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España

El Estado delincuente, negrero y secuestrador. Por Carlos X. Blanco

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El Estado está cometiendo un grave delito, que en realidad atenta contra los derechos humanos. Está colaborando con las “agencias de importación de menores”, agencias pseudohumanitarias a las que incluso protege y subvenciona.

La propia Armada y demás fuerzas civiles y militares del Estado se han convertido en grandes ONGs coordinadas con entidades privadas, entidades que funcionan como verdaderas empresas con fines de lucro, agencias de colocación y sumideros de fondos públicos.

El delito del que hablo es el tráfico y secuestro de personas, especialmente odioso cuando se trata de menores.

Si hablamos del tráfico de personas, en este punto cabe hablar más llanamente de esclavismo. El negocio negrero está en auge en las costas españolas y, en general, las mediterráneas. Lejos de atajar el problema de raíz, que es obligación moral y mandato constitucional del Estado, lo que se hace ante la indiferencia y el aplauso de dos tercios de la “ciudadanía” española, no es sino contribuir a que el negocio –trágico- de la trata de personas vaya en aumento.

Malnacidos extranjeros que cobran pasaje en los “taxis-patera” sin garantizar la seguridad de los pasajeros, arrojándolos incluso al mar en caso de apuro, y que se coordinan (a diferentes niveles) tanto con organizaciones SÍ gubernamentales como con organismos NO gubernamentales (aunque éstos estén generosamente subvencionados).

Tanto los pasajeros de estas personas extranjeras no solicitadas por España, como los salta-vallas de Ceuta y Melilla, tampoco invitados a nuestro país, son personas que han cometido un acto ilegal. Se mire como se quiera mirar. Si el Estado no vela por la legalidad, que incluye el respeto a sus propias fronteras, el Estado se convierte en un infractor, en un colaboracionista del delito, en un ente deslegitimado de acuerdo con los propios principios constitucionales que le dan ser y le otorgan forma. España a nivel estatal es delincuente.

Si, para colmo, el Estado asume la tutela y custodia de presuntos “menores no acompañados”, teniendo estos presuntos menores unos padres en su país de origen, nos encontramos ante un claro caso de secuestro. El Estado es un secuestrador de menores si no pone los medios adecuados para la devolución inmediata y en caliente de aquella persona que, siendo menor de edad, posee padres o familiares en su lugar de origen. Los gastos de manutención y crianza no pueden correr a cargo de un Estado que no ha solicitado la llegada de esas personas que deben ser criadas por sus familiares. En el país de origen, así como en el país de tránsito (concurriendo negligencia en este) es donde debe resolverse la “orfandad teórica” de esos menores.

Es muy grave, desde el punto de vista legal, a) renunciar al mandato constitucional de defensa de la ley, que incluye la defensa de las fronteras nacionales, b) colaborar con magias negreras, dejarles hacer, fomentar sus prácticas inhumanas, c) secuestrar a presuntos menores de edad, en aquellos numerosos casos en los que hay progenitores y familias, y no una orfandad real, para repartírselos por toda España.

Por detrás de todo esto late el problema palpitante. La verdadera solidaridad (que no limosna) consiste en establecer reglas de intercambio económico justas entre países, favoreciendo que los propios nativos se doten de medios para la autosuficiencia. La Iglesia Católica se ha convertido en una gran ONG pseudohumanista, en complicidad con las fuerzas armadas y las extrañas fundaciones, las dedicadas a la importación de seres humanos. Lejos de volcar sus esfuerzos totalmente a la evangelización de los españoles en casa y en la labor misionera en ultramar, los agentes eclesiásticos (Cáritas, Manos Unidas, etc.) le hacen el trabajo sucio a los Poderes del Mundo, poderes diabólicos que, muy sucintamente son dos: a) poderes anglo-yanqui-sionistas, a quienes les interesa una “norteamericanización” de Europa, la cual incluye el caos multi-racial y multicultural, b) a los poderes patronales y de las grandes finanzas, extranjeras o patrias, quienes piensan que en países como el nuestro, con millones de parados nativos, no obstante ven en ellos demasiados remilgos y quieren, con gran miopía, forzar la rotura de niveles salariales a la baja por medio de una masiva entrada de presuntos demandantes de empleo, ignorando que los demandantes recién llegados pueden ser demandantes de asistencia pública más que de empleo, tanto por su baja cualificación o por su nula conexión con la producción de un país avanzado.

El respeto a la dignidad de las personas extranjeras que emigran y que llegan a España exige, precisamente, por su bien y el nuestro, un blindaje de las fronteras y de las aguas marítimas, así como una política “de fuerza” con los países emisores y de tránsito, estados que son negligentes o utilizan a las personas como bomba geopolítica. Igualmente, la dignidad de una persona ha de ser siembra en la patria nativa, y no comodín para justificar lo injustificable. Todos los voluntarios de esas ONG de “acogida” deberían hacer un curso de geopolítica y geoeconomía, para comprender que solamente por medio de proyectos misioneros y solidarios in situ, así como por medio de relaciones equitativas entre los países conseguiremos fijar población en las respectivas patrias de cada uno. No se puede tolerar (ni moral, ni tampoco intelectualmente), que esos poderes financieros y depredadores que hablan en nombre de “Occidente” destruyan patrias de esta manera: destrucción en origen, despoblándolas de población joven, fuerte, masculina y edad militar, y destrucción en destino, causando un caos multicultural por la presencia masas desarraigadas, imposibles de asimilar.

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España

¿Es idóneo el cardenal Cobo como arzobispo de Madrid?

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La cuestión ya no es únicamente el Valle. La cuestión es el modo de ejercer la autoridad. Y cuando en el gobierno de la Iglesia se traspasan límites jurídicos, institucionales y prudenciales, lo que entra en juego no es una decisión concreta, sino la idoneidad misma para el cargo.

En el caso que nos ocupa, fue el cardenal José Cobo Cano quien firmó el “acuerdo” propuesto por el ministro Félix Bolaños sobre el futuro del Valle. No lo hizo la comunidad benedictina responsable del templo. No lo hizo la Conferencia Episcopal Española. No lo hizo tampoco, que se sepa, el Secretario de Estado de Su Santidad, pese a que posteriormente el propio cardenal haya sostenido en comparecencias públicas —según recogió el diario El País— que existiría un acuerdo directo con la Santa Sede. No fue el fruto de una deliberación colegiada. Fue una firma personal.

Pero lo más preocupante no es solo quién firmó, sino cómo se actuó. En un asunto de esta complejidad y gravedad institucional, se eludieron los procedimientos habituales de consulta, deliberación y contraste que caracterizan la actuación ordinaria de la Iglesia en materias sensibles. No hubo integración previa de la comunidad directamente afectada. No hubo conocimiento ni debate en el seno del episcopado. No hubo transparencia institucional. El acuerdo no se conoció por comunicación oficial, sino porque alguno o algunos de los actores que habían interpuesto recurso accedieron al expediente judicial y allí encontraron el texto suscrito.

Y el contenido del acuerdo explica la magnitud del escándalo. En él se sostiene que dentro del templo únicamente serían lugar estrictamente destinado al culto el altar y los bancos adyacentes, quedando el resto del espacio disponible para intervenciones promovidas por el Gobierno. En la práctica, se abría la puerta a actuaciones de carácter político e ideológico en el interior mismo de la Basílica, reduciendo el ámbito sagrado a un perímetro mínimo. Tras la firma, el Gobierno publicó el concurso público para la resignificación política e ideológica del Valle, incluyendo expresamente el interior del templo en los términos previstos en el texto suscrito por el cardenal. No es un detalle menor: el Ejecutivo no activó formalmente el procedimiento hasta contar con esa firma, que en apariencia le otorgaba cobertura para actuar dentro de la Basílica. La autorización personal del cardenal fue la condición que permitió al Gobierno dar el paso.

Aquí se añade un elemento especialmente grave. Si, como resulta evidente por la propia configuración jurídica del templo, el arzobispo de Madrid carece de competencia directa sobre la Basílica y sobre la comunidad monástica que la rige, entonces ofrecer esa cobertura al Gobierno implica algo más que una imprudencia interna: supone haber generado en el poder civil la apariencia de una habilitación que no podía otorgar. Actuar de ese modo, sabiendo desde el principio que no se posee la competencia necesaria, no solo desborda los límites internos de la Iglesia; introduce también una dimensión de deslealtad institucional frente al propio Gobierno, al que se presenta una capacidad de disposición inexistente.

Reducir el espacio sagrado a un perímetro mínimo y considerar el resto del templo susceptible de intervención gubernamental no es un matiz técnico. Es una redefinición profunda del concepto de lugar sagrado. El Código de Derecho Canónico no entiende el templo como una superficie fragmentable según criterios de oportunidad política. El espacio consagrado está destinado al culto en su integridad y protegido por un régimen jurídico específico que excluye su utilización para fines ajenos a su naturaleza religiosa. Lo firmado por el cardenal contradice sustancialmente lo previsto en el ordenamiento canónico para los templos consagrados, al admitir de hecho la implantación de actuaciones no litúrgicas y de carácter político en su interior. A ello se suma la inviolabilidad de los templos reconocida en los acuerdos Iglesia-Estado y la protección constitucional de la libertad religiosa de los fieles.

Además, la comunidad benedictina había interpuesto recurso contencioso-administrativo en defensa del templo y de su régimen jurídico. De ese dato se deduce que no existía una posición eclesial compartida ni consentimiento real por parte de quienes tienen responsabilidad directa sobre la Basílica.

En la penúltima Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, el episcopado apoyó unánimemente la labor de mediación del cardenal Cobo. Sin embargo, en la última Asamblea Plenaria, tras conocerse el “acuerdo” firmado, la posición cambió radicalmente. El secretario general y portavoz de la CEE, Monseñor García Magán, declaró ante los medios que en el asunto del Valle no habían sido ni convidados de piedra, que se preguntase directamente al cardenal Cobo y que ellos no sabían nada. No fue una ambigüedad diplomática. Fue un apartamiento explícito. El órgano asambleario de los obispos españoles que meses antes respaldaba la mediación se desmarcaba por completo del contenido firmado.

Pese a todo ello, tras la adjudicación del proyecto ganador del concurso, el cardenal manifestó públicamente su beneplácito. Y lo hizo en un contexto en el que la defensa jurídica de la sacralidad e integridad de la Basílica era pública, conocida y formalmente articulada en sede judicial. La oposición jurídica no era hipotética ni futura: estaba planteada. Aun así, el cardenal no adoptó una posición de prudente reserva. Expresó su respaldo explícito al proyecto que desarrollaba los términos del acuerdo firmado. No fue un silencio ni una ambigüedad: fue una toma de posición clara. La colaboración con las pretensiones del Gobierno no fue episódica; fue directa, persistente y coherente con la decisión inicial.

Aquí emerge el núcleo del problema: la confusión entre mediación y potestad, entre iniciativa personal y competencia real. Mediar no es disponer. La mediación no otorga jurisdicción para comprometer jurídicamente a terceros sin mandato expreso. El arzobispo de Madrid no tiene competencia directa sobre la comunidad monástica del Valle ni potestad para redefinir unilateralmente el estatuto interno de un templo con régimen singular. El respeto al derecho y a los procedimientos no es un formalismo burocrático: es la garantía frente a la arbitrariedad y el abuso de autoridad.

El derecho canónico exige que quien gobierna esté adornado de fe sólida, prudencia, sabiduría, celo por las almas y otras virtudes humanas que lo hagan apto para el ministerio. Debe gozar de buena fama y velar por la disciplina común, evitando abusos. La prudencia implica no ofrecer coberturas jurídicas inexistentes. El celo pastoral exige custodiar lo sagrado. Las virtudes humanas incluyen el respeto escrupuloso a los procedimientos y la conciencia de los propios límites.

En cualquier buen administrador —y con mayor razón en una alta jerarquía de la Iglesia— el respeto a los procedimientos y la prevención de arbitrariedades y abuso de poder son esenciales. Prescindir de ellos en un asunto de esta envergadura no es una simple torpeza estratégica; es un modo de proceder que compromete la confianza institucional.

Nada obligaba al cardenal a actuar así. No existía mandato colegial. No constaba consentimiento de la comunidad responsable. No había urgencia que justificara eludir los cauces ordinarios ni otorgar al Gobierno una habilitación que no podía conceder. La decisión fue personal. Y las consecuencias —recurso judicial, desmarque episcopal, controversia pública— también lo son.

Gobernar Madrid exige algo más que iniciativa. Exige conciencia clara de los límites jurídicos propios y ajenos, respeto al derecho y capacidad de actuar con prudencia en asuntos de máxima sensibilidad. Cuando esos principios se ignoran en un caso que afecta al corazón mismo de un templo y a la libertad religiosa de los fieles, la cuestión deja de ser coyuntural.

Un liderazgo razonable y prudente, ante la evidencia de un error inicial de tal magnitud, habría optado por otro camino: rectificar públicamente, reconocer la falta de integración y pedir disculpas a las partes directamente afectadas. Esa habría sido la respuesta coherente con la prudencia que exige el gobierno episcopal y con la responsabilidad que impone la magnitud del asunto. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Lejos de corregir el rumbo, se sostuvo la decisión, se reafirmó el respaldo al proyecto impulsado por el Gobierno y, cuando el escándalo ya era inocultable, se desplazó el foco hacia la Secretaría de Estado de Su Santidad, sugiriendo que la responsabilidad última recaía en ella. Persistir en el error, reforzarlo y finalmente derivar la carga hacia otro nivel institucional no es un gesto de gobierno fuerte; es un despropósito difícil de justificar.

A la vista de los hechos, la pregunta ya no puede eludirse ni rebajarse a mera polémica coyuntural. Se formula con naturalidad en ámbitos eclesiales, en conversaciones discretas y en reflexiones públicas. No es una ocurrencia aislada ni una exageración retórica: es la duda que empieza a abrirse paso entre fieles y miembros del clero. Y esa duda es tan simple como grave: ¿Es verdaderamente idóneo el cardenal Cobo para gobernar la archidiócesis de Madrid?

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