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El drama de la corrupción democrática. Por Mn. Jaime Mercant Simó

Jaime Mercant Simó

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No cesan nuestras justas críticas a la corrupción de los politicastros y a la hediondez de sus crímenes, fraudes, robos, vicios, prevaricaciones y sobornos. Sin embargo, hay una «sutil trampa» en las filípicas que les lanzamos, a saber, se da por supuesto que el problema no estriba en la democracia misma, sino únicamente en ellos. La masa, pues, capaz de derrochar sus energías a la hora de vociferar en contra de los «sátrapas», se muestra, a la vez, incapaz de criticar el propio sistema democrático; cualquier género de crítica resulta, de hecho, intolerable e inconcebible. Es más, la chusma o el populacho ha adquirido el hábito malsano del «hooliganismo», por medio del cual su rabiosa y justificada indignación se ve convenientemente «canalizada»: al mismo tiempo que se critican los políticos del partido contrario, se defienden ciegamente, al modo de los «hooligans», los políticos del partido propio, aunque éstos también estén embebidos de corrupción. Sea como fuere, en todas estas luchas partidistas, que son «principio de disolución», la masa protege inadvertidamente un sistema intrínsecamente perverso y corrupto, que es el origen y fuente de todas las perversiones y corrupciones secundarias, derivadas y externas.

En general, todos los antedichos «hooligans» piensan torpemente que su partido, bien sea éste rojo, morado, azul o verde, es la única «tabla de salvación» política, social, económica y moral. No obstante, bajo mi punto de vista, éste es el problema mayor, puesto que la «masa aborregada» no sólo ha aceptado el sistema democrático como único válido, sino que, sin atisbo alguno de juicio de discernimiento, lo ha asumido también como «estilo de vida» y, lo que es más grave, como «filosofía de vida». De hecho, el «dogmatismo» es tal que todos los aspectos de nuestra existencia se llegan a medir y valorar a través del prisma democratista, lo cual impide hacer el diagnóstico correcto de la realidad política, como, por el contrario, sí hizo en su momento Maurras: «no es la democracia la que está enferma; más bien, la democracia es la enfermedad».

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Por consiguiente, considero que el principal obstáculo para erradicar la «corrupción endémica» de la casta política de partidos y para abolir el «sistema corrupto y corruptor, perverso y pervertidor» se encuentra en el pueblo, convertido éste en una «masa amorfa y sin alma», fácilmente manipulable. De hecho, el «fundamentalismo democrático» ha calado tan hondo en la sociedad que ha llegado a deformar las categorías mentales de la gente y, por ende, su modo de obrar y pensar. Al respecto, me vienen a la mente las palabras de Simónides de Ceos: «la turba fiera de los necios es grande y cansaría a cualquiera que corregirlos pretendiera».

Sin embargo, no todo está perdido, habida cuenta de que la ley natural está inscrita indeleblemente por Dios en el corazón de todo hombre. Es más, creo que podría llegar un día en el que alguna generación, habiendo llegado al paroxismo del absurdo contranatural y al culmen del hastío vital, se muestre profundamente receptora a un «cambio radical» que esté en consonancia con la antedicha ley natural, la cual —no lo olvidemos— es una «impresión de la luz divina» en el alma. Únicamente así el «populacho» alzará su testa y podrá convertirse de nuevo en «pueblo» y, como tal, volverse a Dios y al orden por Él establecido.

Nótese que mi esperanza no es utópica —la utopía es algo propio de las ideologías—, pues tiene su fundamento en un Dios santo, inmortal y fuerte que hace posible lo humanamente imposible.

 

Mn. Jaime Mercant Simó
@JaimeMercant

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