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Opinión

¿Y si cerramos la verja a los llanitos?

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Llanito
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Es inadmisible que actualmente mantengamos relaciones amistosas y a nivel de aliados con dos países con los que tenemos gravísimos conflictos territoriales: por un lado Marruecos, con sus oportunistas reclamaciones sobre Ceuta, Melilla, Canarias y otros territorios menores, y el Reino Unido, con el territorio del Peñón de Gibraltar. 

No podemos admitir por más tiempo políticas de puertas abiertas con estos países mientras que, además, los consideramos amigos y aliados cuando nuestra actitud debería ser la de vigilancia extrema limitando los contactos a los mínimos imprescindibles en el ámbito comercial.

Es un error caer en la trampa, caso de Marruecos, que facilita a los empresarios españoles a establecerse en dicho país, ya que puede ser una estrategia de futuro para que cuando lo considere el reino alauí, presionarnos en sus reivindicaciones territoriales, y o bien accedemos a sus exigencias, o por el contrario tomará medidas hacia las numerosas empresas españolas allí establecidas, tal y como hizo Maduro en Venezuela.

la política exterior de nuestros gobiernos durante la etapa democrática.

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Ya sé que hay poderosísimos empresarios, ex políticos y nuestro Monarca emérito Juan Carlos I que han hecho o están haciendo inversiones en Marruecos, y que en el supuesto de presiones por parte de Marruecos para conseguir sus pretensiones territoriales, no dudarían en ceder a los moros todo aquello que soliciten para salvaguardar su capital. Por todo ello, el Gobierno español debería advertir al empresariado nacional de los riesgos de dejarse engatusar en invertir en países como Marruecos o Reino Unido, y que en el supuesto de un conflicto territorial entre España con esos países, España dará preferencia a la defensa de su territorio.

El caso de Reino Unido es similar, más que establecerse empresas, lo que hacen es dar facilidades a los trabajadores españoles para que se asienten en esas islas, sobre todo en profesiones tales como enfermería, medicina, etc. Habría también que advertir a los trabajadores españoles de las islas británicas que en el supuesto de que nos planteemos recuperar Gibraltar, posesión reconocida por la ONU como colonia a devolver a España, los británicos no dudarán en presionar a España con los compatriotas allí afincados.

En cuanto a Gibraltar, no puedo dejar pasar la ocasión de mencionar cual creo que es la solución para su recuperación, iniciada a mediados de los años 60 por nuestro Caudillo, y que por intereses ocultos y claramente masónicos, fue desbaratada por el PSOE a su llegada al poder en 1982.

El conflicto es muy claro: a mediados de los años 60 el comité de descolonización de la ONU da la razón a las reivindicaciones de España en lo referente a la colonia de Gibraltar: Reino Unido alegó entonces que no devolvería la roca a una dictadura, a lo que nuestro Caudillo optó por el cierre de la famosa verja de Gibraltar, procediendo a bloquear por tierra el acceso a la colonia. Pues bien, la dictadura acabó, llegó una “democracia“, es más, fuimos miembros en la CEE y luego de la UE junto con los ingleses y aún así no se nos ha devuelto el peñón, para mayor contradicción por parte británica, ellos si que entregaron, hará cerca de dos décadas, la colonia de Hong Kong a una dictadura, China, en este caso comunista. País no aliado, enemigo incluso de la OTAN y de la UE, y ante el cual el Reino Unido no tuvo reparos en entregar una colonia que le privaba de una fuente de ingresos muchísimo mayor, en órdenes de magnitud, que Gibraltar.

Hace muchos años, de diez a quince, vi por TV3, un programa reportaje sobre Gibraltar. Ni que decir tiene que dicho reportaje defendía las tesis de los gibraltareños. Pero me quedé con una entrevista a un gibraltareño, en la que le preguntaron como se vivió el bloqueo terrestre del peñón, manifestando éste que fue horrible, y que la vida en el peñón era irrespirable, que si el bloqueo hubiera seguido se hubiesen visto obligados a marchar de Gibraltar, y que aguantaron porque sabían que cuando falleciera Franco la situación cambiaría, como así fue.

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En vista de la mencionada entrevista me di cuenta que esa era la solución efectiva para Gibraltar, el bloqueo terrestre, el cierre de la verja, lo que más daño podría hacer a Gibraltar, al Reino Unido y a los “llanitos” siempre tan dispuestos a hacer dinero dañando la economía española y dando cobijo a criminales de todo tipo.

Sé de la dificultad de dar el paso de una hipotética restauración de esa medida (el cierre de la verja) si no va acompañada de un plan de desarrollo para los españoles que imprudentemente trabajan en la colonia, fruto del escaso patriotismo que adolecen nuestros ciudadanos.

Posiblemente, de cerrar la verja, no se nos devolvería la roca a corto plazo y es probable que tampoco a largo. Los británicos son tradicionalmente piratas y corsarios, pero muy patriotas y orgullosos. Aunque con tal de verlos incómodos, limitados, encerrados e incomunicados, merecería la pena. Y en cualquier caso, en la situación actual tampoco tenemos la más mínima posibilidad de recuperar la posesión de Gibraltar.

Además se acabaría con parte del paraíso fiscal en el que florece el narcotráfico, y otras formas de delincuencia organizada que allí se dan cita. Mi desprecio es total hacia los “llanitos“, servidores de la monarquía masónica inglesa en la roca, y a los españoles nos debería importar bien poco su futuro. A nosotros sólo nos tiene que importar la propiedad del peñón, sus okupas, -pues es lo que son- bien pueden instalarse todos en los arrabales de Birmingham, si tan deseosos están de seguir adorando a la “Union Jack” y a todos los hijos de… la Gran Bretaña. Y sin aquello no les gusta, colonias tienen los británicos esparcidas por todo el orbe para darles cobijo.

La postura mezquina que reivindican los gobiernos españoles desde el nefasto Moratinos, (Conocido en el mundillo diplomático con el sobrenombre de “Desatinos“)  que es la soberanía compartida de Gibraltar, es un error: de compartir nada, o el peñón es nuestro de pleno derecho como estableció el Comité de Descolonización de la judeONU, o que se lo queden ellos, eso sí, con la verja cerrada.

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Espero que os haya gustado mi exposición.

¡ARRIBA ESPAÑA!

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2 Comentarios

1 Comentario

  1. Avatar

    Ramiro

    07/07/2019 at 13:45

    Totalmente de acuerdo con usted.
    Más claro, agua…

  2. Avatar

    Ramiro

    25/11/2018 at 19:31

    Totalmente de acuerdo con usted.
    Más claro, agua…

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España

Contra la debilidad mental occidental: La esclavitud en el Islam todavía sigue vigente (Y siempre ha apuntado CONTRA EUROPA) Por Ernesto Milá

Ernesto Milá

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Introducción a La esclavitud en el Islam, libro que estará disponible en breve.

Durante siglos, especialmente del XVI a principios del XIX, nuestras costas fueron hostigadas por piratas berberiscos. Querían vengar la “pérdida de Al-Andalus” (esto es, la Reconquista). La captura de poblaciones costeras del norte del Mediterráneo para venderlas en los mercados de esclavos del Magreb o negociar su rescate se convirtió en una práctica habitual entre las poblaciones del norte de África. Quienes practicaban estas razzias, que hacían imposible la vida en nuestras costas, eran considerados “yihâdistas”. Este comercio de esclavos europeos existió, por mucho que los “multiculturalistas” de hoy quieran olvidarlo.

Todavía ningún gobierno del Magreb se ha disculpado por estos actos.

*    *    *

LA CAÍDA DEL PRIMER ARGUMENTO INMIGRACIONISTA: 

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EUROPA NECESITA TRABAJADORES

Hoy, ya nadie puede dudar que el primer argumento que se utilizó para justificar la presencia de compactos núcleos musulmanes en Europa Occidental –aquel que afirmaba que eran necesarios inyectar inmigrantes para pagar las pensiones de los abuelos…– era una simple falacia. La realidad es que, las pensiones de los abuelos –yo lo soy– pierden cada día poder adquisitivo porque a los gobiernos de nuestro entorno les es necesario comprar la “paz étnica y social” subvencionando a los recién llegados. No hay dinero para todos. Y los que llevan las de perder es la parte más débil: los jubilados. La inmigración es hoy una pesada carga económica para todos los Estados que se han negado durante décadas a controlarla.

Desde, como mínimo, 2008, la inmigración ha variado su carácter; hasta ese momento, podía pensarse que los motivos del desplazamiento hacia España se debían a la posibilidad de integrarse en nuestro mercado laboral y, en especial, en el sector de la construcción. Pero, desde el estallido de la burbuja inmobiliaria, con la mecanización progresiva de la agricultura, las deslocalizaciones y el proceso de desindustrialización creciente, es casi seguro que, hoy, pocos de los inmigrantes que llegan a España, –especialmente los que no tienen ningún tipo de cualificación profesional (esto es, la mayoría)–, tengan como proyecto personal integrarse en el mercado laboral y vivir del propio trabajo, ahorrar para volver al país de origen con capital suficiente para emprender una nueva vida.

Se suele creer que las motivaciones de los inmigrantes en el siglo XXI son las mismas que las de los españoles, portugueses e italianos que se desplazaron a Francia, Suiza, Alemania, Benelux, en los años 50 y 60, para reconstruir países que habían sido demolidos por la Segunda Guerra Mundial. En aquella inmigración existía la voluntad de trabajar durante unos años en unos países con unos niveles salariales mucho más altos, poder ahorrar llevando una vida austera (pero no miserable), acumular cierto patrimonio que les permitiera abrir un pequeño negocio o, simplemente, comprar una vivienda al regresar a la Patria. Esa inmigración, no es la actual.

Nuestros inmigrantes querían regresar –en grandísima medida– al país que habían abandonado. Iban a trabajar, a esforzarse, a partirse el espinazo para llevar a la práctica un proyecto personal legítimo y que enriquecía a todas las partes: a los receptores de inmigración porque sabían que los recién llegados eran gente dura y dispuesta a trabajar. A los inmigrantes porque, a cambio de su trabajo, recibían un salario muy superior al del mismo oficio en España y podían ahorrar. Al país emisor de inmigrantes porque allí recibían formación y volvían con una capacitación laboral superior a la que habían partido, sin olvidar que su trabajo en el extranjero generaba unas divisas preciosas en aquel momento para garantizar intercambios comerciales. Aquellos inmigrantes –nuestra inmigración– no planteaban problemas de convivencia, ni choques culturales; fieles al dicho “donde fueres, haz lo que vieres”, nuestra gente se integró perfectamente en la sociedad que los recibió. Nada de todo esto vale para el actual fenómeno migratorio.

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Ya no hay países en Europa Occidental que precisen ser reconstruidos después de una guerra. Tampoco hay un mercado laboral en expansión que permita pensar que, sin un alto nivel de cualificación y sólo en determinadas profesiones, vayan a encontrar trabajo bien remunerado. Ni siquiera para españoles, los salarios medios –a la vista del coste de la vida– permiten ahorrar gran cosa. Ningún inmigrante, en su sano juicio, puede transmitir a otros como él que residen en su propio país, la idea de que valga la pena venir a España para trabajar: la realidad es que, aquí y ahora, el poco trabajo que existe para gentes con poca o nula cualificación profesional, no permite ni vivir dignamente, ni mucho menos ahorrar. Entonces ¿por qué viene la inmigración?

Vale la pena no engañarse al respecto. Y los medios de comunicación, así como los diferentes gobiernos, de derechas y de izquierdas, llevan casi treinta años engañándose y falseando datos, cifras y circunstancias. No hay otra forma de definir la actitud de quienes niegan los problemas que se han generado a causa de la inmigración ilegal, masiva y descontrolada.

LA CAÍDA DEL SEGUNDO ARGUMEN IMIGRACIONISTA: 

“WELCOME REFUGIES”

Si bien es cierto que, hoy, ya nadie se atreve a sostener que, gracias a la inmigración, se van a poder “pagar las pensiones de los abuelos”, las justificaciones se han convertido en cada vez más extemporáneas, ridículas, ignorantes e, incluso, frecuentemente, entre los portavoces gubernamentales, zafias. Caído el mito de “las pensiones de los abuelos”, el nuevo argumento nos decía que los inmigrantes no eran tales: que se trata de “refugiados”. Ser “refugiado”, al parecer, hace obligada la “solidaridad”. El perseguido merece protección y ayuda para salvarlo de su perseguidor… En algunos casos, los menos, los recién llegados son “refugiados”. Pero, incluso, en esas circunstancias, cabe preguntarse: ¿y por qué un “refugiado afgano” elegirá vivir en Europa Occidental y no en Paquistán, en la India o, incluso en el sudeste asiático, países mucho más próximos, en todos los sentidos, a su patria originaria?

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Por otra parte, si existen “refugiados” es porque tal o cual país los genera y la situación allí es insoportable, por tanto, si se trata de admitir, por ejemplo, subsaharianos, vale la pena recordar que, en cualquiera de aquellos países, en toda África y en buena parte de Asia, casi sin excepción, la “democracia” es una palabra que no tiene el mismo significado que en Europa. De los 1.200 millones de africanos, la inmensa mayoría podrían ser considerados como “aspirantes a refugiados”, a la vista de que existen diferencias abismales entre los “derechos humanos” tal como se contemplan en Europa y como se practican en África.

Pero, Europa no puede admitir a 1.200 millones de inmigrantes que, por lo demás, deberían entender que ellos, para prosperar, sería oportuno que trataran de hacer cambios en su país, antes que adoptar la solución más cómoda de mudarse a otro… ¿a cuál? Y esta es el nudo de la cuestión: no se trata de países en los que exista un mercado laboral floreciente, ni aquellos otros más próximos al lugar de origen, para mantener el contacto con sus raíces, sino de aquellos en los se vive mejor y, lo que es aún más importante, donde se garantizan subvenciones solamente por llegar y en donde todo, absolutamente todo, está permitido (o poco menos). Ese es el centro de la cuestión que políticos y medios pretenden escamotearnos.

No hay nada más opaco en la actual democracia española que la suma total de subvenciones que reciben los no nacidos en España y sus hijos nacidos aquí. La falta de transparencia es, precisamente, lo que permite sospechar. Recientemente se ha publicado la cifra de que algo más de 2.000.000 de inmigrantes viven de subsidios públicos. El misterio está lejos de quedar resuelto, porque no se dice cuántos antiguos inmigrantes que han logrado naturalizarse como “españoles”, siguen subsidiados. Por otra parte, haría falta especificar qué tipo de subsidios reciben: en España existen muchos de tipos de ayudas y de pensiones no contributivas. Todo ello hace sospechar que las cifras son muchísimo mayores y es legítimo pensar que pueden ser, incluso, el doble o el triple, incluso, de las dadas. Por lo demás, no se especifica el volumen total de subsidios y subvenciones por distintos conceptos, ni los dados por las distintas administraciones, que van a parar a lo que en Francia se ha llamado “la aspiradora de recursos públicos”, esto es, la inmigración. La opacidad de las cifras, en efecto, no hace nada más que aumentar las sospechas.

LA CAIDA DEL TERCER ARGUMENTO INMIGRACIONISTA: 

“VIENEN PARA CONTRARRESTAR LA BAJA NATALIDAD”

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Luego está el argumento de la crisis de la natalidad en España. Era lo que podía esperarse: la elevación constante del coste de la vida, hace imposible el que se puedan formar parejas e, incluso, que una vez formadas, decidan tener hijos. La paternidad es una aventura que muy pocos se atreven a afrontar. Para hacerlo es preciso tener seguridad de que se podrá mantener a los hijos. Nadie está dispuesto a ofrecer tales garantías. Sin embargo, es un problema político: hubiera bastado con atribuir prioridad en beneficios sociales y ventajas fiscales a las parejas españolas que deseen tener hijos, garantizar su prioridad a la hora de obtener viviendas sociales, y simples campañas en pro de la natalidad, para que se estimulara la natalidad entre nuestra gente. No se hizo, ni se tiene intención de hacer. Si se hubiera empezado a hacer en 1996, cuando Aznar abrió las puertas a la inmigración, hoy tendríamos una generación de 28 años y un país homogéneo. Se hizo –y se hace– justo lo contrario: confiar en que gentes llegadas de todo el mundo salvarían la natalidad en España.

Desde el año 2000, en las cuatro provincias catalanas los nacidos en la noche del 31 de diciembre al 1 de enero de cada año, son en su inmensa mayoría hijos de nacidos en el extranjero. Pero, salvo entre las mujeres subsaharianas, el número de hijos va disminuyendo incluso dentro de la inmigración. Los inmigrantes andinos, por ejemplo, se han configurado como los primeros y principales usuarios de los servicios de aborto gratuito y de “píldora del día después”. La ruptura de la unidad étnica de España ni siquiera ha servido para que la natalidad remonte o para que se repueblen zonas “vacías”.

LA ÚLTIMA TRINCHERA INMIGRACIONISTA: 

“TENEMOS UNA DEUDA CON EL TERCER MUNDO Y SE LA VAMOS A PAGAR”

Caído el mito de “los que vienen a pagar las pensiones”, en un momento en el que ningún alcalde que quisiera mantenerse en el consistorio se atreve a colocar pancartas con el “Welcome refugies”, cuando se ha visto a las claras que la inmigración no resuelve el problema de los nacimientos, sino que complica la convivencia, ahora, como última trinchera inmigracionista, el argumentario se ha desplazado a otro frente; nos dicen: “estamos obligados a admitir a todos los inmigrantes que quieran establecerse en nuestro suelo y a mantenerlos, incluso, porque, se lo debemos”.

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Nos dicen que Europa “debe” a los inmigrantes del Tercer Mundo el haberlos explotado como colonias. Repiten, para bloquear a los más sensibles, que los europeos “somos responsables” de haber esclavizado a los africanos y que les debemos una compensación. Por eso están aquí, por eso estamos obligados a subsidiarlos… Es un argumento que tiene su fuerza, pero que no deja de ser otra falacia.

No solamente no fuimos esclavistas –valdría la pena, ya que estamos en esto, elaborar un censo de familias europeas que se dedicaron a la trata de esclavos, porque sería, en última instancia, a ellos a los que les correspondería pagar indemnizaciones, no a la totalidad de un pueblo– sino que, además, durante siglos, los europeos que vivían en las costas mediterráneas (pero, también, incluso en las del sur de Gran Bretaña y en Irlanda) corrían el riesgo de ser secuestrados ellos y sus hijos, saqueados sus bienes e incendiados sus pueblos, por parte de piratas berberiscos; una práctica que se prolongó hasta principios del siglo XIX. Unos fueron esclavizados de por vida, los otros extorsionados pidiendo fabulosos rescates, otros murieron sin dejar huellas… Sin olvidar, claro está, que el grueso de traficantes que capturaban esclavos en África eran árabes y que se beneficiaban de pactos con tribus africanas que los obtenían de tribus vecinas.

Sería bueno presentar una reclamación de cantidad por los millones de europeos, especialmente de los países mediterráneos, de los países eslavos, e incluso del Reino Unido, que fueron secuestrados, esclavizados, obligados a vivir en condiciones infrahumanas, asesinados y muertos de agotamiento en tierras del Magreb

Aquellas exacciones berberiscas han dejado recuerdos imborrables en nuestro folklore, en nuestra literatura e, incluso, en la configuración de las costas (las “torres de guaita” tan habituales en la costa catalana no eran para admirar la belleza del Mediterráneo, sino para vigilar la llegada de piratas berberiscos). Aquel valeroso soldado que recibió dos disparos de arcabuz en el pecho y en el brazo izquierdo, en la gloriosa jornada de Lepanto, Miguel de Cervantes, dejó constancia en El Quijote de sus nueve años de cautiverio en Argel.

Los grandes olvidados de la historia europea, son los millones de antepasados esclavizados en tierras islámicas. Los europeos no somos los “malvados” de esta historia. El colonialismo se explica en gran medida por las constantes molestias generadas por la piratería islámicaberberisca y otomana. Quienes la practicaban eran asimilados a yihadistas: y lo hacían con saña y con odio acumulado. La negativa a erradicar la esclavitud, hizo necesaria la intervención europea con la consiguiente disolución de los “mercados de esclavos” que todavía existía en el siglo XIX en el Magreb. No “debemos” nada: nos deben una reparación de aquellos crímenes contra los pueblos europeos.

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