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El teniente coronel Area Sacristán, al General José Manuel Santiago, jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil: «General, tu comportamiento es repugnante»

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Enrique Area Sacristán.- (*)

General: Después de saber que son ciertas y se acomodan a la realidad las afirmaciones que hizo y que fueron aplaudidas por esa caterva de ineptos al día siguiente de las mismas, y que fueron apoyadas en papel leído, he de hacerle las mismas puntualizaciones que ya hice a otros que, como usted, se desviaron de los Códigos de Honor que deben regir en toda Institución Militar y que vienen contemplados en la Cartilla del Guardia Civil y en las Reales Ordenanzas.

Parece que el problema que le inquieta más vivamente es el de las exigencias del deber obedecer cualquier orden emanada de la autoridad, desautorizada, por ilegal ejercicio de la misma, y de sus límites.

En el mejor compuesto de los relatos de Servidumbre y Grandeza de las Armas, el titulado Laurette o el sello rojo, se plantea el conflicto espiritual que se le presenta a un militar al recibir una orden que le repugna a su conciencia como me repugna a mí tú comportamiento. Estamos ante el caso de que el hábito no hace al monje aunque éste sea cardenal, General en tu caso. Para algunos en este momento entra en juego una fuerza moral poderosísima, la abnegación, que impone inexorablemente el cumplimiento de la orden; “aquella abnegación del soldado sin compensación, sin condiciones, que conduce más de una vez a funciones siniestras”. [SIGUE MÁS ABAJO]

En realidad, dice Jorge Vigón, ni la abnegación es eso, ni siempre ha de tener el conflicto, cuando se presente, la misma solución; tú parece que te lo crees y no es por otra cosa que porque el desarreglo espiritual que padeces pone límites a tú imaginación.

Cuando la gravedad de un comportamiento como el tuyo aparece evidente, el que lo recibe queda moralmente desligado de toda obligación de respeto hacía usted. Es en este momento en que se presenta el conflicto entre el deber de conciencia y la obligación militar, entre la claudicación, o las consecuencias de desobedecer, escribiendo acogiéndome a la Ley de Derechos y Deberes del Militar de Carrera, que tú tampoco has respetado por mucho que te avalen fiscales militares que incumplen sus obligaciones de procesarte de oficio. Los caudillos de La Legión tebana, que acertaron a resolverlo rectamente, sufrieron el martirio, pero alcanzaron la santidad. [SIGUE MÁS ABAJO]

La verdad es que no solían ser frecuentes tan graves aprietos en la vida militar. La regla de conducta fijada por el padre Francisco de Vitoria pone límites a la tentación de plantearlos demasiado a menudo como lo haces tú. “En la evidencia de una injusticia, dice, no se debe obedecer”; y la evidencia la has presentado esta vez.

Si se quiere ver más claro este desarreglo mental, es necesario referirse a los conceptos elementales.

Subordinación, sub ordinatio, es la disposición espiritual de quienes se someten a una ordenación superior; en este concepto debe ser una cualidad de cuantos integran un Ejército, desde su Jefe Supremo hasta el último soldado. Tú te has saltado las leyes y los reglamentos claramente.

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La ordenación a que se ajusta el estado militar contaba, para asegurar la subordinación, con el mecanismo de la jerarquía en cuya cúspide están las leyes que tú no respetas. La disciplina es el medio de hacer jugar este mecanismo al poner tensión el resorte de la obediencia. Disciplina que viene de discere, aprender, es un género de relación que supone la existencia de discípulos y maestros. Esta es la razón de que la obediencia del subordinado en grado al superior sea el principio esencial de la subordinación.

Te puedes saltar la ley pero la obediencia para quien, como el hombre español, tiene, fluente de la Historia, una concepción religiosa de la vida, trasciende a otros ámbitos de mayor intimidad. “El oficial, se lee en cierta instrucción militar cristiana de fines del siglo XVIII, revestido de la autoridad regia, manda de parte del Rey; el poder real procede del mismo Dios; y así, no obedecer al Rey es desobedecer a Dios; por consiguiente, el soldado no obedeciendo a su superior, digo yo, desobedece al Rey y ofende a Dios”.

Teniente Coronel Area Sacristán

San Gregorio, en su carta a los soldados napolitanos, citada por Juan Ginés de Sepúlveda, les escribe: “la mayor alabanza de la milicia es ésta: el mostrar obediencia a la utilidad pública y sujetarse a cuanto para ésta se mande”; que no se manda en España nada que no se atenga a la leyes que emanan del Parlamento y del Gobierno que se debe atener a éstas, establecido legítimamente, cosa que obvias en tú comportamiento.

General, su comportamiento es repugnante.

*Teniente coronel de Infantería y doctor por la Universidad de Salamanca.

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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

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Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.

Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.

Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.

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También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.

A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.

Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.

Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.

¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?

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Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.

Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…

Por Diego Fusaro

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