda, por ser ésta lo más demandado, aunque el Banco de España habla de que se necesitan casi tres millones doscientas mil viviendas sin alquilar. Y es que mientras esté el sanchismo en poder…nadie se fía de él. Cerrar el paso a la izquierda de fondos buitre y mentiras fiscales, supondrá ver un foco de luz donde todo es oscuridad, fango y bulos. Es indispensable cubrir el déficit actual. Según el Banco de España se precisan con urgencia 700.000 viviendas para satisfacer la demanda actual. Un dato: se estima que alrededor del 20% de viviendas en alquiler están en manos de fondos buitre.  Ante todo, en España falla la seguridad jurídica y la falta de confianza en Gobiernos zurdos.

El Plan que presentó Sánchez para la vivienda en 2025 es un Plan vacío y sin perspectivas como dicen bancos y promotores. El proyecto «España crece» es catastrófico. Los platos rotos los pagará el ICO, que somos todos. Al tiempo No faltarán incentivos fiscales en el real decreto que quiere presentar al Congreso, pero no tiene apoyos, ni siquiera entre los más corruptos (todos que le sustentan sin rechistar y que dan nombre a eso de «Frankenstein») Doy fe que la franja entre 30 y 40 años es la que se va a llevar por delante a Sánchez y máxime tras los sucesos de Irán. Ni siquiera ese «¡NO a la Guarra!» podrá salvar al trilero titular del sanchismo.

La mejor medida es la que propuso el PP, que tanto asustó a Sánchez. Miedo le da bajar el IVA del 10% al 4% o anularlo, como se ha hecho en Europa, para las jóvenes que adquieran una vivienda. A Sánchez le pilló con el pie cambiado y dio orden de insultar a la «derechita cobarde» por tierra, mar y aire. La torpeza de SUMAR en temas de vivienda es insuperable: «no apoyará eso de regalar dinero a los rentistas». No es reglar nada, es simplemente un flotador de salvación. Por eso SUMAR y PODEMOS se hunden irremisiblemente, incluso el segundo desaparece del escenario político. Ven Aragón, pues igual será en España.

La política de bandazos no es bienvenida en España. Y eso se paga caro.

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