Opinión
Lo que cierta derechita no entiende sobre Donald Trump
«Nadie despierta a un rebaño susurrándole la Constitución a cada ovejita; es mejor pegar gritos. Aunque los cayetanos arruguen la nariz por tus bruscas maneras»
La Casa Blanca vuelve a albergar al inquilino que la abandonó hace justo cuatro años: Donald John Trump. No ha sido un retorno sencillo. Por el camino, el (de nuevo) presidente ha debido enfrentarse a tres intentos de asesinato; a una bala que llegó a herirle (tras un giro de cabeza providencial) la oreja; al Departamento de Justicia de la anterior Administración Biden; al FBI de la anterior Administración Biden; a la acusación de un presunto golpe de Estado (ya ves tú el poder de cambiar un gobierno que tiene hoy irrumpir en un Congreso vacío); a la acusación de incitar a la violencia aquel 6 de enero (cuando, de hecho, tuiteó contra ella y en pro de protestas solo pacíficas); a la hostilidad de la mayoría de los medios de su país; a la rabia de la inmensa mayoría de los medios internacionales; a su expulsión del antiguo Twitter (donde, sin embargo, campaban dictadores y dictadorzuelos de toda laya); y a tantas y tantas vicisitudes que, en suma, si los griegos tenían los 12 trabajos de Hércules, nosotros hemos podido contemplar (gusten o disgusten) los mil denuedos del otra vez líder estadounidense.
Con todo y con eso, tengo para mí que estos próximos cuatro años de Trump irán acompañados de las mismas incomprensiones que llevan proliferando estos últimos ocho años de Trump. Hay errores más resistentes que la silla de un obeso, cabezas más duras que un turrón a finales de enero.
Y no me refiero a la izquierda: poca noticia habría en que esta siga sin comprender a todos aquellos que la confrontamos. Me refiero más bien a los moderaditos asustables, a los liberal-conservadores que en seguida se nos espantan, a los presuntos bravucones como Aznar, ¡Aznar!, que prefieren el pringoso wokismo de Kamala Harris o Biden antes que ese fenómeno inusitado de nombre Donald J. Trump.
¿Cuál es el error de esta derechita? Ojalá estribara solo en no saber captar al renovado presidente. Ojalá consistiera solo en escandalizarse por sus salidas de tono, en elevar la nariz versallesca ante sus improperios, en santiguarse santurrones ante sus gamberradas. En realidad, su ofuscación es bastante mayor.
Pues lo que tal derechita resulta incapaz de aprobar es una asignatura imprescindible para desenvolverse en el ruedo del siglo XXI: la asignatura de cómo funciona la persuasión política hoy. Por eso, dicho sea de paso, nuestra derechita va de fracaso en fracaso —y no me refiero (solo) a las derrotas electorales—; por eso, camina de rendición en rendición ante la izquierda; por eso, se arrastra de humillación en humillación ante la opinión pública.
Dividamos en dos partes la explicación de esto que aducimos: por un lado, pergeñemos de qué va la persuasión política hoy; en un segundo apartado, esbocemos cómo hacer frente a esa persuasión política actual.
1. La persuasión política hoy día
Corría el año 64 antes de Cristo cuando un político romano, de nombre Quinto Tulio Cicerón, decidió ayudar a su hermano, el hoy más famoso Marco Tulio Cicerón, que quería triunfar en política. Por fortuna para nosotros, los consejos que le dio no se quedaron en charlas familiares ni cuchicheos de banquete. De hecho, dieron lugar a un librito, el Commentariolum petitionis, cuyos consejos publicitarios todavía hoy sirven para cualquier campaña electoral.
Sin embargo, no debe llamarnos a engaño esta antigüedad de la persuasión política. Ni tampoco la aún mayor antigüedad de la persuasión a secas —ya presente en Aristóteles, en Isócrates, incluso en la Ilíada o las tragedias griegas—. Aunque retórica, oratoria o política sean disciplinas viejas, eso no significa que hayan permanecido incólumes estos dos mil y pico años, al igual que el acueducto de Segovia no luce hoy igualito que el día en que se inauguró.
El último gran cambio que ha conmovido la arena política reside —no vamos a desvelar ningún secreto— en las redes sociales. Ahora bien, no se entienden tales redes si se consideran solo un nuevo canal que sumar a los antiguos medios de comunicación, a los antiguos mítines, a los antiguos pasquines. No se trata solo de que se haya abierto un nuevo acueducto con el que llevar el agua de tus ideas a tus posibles electores, o con el que atraer el voto de tus electores hacia tus escaños. Las redes sociales, en realidad, representan una transformación mucho mayor.
«David Axelrod comprendió que las redes sociales sirven para ejercer presión grupal»
Y pocos lo entendieron tan pronto y de modo tan brillante como uno de los hombres clave en la persuasión política de este siglo: el norteamericano (y antiguo asesor de Barack Obama) David M. Axelrod. Detengámonos un tanto en él.
Lo que Axelrod comprendió es que las redes sociales no solo sirven para transmitir mensajes, sino que cumplen otra función mucho más poderosa a la hora de convencer a la gente de cosas. Las redes sociales sirven para ejercer presión grupal. Cuando me meto en Facebook, o en X, o en WhatsApp, no solo recibo datos sobre el mundo. Se me informa también de algo a lo que los seres humanos damos una inmensa importancia: qué es lo que piensa la gente que me rodea; qué es lo que he de decir para encajar con «los míos»; qué es lo que caracteriza a los grupos rivales que «se nos oponen».
Hay muchos motivos por los que los humanos otorgamos un peso enorme a asuntos así. Si, como defiende Robin Dunbar, venimos de tribus de unas 150 personas, es normal que estemos muy atentos a casar con quienes nos rodean; hacernos unos pocos enemigos puede resultarnos… letal. Hay quien postula incluso que nuestra inteligencia evolucionó, allá en las sabanas africanas del homo sapiens, justo para procesar el lío que implican nuestras relaciones sociales –pues, aunque nuestro cerebro sea hoy capaz de descifrar la física cuántica o los crípticos enunciados de María Jesús Montero, no eran esos los problemas duros a que debían enfrentarse nuestros antepasados homínidos—.
Sea como fuere, lo cierto es que un político, o cualquier otra persona, no nos convencerá solo por la brillantez de sus propuestas, lo hermoso de su discurso o el atractivo de su personalidad. Un político nos convencerá también si resulta que ha convencido a aquellas personas con las que nos llevamos bien. Tan simple como eso. Y David Axelrod estuvo entre quienes tuvieron esta verdad clarísima desde el inicio de su carrera como asesor.
«Mediante las redes sociales vemos de continuo qué piensan el grupo social que nos importa»
Es más; también se dio cuenta de que las redes sociales permitían explotar esta vulnerabilidad (o quizá sea mejor decir: este rasgo) de los humanos. Mediante las redes sociales vemos de continuo qué piensan el grupo social que nos importa, qué rechazan lo que nos importan, qué aceptan los que nos importan. Así que si Axelrod conseguía (con un hábil manejo de Facebook, por ejemplo) que una persona se sintiera rodeada de obamitas, al final sería más fácil que esa persona se volviera obamita. Y si conseguía que en toda la red prosperaran ciertas ideas (progresistas), la gente tendería a apuntarse a esas ideas (progresistas). Incluso si esas ideas atacaban al más elemental sentido común.
De no entender este poder de las redes sociales, nos costará captar por qué tanta gente se ha ido apuntando a nociones hasta hace poco extravagantes, como que existen decenas de «identidades de género», que la Justicia debe tratar de modo discriminatorio entre hombres y mujeres, o que los animales deberían ser tratados a la altura de las personas. La ventana de Overton se ha desplazado veloz por esos ámbitos, pero ¿esto ha sido así porque los promotores de esas ideas hayan resultado, de repente, especialmente convincentes? ¿Porque haya habido descubrimientos científicos especialmente rotundos? ¿O todo se ha reducido más bien a que ciertos grupos izquierdistas han empezado a insistir, machacones, en esas ideas, y la gente ha ido apuntándose a ellas porque no quería quedar fuera de lo que iba perfilándose, en las nuevas plazas públicas, como la nueva identidad del grupo de Progresistas™?
De hecho, si nos fijamos, ¿Qué es lo que define hoy a la izquierda? Nos costará dar ideas definitivas (¡han cambiado y siguen cambiando las cosas tan deprisa!); es más fácil decir que eres de izquierda solo si te reconocen como tal los demás que son de izquierdas. Parece una definición vacía, mas solo lo parece. Se trata de una definición que explica por qué un progresista está todo el día insistiendo en que lo es, matraca que a los que no compartimos esos vicios nos resulta un tanto estrafalaria.
Como consecuencia, si ser de izquierdas significa solo que los demás te reconozcan como tal (y si se ha generalizado en tu sociedad la idea de que ser de izquierdas es la única manera de ser buena persona), estás mucho más sujeto (de lo que ya es habitual en cualquier humano) a la presión de tus semejantes. Y si esa presión la ejercen no solo tus conocidos y amigos, sino centenares, miles o incluso centenares de miles de voces en redes sociales, entonces, voilà, ya te has esclavizado a una pléyade de amos que te moverán por la política, te arrastrarán por Overton y te conducirán hasta su urna con mucha más fuerza de la que a los hermanos Tulio Cicerón les cupo imaginar jamás.
Y bien, hasta aquí hemos bosquejado cómo funciona hoy la persuasión política y lo que David Axelrod, entre otros, enseñaron al progresismo estadounidense (y desde ahí al del resto del mundo) para aprovecharse de ello. Pero nos falta lo más interesante: cómo combatir estas tretas. Y ahí es donde tenemos que volver a Donald Trump. Y a lo que no captan nuestros prójimos moderaditos.
2. Cómo romper la presión política progresista hoy día
Llegados a este punto, el lector inteligente habrá ya atisbado por dónde va a transitar este apartado, de modo que no lo prolongaremos en exceso.
Si el principal modo de persuadir que ha tenido la izquierda en la última década y media ha sido la presión de grupo, no tiene sentido enfrentarse a ella solo con argumentos refinados, con tablas de Excel meticulosas, con reflexiones filosóficas alambicadas. (Bien lo sabe un servidor, que apenas sirve para estas pocas cosas). Ojo, todas esas vías están muy bien y dan cierta prestancia en círculos concretos en los que hay que combatir también (no podemos cerrarnos a ninguna batalla). Pero resultan insuficientes. Hay que lanzarse asimismo a cualquier plaza pública, en especial a esa enorme ágora que son las redes sociales.
Y allí, en tales plazas, no podemos limitarnos solo a difundir los citados argumentos refinados, las mencionadas tablas de Excel meticulosas, las mentadas reflexiones filosóficas. Nuestra tarea es más complicada: hay que romper la presión grupal de la izquierda, ese nuevo «sentido común» que están por todas partes implantando, esos novedosos «consensos» que prosperan por doquier frondosos. Hemos de convencer a nuestros congéneres de que no pasa nada por separarse de similares cantinelas. Hemos de demostrarles, con nuestras acciones, que uno puede vivir bien sin someterse a esos nuevos mandamientos.
«Ciertas gamberradas son eficaz lejía con la que ir limpiando nuestro espacio público de sandeces»
Hay, en suma, que desvelar de nuevo que el rey está desnudo. Y, como nos enseña el cuento, eso solo cabe hacerlo con el desparpajo de un niño al que no le importa caerle bien a las masas. Y eso solo se puede hacer gritándolo en público, no sometiéndolo a la revisión por pares de un comité científico arcano. O al libro de Los buenos modales de la señorita Pepis.
El chaval que vociferó «¡Pero si el rey va desnudo, qué ridículo!», el chaval que se río de lo que aparentaba ser un digno monarca, hoy sería llamado un enfant terrible, un gamberrete. Pero su grosería resultó imprescindible para romper el conformismo borreguil de su pueblo. Nadie despierta a un rebaño susurrándole el texto de la Constitución a cada ovejita; es mejor pegar gritos. Aunque los cayetanos y cayetanas de turno arruguen la nariz por tus bruscas maneras.
Esa es la explicación de lo que es Trump. Si contenemos nuestras ganas de erigirnos en jueces de costumbres; si acallamos nuestros grititos de escándalo; si sencillamente nos fijamos en cómo se pueden romper hoy las enormes presiones que nos llegan por todo tipo de redes, empezaremos a captar que ciertas gamberradas son, simplemente, eficaz lejía con la que ir limpiando nuestro espacio público de sandeces. Y un buen escudo para protegernos de leyes que, poco a poco, han ido imponiendo esas sandeces a nuestro derredor.
«Trump es el jardinero que ha sabido arrancar muchas malas hierbas que estaban rodeando nuestras casas»
Trump, en suma, es el jardinero que ha sabido arrancar muchas malas hierbas que estaban rodeando nuestras casas. Siempre habrá el que se queje de que el jardinero es un tanto rudo, de que nos pone perdida la alfombra de barro cuando entra a saludarnos, o de que su lenguaje no es exactamente el de un cortesano de Luis XV. Esa misma gente, sin embargo, también era la que se quejaba de que ya no podía salir a su jardín, ahora poblado de ortigas, a relajarse; era la que temía, con razón, que su huertecito casero le dejase de criar pronto los tomates y acelgas de antaño. Ante gente tan criticona de sus problemas, pero también de sus soluciones, solo cabe concluir una cosa: se trata de gente poco confiable.
Nosotros, en cambio, sabemos que hemos de ser más tolerantes hacia cierta rudeza y menos escrupulosos ante ciertas bravuconerías. La lucha política se llama lucha por algo. Y si solo hubiera consensos, poco sentido tendría la política misma como tal. Expliquémoselo, pacientes, a nuestra derechita, mientras nos sirve un poco de té en su vajilla antigua. Quién sabe. Quizá, poco a poco, acaso un buen día entienda que esa vajilla tampoco sobreviviría al tsunami de locura que, según parece, en este año del Señor de 2025, estamos comenzando a parar.
Opinión
Mentiras de Sánchez y su nefasta política de vivienda. Por Jesús Salamanca Alonso
«El Plan que presentó Sánchez para la vivienda en 2025 es un Plan vacío y sin perspectivas como dicen bancos y promotores. El proyecto «España crece» es catastrófico.
Cada vez que el mentiroso y mafioso, Pedro Sánchez, propone algo sobre vivienda me echo a temblar. En cada convocatoria electoral se le llenaba la boca de fango y mentía, como en él es habitual. En las dos últimas convocatorias electorales ha llegado a prometer 280.000 viviendas públicas y ha construido 47. ¿Se puede ser más indecente? Algo parecido hizo con el volcán de La Palma con la DANA, las ayudas por los incendios del pasado verano y con el choque de los trenes. ¿Y cuántas ayudas ha otorgado? Y eso que casi todas proceden de la Unión Europea. Corrupción, comisiones, mordidas y más corrupción.
De boquilla miles y miles de euros, pero en realidad más de la mitad de los afectados de La Palma siguen en barracones; las ayudas para la DANA, mientras la comunidad valenciana ha repartido todas las ayudas, las del Estado apenas han llegado al12% de los afectados; las ayudas de los incendios, mejor no hablar, pero las de la Junta de Castilla y León sí han llegado; las ayudas a las víctimas del accidente de Adamuz no sólo no se han distribuido, sino que ni siquiera saben si las tendrán: de hecho, aunque el Parlamento las ha votado a favor, ha habido una diputada socialista que ha votado “NO” a que reciban ayudas las víctimas de Adamuz. Con el sanchismo cualquier cuestión negativa puede suceder.
Se supone que eso lo tendrán en cuenta en Huelva y le darán su merecido, sea en voto negativo o sea de palabra. Es evidente que la indecencia se ha instalado en el sanchismo. ¿NO es verdad, María Jesús Montero? Y tú riéndote como si el fallecimiento de casi 50 personas fuera una broma. ¿Me dejas llamarte cateta? Tal vez me quedaría más satisfecho calificándote como cateta integral o imbécil circular. De la misma manera que en la España honrada, trabajadora y dolorida se conoce al felón de Moncloa como galgo de Paiporta, gracias a doña Isabel, y al ministro Puente como el avestruz de Adamuz, mentiras e interpretaciones incluidas, además del robo de material de las vías para eludir responsabilidades.
Y después de mentirnos y ocultarnos la transparencia en cada desgracia ocurrida en España, llegan las elecciones y hablan de vivienda como si hubieran construido miles y miles de ellas. No se conforma el presidente con mentir en su nombre y en nombre de sus familiares imputados, sino que – además—consiente que doña Isabel Rodríguez coloque en un alto cargo a su marido, hasta ese momento digno panadero. Me recuerda al personaje que fue nombrado ministra de Igualdad por su marido e hizo más daño que un nublado en agosto, y todo por su falta de preparación, formación y equilibrio. Hoy conocida como «sueltavioladores», calificativo que le acompañará por los siglos de los siglos y se perpetuará en su familia. Eso, sí, el enchufe no tuvo la dignidad del panadero de doña Isabel.
Como se cree el dueño del cotarro, anuncia medidas sin contárselas a sus socios de desgobierno y no se da cuenta el muy embustero que, llegado el momento, puedan decirle que NO aceptan esas medidas. Por eso, en las comunidades autónomas, es imprescindible que VOX entre en los gobiernos para asegurar el cumplimiento de las políticas no sanchistas y de la eliminación de las subvenciones a los sindicatos sectarios. Ha tenido que acentuarse la crisis de la vivienda para que don Falso se diera cuenta de que sus políticas de vivienda son nefastas. Y como cambia de opinión igual que el que cambia de camisa, pues a enmendar toca. Ya sabemos que nunca cumple, siempre miente y echa la culpa a los demás. Hay que ser buitre ciego para actuar así. En ERC se han reído hasta la extenuación por las medidas adoptadas por el galgo de Paiporta. Esa medida del 100% de rebaja en todos los alquileres es una medida reciclada y copiada. ¿Recuerdan cuando prometió una rebaja, hace años, para los arrendadores? ¿Y…? Pues, eso, nada de lo prometido. Merece ser corrido a gorrazos o a mantazos.
La crisis habitacional se ha agravado y el traspiés electoral le lleva a buscar alguna trampa, aunque sea ilegal. Esa le ha tocado a la Ley de Vivienda, por ser ésta lo más demandado, aunque el Banco de España habla de que se necesitan casi tres millones doscientas mil viviendas sin alquilar. Y es que mientras esté el sanchismo en poder…nadie se fía de él. Cerrar el paso a la izquierda de fondos buitre y mentiras fiscales, supondrá ver un foco de luz donde todo es oscuridad, fango y bulos. Es indispensable cubrir el déficit actual. Según el Banco de España se precisan con urgencia 700.000 viviendas para satisfacer la demanda actual. Un dato: se estima que alrededor del 20% de viviendas en alquiler están en manos de fondos buitre. Ante todo, en España falla la seguridad jurídica y la falta de confianza en Gobiernos zurdos.
El Plan que presentó Sánchez para la vivienda en 2025 es un Plan vacío y sin perspectivas como dicen bancos y promotores. El proyecto «España crece» es catastrófico. Los platos rotos los pagará el ICO, que somos todos. Al tiempo No faltarán incentivos fiscales en el real decreto que quiere presentar al Congreso, pero no tiene apoyos, ni siquiera entre los más corruptos (todos que le sustentan sin rechistar y que dan nombre a eso de «Frankenstein») Doy fe que la franja entre 30 y 40 años es la que se va a llevar por delante a Sánchez y máxime tras los sucesos de Irán. Ni siquiera ese «¡NO a la Guarra!» podrá salvar al trilero titular del sanchismo.
La mejor medida es la que propuso el PP, que tanto asustó a Sánchez. Miedo le da bajar el IVA del 10% al 4% o anularlo, como se ha hecho en Europa, para las jóvenes que adquieran una vivienda. A Sánchez le pilló con el pie cambiado y dio orden de insultar a la «derechita cobarde» por tierra, mar y aire. La torpeza de SUMAR en temas de vivienda es insuperable: «no apoyará eso de regalar dinero a los rentistas». No es reglar nada, es simplemente un flotador de salvación. Por eso SUMAR y PODEMOS se hunden irremisiblemente, incluso el segundo desaparece del escenario político. Ven Aragón, pues igual será en España.
La política de bandazos no es bienvenida en España. Y eso se paga caro.
