Opinión
Asalto al Valle de invierno (si asaltais nuestros cielos, arrasaremos vuestros infiernos)
Published
7 años agoon
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Una de las principales consignas con las que las élites revolucionarias manipulan a las masas adocenadas y borregomatrix para que le sirvan de carne de cañón en sus actividades golpistas es la de señalar un objetivo material a tomar, que sea la encarnación visible del ideal utópico que persiguen con la sublevación. Si las hordas rebeldes son maniobradas como si de un ejército se tratase ―aunque esté formado virtualmente por descamisados y desarrapados―, el objetivo al que se las dirige adquiere asimismo un rango militar, simbolizando su toma el éxito de la rebelión.
En un terreno estrictamente militar, ese objetivo puede ser un Rubicón que se cruza, unos Alpes que se atraviesan a lomos de elefante, un Toledo que capitula entre allahuakbares, una fortaleza como la Alhambra, una Bastilla asaltada a los compases de una marsellesa cualquiera… pero la especialidad de las rebeliones de las masas consiste en asaltar palacios, preferiblemente de invierno, con monísimos principitos dentro y todo a los que decapitar después, pues los palacetes encarnan a la perfección la casta contra la que se dirige preferentemente el populacho desenfrenado y excitado por Robespierres y Lenines.
Mas los tiempos han cambiado, y en el juego de tronos que persigue el Coletudo Mayor del Reino y su turba parece que los palacios han quedado un poco «demodé», un tanto «vintage», ya que los reyes de ahora no son como los de antes, rebozados en caviar, enjoyados hasta el tuétano, valseando entre pomposos funcionarios y cortesanos. Así que, a falta de Bastillas y palacios de invierno, en el monopoly de la insurrección al que juegan estos niñatos sólo queda el asalto al Valle de los Caídos, con sus monjes dentro y todo. O sea, que el Valle vendría ser una Bastilla pero sin Bastilla, o un Palacio pero sin Palacio.
Objetivo lógico, pues el Coletudo, en sus delirios megalómanos, pretende, nada más y nada menos, que asaltar los cielos. No sabemos si es para quedarse en ellos entronizado como un Dios de la «gente», o para destrozar todo santuario que encuentre en la Patria Celestial, pues ya sabemos que el Turrión, mesías de pacotilla, no tiene Patria. Si a eso le añadimos su paranoica manía de poner como ejemplo a sus femenvestales que suspiran por quemar católicos, y su empeño en legalizar la blasfemia y liquidar el Concordato, pues la escabechina del 36 ya está servida.
Y, a falta de palacios, no me digan que podrían servirle unas cuantas iglesias, que algo hay que asaltar, oiga, para ser un Lenin-alfa. Pero, megalómano como es este «alfa-leninito», su objetivo largamente soñado es el asalto al Valle de los Caídos, palacio de invierno de Franco, Cruz derrotadora de Avernos y Tártaros, Cruz de invierno.
Y es que estos zarrapastrosos no están hechos para comisiones aburridas, ni para reuniones en mesas y hemiciclos, ni para burocráticos despachos que harían languidecer su llama revolucionaria. No, ya que eso no vende bien en la televisión, no tiene la telegenia suficiente que necesitan para encandilar a sus aborregados auditorios, siempre ávidos de sálvames y barrikadas, de asaltos y escraches, de espectáculos y numeritos leninitas. Y eso es lo que seguramente pensará Pablete, que cada vez que oye la palabra Franco le dan ganas de invadir Polonias y Valles.
La Cruz, Turrioncete, es la Cruz la que sobrevuela tus pesadillas galapagueñas, la que activa tus genes luciferinos, tu obsesiva manía pirómana de quemar iglesias: sé que te pone el espectáculo de desenterrar momias y desmochar cruces; de butronear templos para arramblar cálices y mantos de pan de oro para que tus secuaces arriben a la casta del barrio de Salamanca —como el argentinito «black» del que presumes—; de gritar desde tu dacha que el Valle que mejor ilumina es el que arde…
Y ahí te tenemos, proclamando tu psicopatía holocáustica en Círculos de Bellas Artes, emperador de meapilas, mesías de cantamañanas, condottiero de flautataperros, reyezuelo de matacuras, Frankestein rojo, Durruti redivivo, virrey de Monte Pelado, con la ilusión luciferina de ser un Ramasanta para los católicos, sacamantecas de monjas preferiblemente violadas, Draculón de cadáveres franquistas…
Te lo diré muy claro: soy el único español que no te ha visto en los medios de comunicación ni siquiera dos segundos, porque, nada más te vi el rostro duro que te gastas, me dije «aquí hay tomate», y un escalofrío de azufre, un hedor insoportable, me recorrió el espinazo. Vade retro, emperador de las ristras de ajos, general de las estacas, conde de Monte Pelado. Fue verte, y pintarme la cara de rojigualda y echarme al monte fue todo uno.
Pero que no te olvides de que también nosotros sabemos asaltar, y de que, si tú tuviste un 15M, nosotros fuimos capaces de asaltar al mismísimo Napoleón por querer llevarse a un infante del Palacio Real: no te confíes, Rasputín de los Avernos, pues no sabes de lo que será capaz el pueblo español cuando tus mamelukos pretendan profanar la tumba de Franco y desmochar la Cruz del Valle de los Caídos. Seguro que no se te ha olvidado que dimos cera de la buena al satánico Stalin. Ç
Toma nota, pues es posible que tus mamelucos acaben igual: pelearán como nunca, más perderán como siempre.
Y ojo al dato, mameluko vallekano: si asaltáis nuestros cielos, arrasaremos vuestros infiernos.
Internacional
Ucrania: La guerra que China prefiere que NO termine
Published
1 semana agoon
31/01/2026By
AGENCIAS
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Hay una realidad incómoda que Occidente sigue evitando: no habrá salida a la guerra de Ucrania mientras China permanezca fuera del foco. Ignorar a Pekín no es un descuido diplomático; es un error estratégico de primer orden.
China no es un actor marginal ni un espectador neutral. Tiene intereses directos en el conflicto y los defiende con disciplina y sin escrúpulos. Habla con Putin, sostiene a Rusia y le proporciona el oxígeno económico y tecnológico necesario para que la guerra continúe.
Pero Pekín no quiere que Moscú gane, ni tampoco que pierda. Quiere que la guerra se alargue lo suficiente como para debilitar a Occidente, sin provocar un colapso ruso que altere el equilibrio que hoy le favorece. No busca una victoria decisiva, sino un desgaste prolongado que juegue a su favor.
Esa es la clave de la estrategia china: aprovechar la invasión rusa para ampliar su influencia global, erosionar el liderazgo estadounidense y remodelar el orden internacional, todo ello sin asumir el coste político ni militar de una guerra que otros libran por ella.
1. Mantener una Rusia dependiente, pero no demasiado fuerte
Los análisis coinciden: Pekín no quiere que Rusia se derrumbe, pero tampoco que salga reforzada de la guerra.
El resultado ideal para China es una “paz híbrida”: Rusia conserva parte del territorio ocupado, pero sin una victoria clara. Una Rusia derrotada podría implosionar; una Rusia victoriosa sería más autónoma, más peligrosa y menos manejable para China.
El cálculo es frío y cínico: mantener en el Kremlin un régimen antioccidental útil, pero económica, tecnológica y diplomáticamente subordinado a Pekín. Rusia como socio menor, no como igual.
2. Usar Ucrania para desgastar a Estados Unidos y Europa
Para China, la guerra es también una herramienta estratégica contra Occidente.
Pekín ve el conflicto como una forma eficaz de atar recursos militares, políticos y económicos de Estados Unidos y de la Unión Europea, debilitando su capacidad de actuación en otros escenarios clave.
Un Occidente dividido, una OTAN bajo presión y un acuerdo final favorable a Moscú serían una victoria estratégica para China: menos influencia estadounidense y un avance hacia un orden internacional cada vez más favorable a Pekín.
Cuanto más tiempo dure la guerra, más margen tendrá China para expandirse en el Indo‑Pacífico y consolidar su influencia en el llamado Sur Global.
3. Redibujar el orden mundial y diluir el poder de Estados Unidos
La retórica china insiste en un mundo “multipolar”, con la ONU como eje formal, pero con Estados Unidos claramente debilitado.
Xi Jinping repite ante líderes europeos su apoyo a un sistema internacional “centrado en la ONU” y a una globalización “multipolar”. En la práctica, esto significa reducir el peso de Washington y erosionar la arquitectura política y de seguridad construida por Occidente tras la Segunda Guerra Mundial.
Al promover planes de paz y llamados al alto el fuego —que evitan cuidadosamente exigir la retirada rusa—, Pekín se presenta como mediador global, especialmente ante los países no alineados, mientras protege los intereses de Moscú.
Ucrania se convierte así en un escaparate diplomático: China busca ocupar el espacio que antes dominaba Occidente.
4. Expandir su control económico sobre Rusia, Europa y la Ucrania del futuro
La economía es el corazón del plan chino.
Con Rusia, Pekín se ha convertido en su salvavidas. El comercio bilateral roza los 230.000 millones de dólares anuales; casi un tercio del comercio exterior ruso se realiza ya en yuanes, una moneda utilizada para esquivar sanciones.
China suministra componentes críticos de doble uso —microelectrónica, maquinaria industrial, piezas para drones— que permiten a Moscú sostener su maquinaria de guerra pese al aislamiento internacional.
Con Europa, Pekín actúa con cautela, pero con una amenaza implícita: sabe que puede infligir un daño económico muy serio a la Unión Europea. Por eso evita una ruptura frontal con Bruselas mientras se niega a presionar de verdad al Kremlin. Cada vez más líderes europeos reconocen que China es el eslabón débil —y no asumido— de la estrategia occidental sobre Ucrania.
Con Ucrania, China ya piensa en el día después. Se prepara para entrar en la reconstrucción, ganar contratos, influencia y presencia económica en una Ucrania soberana, pero lastrada por un conflicto congelado y por territorios aún disputados.
5. Apoyar a Rusia lo justo para alargar la guerra… sin cargar con la culpa
China juega a dos bandas.
En público, se declara neutral. Habla de diálogo y de paz. En privado, alimenta la capacidad militar rusa.
No exige la retirada de las tropas rusas. No condena la invasión. Xi promete a los europeos apoyar “todos los esfuerzos por la paz”, pero no altera en nada su posición real.
En el plano militar y tecnológico, Pekín ha compartido inteligencia satelital y ha multiplicado los envíos de componentes para drones, hoy esenciales para las operaciones rusas. Desde el verano de 2025, estas exportaciones se han disparado.
China avanza con cuidado: fortalece a Rusia lo suficiente para que la guerra continúe, pero evita un apoyo tan explícito que provoque represalias directas de Occidente.
El error occidental: excluir a China de la ecuación
Ninguna sanción importante ni ninguna propuesta seria de solución incluye de verdad a China.
Ese vacío es un error estratégico.
Pekín debe entender que su ambigüedad tendrá un coste:
- Un Occidente más cohesionado.
- Pérdida de socios comerciales.
- Exclusión de la reconstrucción de Ucrania.
- Quedar atrapada en una relación onerosa con una Rusia debilitada y dependiente.
- Y, finalmente, perder el acceso al petróleo ruso barato que hoy tanto le conviene.
Sin China, no hay solución.
Pero sin presionar a China, la guerra seguirá beneficiando al agresor.
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