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España

Una reflexión sobre los herejes anglicanos. Por el P. Jaime Mercant Simò

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Jaime Mercant Simò

Sacerdote, profesor, doctor en Estudios Tomísticos (Filosofía), doctor en Derecho y Ciencias Sociales (Filosofía jurídica) y licenciado en Sagrada Teología.

Mallorca (España)

isucir.academia.edu/DrJaimeMercant…

 

 

Intentaré ser lo más suave y diplomático posible…

Canterbury ya tiene una arzobispa (!), la señora Sarah Mullally, proabortista, para más señas. Al respecto, no conviene olvidar que este nombramiento está precedido por otro no menos disonante: el pasado mes de agosto, la provincia anglicana de Gales nombró, como primera arzobispa, a la señora Cherry Vann, abiertamente homosexual, también para más señas. Éstos son dos nombramientos que no debemos disociar, puesto que responden a una estrategia suicida bien definida de los anglicanos en su dinámica en caída libre.

Sin embargo, a mí, personalmente, me es en absoluto indiferente quiénes sean los titulares de los arzobispados anglicanos de Canterbury o Gales, fundamentalmente porque, en este caso, hablamos de una falsa iglesia sin sucesión apostólica alguna. Por lo tanto, me es igual si los anglicanuchos tienen arzobispos o arzobispas, porque éstos, juntamente con todos los obispos, obispas, pastores y pastoras de la Comunión anglicana son una pura ficción a los ojos de Dios.

El anglicanismo, pese a que nació con el espíritu de rebeldía, conservó durante mucho tiempo algunos vestigios estéticos y ceremoniales católicos, que lo mostraban más señorial, fino y elegante que la patulea infecta protestante. Ahora, por el contrario, la pseudoiglesia anglicana ya no se molesta en guardar las apariencias, ostentando impúdicamente sus ocurrencias cada vez más grotescas y esperpénticas, lo cual, bajo mi punto de vista, es algo positivo, porque, simultáneamente, en este espejismo eclesial, resultan todavía más palmarias su naturaleza cismática y su herética pravedad.

Lo repito: me es completamente igual quién sea el titular del anglicano, o sea, falso, arzobispado de Canterbury. Por mí, puede ser una mujer o un hombre; tanto me da. Es más, si un día el anglicanismo cayese en el delirium tremens más absoluto y optase por el antiespecismo —sí, esta aberrante ideología existe—, y decidiese ir al zoológico a buscar un chimpancé y ponerle una mitra, mantendría el mismo desdén.

La gravedad del fenómeno, aunque sea paradójico, no lo encontramos intrínsecamente en la anticomunión anglicana, sino extrínsecamente, a saber, en el catolicismo, puesto que, con el nombramiento de la monseñora, algunos jerarcas y funcionarios eclesiásticos católicos se han apresurado a felicitarla, siendo legión los que, encontrando en el anglicanismo la vía correcta (!) de la pseudoreforma del catolicismo, consideran este llamativo nombramiento como causa ejemplar a seguir; de hecho, no faltarán sinodalistas radicales que continúen en su empeño por anglicanizar, es decir, corromper, la Iglesia católica, negando sus propias esencias.

En fin, no es preciso preocuparnos en demasía por el circo heterodoxo anglicano, que empezó, por cierto, hace varias décadas; en nuestras filas hay mucha basura que desechar. No obstante, por el momento, sólo reciben anatemas y censuras los católicos tradicionales.

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